Nagisa Oshima sí cenó aquí

Nagisa Oshima

“En el sonido de una falda al rasgarse y en el zumbido de una lancha, el espectador atento escucha la llamada de una nueva generación del cine japonés…”

Nagisha Oshima, 1958

Por Molly Izaga

Que Nagisa Oshima (Kioto, 1932 – Fujisawa, 2013) era el invitado de honor con una gran retrospectiva se confirmó cuando a primeros de mayo, a punto de ir a Cannes, se presentaron los carteles anunciadores de las diferentes secciones en el festival de San Sebastián venidero, como es tradición. Desde entonces se ha ido abriendo el cuentagotas informativo, hasta que pronto se sabrá todo, películas, premios, nombres lustrosos – siempre dejando sitio para alguna sorpresa –. Este ritual también es parte del espectáculo, y el toque de suspense crea ambiente. Para cuando esto se lea las películas habrán izado sus carteles en las calles, habrá casetas y pantallas gigantes, azafatas y azafatos de uniforme, acreditaciones colgadas alrededor de los cuellos de involucrados varios; y mucha prensa. Habrá saludos, cháchara, colas… Festival.

Pero Nagisa Oshima no podrá asistir al homenaje que se le brinda con esta extensa retrospectiva, porque una neumonía se lo llevó de este mundo el 15 de enero pasado; había nacido en Kyoto en 1932. La trayectoria que le llevaría a convertirse en el cineasta que ha sido empezó a trazarse cuando al morir su padre, un funcionario descendiente de samuráis, el hijo que entonces tenía seis años encontró refugio en la biblioteca de aquel y se dedicó a devorar gran número de libros, muchos sobre Socialismo y Comunismo; en la escuela secundaria, además de al teatro se apuntó al activismo estudiantil; más adelante, como estudiante de derecho en la universidad de Kyoto, en 1953 lideró una manifestación en la que hubo 70 heridos; se le encasilló como rojo, se le vetaban trabajos. Descorazonado, se presentó en los estudios de cine Shochiku Ofuna, que le abrieron sus puertas a pesar de no saber nada sobre cine.

Oshima no ocultaba el disgusto que le producía el cine que se estaba haciendo  en Japón, y se dedicaba a escribir críticas vitriólicas sobre las producciones, incluidas las de los propios estudios Shochiku que insistían en mostrar la imagen del japonés sufridor  resignado y emulaban el cine de Hollywood; él admiraba sin reservas el estilo espontáneo y nuevo del cine que venía de Francia o de Polonia (Malle, Chabrol, Munk, Wajda…) y sostenía que había una nueva generación buscando su lugar en el cine japonés. Para cuando en 1960 salió la película que marcó el primer hito en su carrera, “Cruel historia de juventud”, los estudios ya vendían como algo suyo propio la etiqueta Nuberu Bagu (Nueva Ola), desdeñada  categóricamente por Oshima, Yoshida y Masahiro Shinoda, que habían sido colocados en la dirección de Shochiku en un intento de insuflar aires frescos a los estudios para superar los tiempos adversos. Con ese propósito se creó un nuevo apartado dedicado a películas de bajo presupuesto y equipo ligero, a la manera del cine europeo de la época. Ahí fue donde Oshima hizo “El chico que vendía palomas”, una historia sobre un niño que ayudaba a su familia vendiendo siempre la misma paloma, que volvía una y otra vez a su dueño. La película  mostraba el mercado negro, la violencia de los barrios pobres y la cruel división entre los nuevos ricos y los desheredados, para disgusto de la productora, que le cambió el desenlace y el título original por “Calle de amor y esperanza”.

oshima
Nagisa Oshima con Tom Conti durante el rodaje de Merry Christmas Mr. Lawrence en 1983

Su coincidencia con “Los cuatrocientos golpes” de François Truffaut, que se había estrenado tan solo unos meses antes, parece el inicio de una constante en el cine de los años 60: el niño inocente obligado a hacerse mayor antes de tiempo para enfrentarse a una sociedad llena de peligros. Se ha tratado a Oshima como heredero de la nouvelle vague francesa, especialmente de Jean-Luc Godard (hay quien le ha llamado el “Godard japonés”). Más bien debería percibirse como una revolución generacional que se dio en el cine mundial en diferentes partes del planeta al mismo tiempo, no olvidemos que el cine de Estados Unidos había llenado los mercados europeos y asiáticos tras la segunda guerra mundial, y que luego vino el descubrimiento de los cines europeos de posguerra, especialmente del neorrealismo italiano. Por cierto, el término Nuberu Bagu se popularizó hasta albergar a todos los directores japoneses que comenzaron por esos años su carrera cinematográfica.

Imamura y Suzuki corrieron parecida suerte con los Nikkatsu. Tras este divorcio de los estudios, los directores ya independientes y otros que vinieron después se lanzaron a una renovación profunda de la estética del cine nipón.

Oshima cerró ese memorable año, 1960, con una tercera película, la magistral “Noche y niebla en Japón”, la película capital del cine japonés de esa época, de enorme poder hipnótico, en la que despliega hasta el extremo su radical estilo, pero que hizo mella no precisamente por eso sino por su profunda carga política.  Provocó un verdadero escándalo, al tratar sobre los violentos sucesos de 1960 a propósito de la renovación del tratado entre Estados Unidos y Japón y sus consecuencias, tema candente. Que hubiera una boda en el argumento es seguramente lo que hizo que los estudios dieran su consentimiento para esta película con título inspirado en Alain Resnais. Entre otras miradas, no deja de ser una crónica sobre la deriva moral del Japón de posguerra, entregado al capitalismo sin espacio para la disidencia política –es la película que el izquierdista Oshima estaba deseando hacer–.

