Para que los invisibles dejen de serlo

Crítica 

Los invisibles (2012), de Sébastien Lifshitz

Por Claudia Lorenzo

Vivimos una semana intensa en cuanto a los derechos de gays y lesbianas. Mi Facebook está inundado de fotografías rojas con signos de igualdad que demuestran que la mayor parte de la opinión de mis contactos y, por lo que parece, de la sociedad norteamericana, apoya los matrimonios entre personas del mismo sexo. A la vez, la tierra de la libertad, igualdad y fraternidad, que nos ha dado clases de evolución social a más de uno, se manifiesta contra los mismos.

Es un buen momento para pasearse por Atlántida Film Fest y ver el documental francés ganador del César este año, “Los invisibles”, la historia de seis hombres y cuatro mujeres entrados ya en años que amaron a personas de su propio sexo, que disfrutaron mucho de la vida, pero que también fueron muy maltratados.

Los protagonistas del documental derriban prejuicios y tópicos uno a uno. Lo mismo conocemos a un ganadero que iba a la vera del río a hacerlo con quien fuera y que declara que el amor es simplemente amor, que a la señora que fue ama de casa y madre de cuatro hijos, y que acabó con una clínica clandestina de abortos en la cocina de su casa, mientras luchaba por los derechos femeninos en los años 70. Está el hombre que luchó contra lo que su religión le había enseñado y que fue infeliz hasta que, involuntariamente,  la fama le sacó del armario, y también la pareja de mujeres que tuvo que mudarse al campo porque su orientación sexual precipitó sus despidos en la fábrica en la que estaban empleadas. De uno y otro lado, septuagenarios y octogenarios cuentan cómo lucharon, cómo amaron (o siguen amando) y cómo las circunstancias sociales influyeron en su vida y en su concepto de las relaciones.

Dirigida por Sébastien Lifshitz, la película, directa y emotiva, se detiene en cada detalle importante de la narración y, cuando es necesario, se adentra sin pudor pero con respeto en la intimidad de los personajes. Un documental que da voz a quien antes no la tuvo y que, visto lo visto, debería proyectarse todavía a muchos franceses.