Perlas de San Sebastián (Primera parte)

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Crítica

César Chávez (2013), de Diego Luna

La desaparición de Eleanor Rigby: Ellos (2013), de Ned Benson

Por Claudia Lorenzo

Las Perlas de San Sebastián son el quiero y no puedo de cualquier crítico o corresponsal cinematográfico, las películas de las que has oído hablar, la selección de lo mejorcito de cada casa, y aquellas que menos interés informativo tienen por haber pasado ya por varios festivales. Un enviado se come con patatas la Sección Oficial buscando sus propios tesoros, pero siempre quiere darse un paseíto por Perlas a ver qué se ha cocido este año en las cinematografías internacionales.

Entristece contar la cantidad de logotipos y cortinillas de productoras que se ven antes de que empiece la narración humilde de un tipo que hizo leyenda, frente al apoyo masivo de una sola entidad que reciben propuestas mucho menos necesarias. César Chávez es uno de los personajes más inspiradores y carismáticos de los Estados Unidos. Además, en los tiempos que corren, debería ser un modelo de conducta con su lucha pacífica por los derechos de los trabajadores y, especialmente, su éxito en una campaña que demostró, mucho antes de Barack Obama, que sí se puede. Diego Luna, actor mexicano de éxito convertido, desde Abel, también en director, decidió filmar y entregarle a las nuevas generaciones esta historia, la del hijo de unos emigrantes mexicanos en Estados Unidos que le subió el sueldo y mejoró las condiciones laborales de los jornaleros americanos, en su mayoría mexicanos, a partir de una llamada a la negociación.

En el biopic asistimos a la pelea, a veces con palos de ciego, de Chávez (Michael Peña) y su entorno, con su fiera mujer a la cabeza (América Ferrera). Así, en el comienzo, César decide trasladarse a las plantaciones de Delano, en California, para influir el movimiento desde dentro, “ensuciándose las manos”. A pesar de la oposición de toda su prole, el matrimonio vuelve a recoger uvas y trabajar como sus antepasados. Poco a poco la llama va prendiendo en quienes casi no tienen nada que perder y que dejan que se vaya lo único que les quedaba, el miedo. El boicot, la huelga masiva, la solidaridad internacional y el compromiso de los ciudadanos acaban por inclinar la balanza del lado de los desfavorecidos, jornaleros que vieron cómo, tras años de abusos, conseguían pactar con sus jefes y llegar a acuerdos.

César Chávez no es una película esplendorosamente ejecutada, de esas que aumentan la calidad de la historia con sus elementos audiovisuales. Diego Luna trabaja tras la cámara con modestia y solvencia, dejándole peso a la figura y sus hazañas en vez de al formato. Y tal vez eso sea lo más criticable de la película, junto a la sospecha de que el ayuno de un mes que se autoinflinge Chávez no se vio en ningún modo reflejado en el actor, que parece tan lozano el día uno como el veinticinco. Sin embargo, es una de esas películas que inspiran por la fuerza de su personaje y por lo que cuenta, por lo que enseña, por las lecciones que da. Y, salvando el necesario adelgazamiento, por el carácter que le imprimen sus protagonistas, desde un Peña magnético hasta una grandiosa, como de costumbre, Ferrera, que vuelve a demostrar que detrás de un gran hombre siempre había una gran mujer apoyándole.

Luna ha abrazado aquí una parte importante de la historia del mundo latino en Estados Unidos, pero también de los propios americanos. El abuso al que se sometía a los emigrantes en California no dista mucho de la situación actual del estado, incluso del país entero, y recordar la historia de un triunfo pacífico puede ser una forma de despertar conciencias, que buena falta les hace a muchas. Tal vez no sea la película más impresionante de San Sebastián, ni siquiera de su sección. Pero cuenta una historia con final feliz, un filme que nos devuelve la fe en el poder de la unión, de la masa pacífica, de la lucha unida. Es una película que grita que sí, que se puede.

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La historia de La desaparición de Eleanor Rigby es hoy en día de sobra conocida. Ned Benson, compañero de estudios de Jessica Chastain, le presentó un guión sobre una pareja que rompía tras una tragedia. La Chastain aprobó el boceto pero puntualizo que en él no se veía en ningún momento a la chica ni su punto de vista. Benson intento entonces el más difícil todavía y, en vez de incluir ambas visiones en un filme, escribió dos diferentes: Ella y Él. El asunto resultó en sendas películas rodadas igual pero de forma diferente, con matices de percepción que dependen de cuál se este viendo. Después llego Harvey Weinstein y su ego de distribuidor que provoco un tercer montaje, Ellos, un remix de ambos.

Antes del amanecer, atardecer y anochecer son unas películas que trabajan tanto su calidad individual como el tiempo que comprenden. Es decir, los personajes de Jesse y Celine no tendrían tanto calado a día de hoy si los tres filmes hubiesen sido estrenados con un mes de diferencia. Es el tiempo real dentro y fuera de la pantalla, una forma que en este caso engrandece el fondo, la historia, lo que las hace tan memorables. Una tiene la sensación de que eso ocurre con las desdobladas Desapariciones de Eleanor Rigby, la forma es imprescindible para valorarlas en su totalidad. Conociendo cómo se las trae el Weinstein, es hasta cierto punto comprensible que decidiese juntar tres horas de escenas casi doblemente repetidas en 122 minutos. Sin embargo se entiende menos que un festival de prestigio como San Sebastián se preste a proyectar la versión híbrida en vez de sus originales. La Chastain, que se ha pasado por la ciudad para presentarla, ya ha voceado su descontento con la solución.

La desaparición… es una historia de amor y tragedia que, al contrario que muchas otras películas sobre el mismo tema, no se centra en la superación del trauma sino en la supervivencia del amor de pareja tras un golpe como tal. Así la Eleanor del título (Chastain), incapaz de sobrellevar la pérdida, intenta encontrarse refugiándose en casa de sus padres (Isabelle Huppert y William Hurt) y yendo a las clases de la profesora (Viola Davis) en la New School neoyorquina. Mientras, el amor de su vida y su marido, Conor (James McCavoy), busca a su mujer mientras él también se busca a sí mismo.

La película es la historia de una pareja desgajada, de dos personas que se aman y a las que les duele estar juntas, de dos seres que luchan por sobrevivir y ser fuertes pero que cometen muchos errores intentando encontrar el camino. Es una historia triste rodada con luz, con la alegría que da encontrar el amor y el miedo que da perderlo. Para ello se nota especialmente la presencia de su protagonista, una espectacular Jessica Chastain, que ilumina la pantalla e intenta mantenerse entera para evitar el colapso. La aparición de esta mujer en el panorama cinematográfico de los últimos años es una revolución, por su calidad interpretativa pero también por lo lógicas que son sus decisiones a la hora de defender papeles femeninos con peso. A su lado encontramos a un McCavoy que también resulta interesante y encantador, que es capaz de desarmar y ser el chico de al lado, y que justifica constantemente la posibilidad de que el duelo se viva de muchas formas posibles. Como respiro existe Viola Davis que tiene sin duda los mejores diálogos de la película, los más ácidos e irónicos, y que sigue demostrando que es capaz de desaparecer en cualquier personaje que se le dé.

Ante el interés que despierta la calma de la versión remezclada, su tratamiento del amor y su sutileza a la hora de abordar el contexto que viven los personajes, esperamos ansiosos la llegada de los dos capítulos por separado, aunque sólo sea por el respeto que merece Ned Benson, su osadía y a sus ganas de hacer algo diferente.

 

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