Expone consignas políticas y manifestaciones antiamericanas, algo que será muy habitual en su obra. “Noche y niebla en Japón” fue retirada de los cines a los tres días de su estreno, Oshima clamó contra la censura impuesta por los estudios, decidió abandonar la Shochiku y establecerse como cineasta independiente (Masahiro Shinoda y Yoshida no tardarían en hacer lo propio). En general, los estudios no fueron capaces de aceptar la llegada de nuevas maneras de mirar el cine. Imamura y Suzuki corrieron parecida suerte con los Nikkatsu. Tras este divorcio de los estudios, los directores ya independientes y otros que vinieron después se lanzaron a una renovación profunda de la estética del cine nipón.

Con medios muy modestos (la independiente Sozo-sha, “espacio para la creación”), Oshima ayudado por la actriz Akiko Koyama, su mujer, se puso a trabajar con furor y produjo entre 1965 y 1970 doce películas –la mayoría de ellas programadas en esta retrospectiva (www.sansebastianfestival.com)–. Con la  férrea búsqueda formal como una constante, su narrativa se esparce en todas las direcciones, siempre con fascinación por el acto criminal y por los márgenes oprimidos de la sociedad. Casi no hay película de Oshima en que no haya un asesinato, una violación, un robo o un chantaje, la mayoría de ellos perpetrados por miembros vapuleados de la sociedad, a menudo mujeres, por delincuentes de variadas trazas, o miembros de la populosa y deprimida comunidad coreano-japonesa. Aun dentro de este clima de violencia social y política, Oshima encuentra lugar para una sensibilidad poética. Quiere denunciar y analizar (“El muchacho”,1969) una sociedad que es capaz de generar historias como la del hombre que obligaba a su esposa y a su hijo a echarse al tráfico simulando atropellos, para cobrar las suculentas sumas que pagaban los conductores por no vérselas con hospitales y policía, taras de una sociedad en estado de modernización. Para él, esos desheredados no son gente violenta y analfabeta interesante para estudios y discursos, son personajes que siente como propios, que cuida y que ama. No explota el lado truculento de esas historias, casi todas sacadas de las noticias, más bien las utiliza para exponer los dobles raseros de la sociedad con una ironía salvaje que recuerda el surrealismo de Luis Buñuel.

La forma en que Oshima desafiaba la ley de la censura en Japón despertó mucho interés en Occidente, eso le ofreció la ocasión de rodar con el productor francés Anatole Dauman una enervante obra erótica, considerada ya clásica, sobre el caso real de Sada Abe, la historia de una obsesión sexual con desenlace trágico, “El imperio de los sentidos” (1976); para ella se filmaron actos sexuales reales en directo, mostrando los genitales de los interpretes de manera explícita, con la provocadora  intención de desafiar a los censores.

Hasta la fecha no se ha visto oficialmente una copia íntegra de la película en Japón. Llevada a juicio por obscenidad en su día, han quedado para la historia las palabras de Oshima en su defensa “Nada que se exprese es obsceno. Obsceno es lo que se oculta”. Recuerdo la proyección de “El imperio de los sentidos” en el cine Miramar durante el festival de San Sebastián después de pasar por Cannes aquel año. En la sala, abarrotada de espectadores que ocupaban hasta el suelo de los pasillos se hizo un silencio sepulcral. El impacto fue grande en aquel país tan acostumbrado a la censura, yo aún no he recuperado el habla.

Dos años después, en “El imperio de la pasión” (1978) Oshima cuenta, de manera más contenida, otra historia de dos amantes y la fuerza arrasadora de una pasión sexual; por ella se le premió como mejor director en Cannes. Su obra ya iba distanciándose en el tiempo. “Feliz Navidad, Mister Lawrence” (1983 con David Bowie, Riuychi Sakamoto y Kitano en el reparto tuvo enorme éxito y hoy sigue siendo considerada película de culto; a los tres años dirigió la comedia “Max, mi amor”, escrita con Jean-Claude Carrière, el inseparable colaborador de Buñuel, en la que cuenta cómo el idilio de la esposa de un diplomático (Charlotte Rampling) con un chimpancé termina convirtiéndose en un civilizado menage a trois. Muy aclamado fue su documental “100 Años de cine japonés” (1995). En ese punto su salud le dio un susto en forma de percance cerebrovascular, lo que no le impidió dirigir de nuevo a Riuychi Sakamoto y Kitano en  “Goatto: Tabú” (2000), su último trabajo para la gran pantalla, una película que por contener la historia de un amor homosexual entre samuráis levantó considerable polvareda en algunos medios japoneses. Para la gran pantalla, decía, porque Nagisa Oshima nunca dejó de trabajar para la televisión, sin ir más lejos, su serie diaria “Escuela para esposas” en la que desde fuera de la pantalla preguntaba sobre problemas domésticos y frustraciones sexuales a mujeres, algo sin precedentes en la televisión japonesa, le dio mucha más fama y sobre todo más espectadoras que el cine. Súmese a eso su actividad literaria, sus numerosos escritos, crítica y traducción. Una vida productiva.

Es una enorme pena que Nagisa Oshima ya no esté, que no pueda presenciar la proyección de tantas de sus películas ante un público que se entrega de lo lindo  en este festival que él conoció de primera mano. Oshima se sentaría en las mismas sesiones que el público a ver las películas, le asombrarían las colas, percibiría el enamoramiento colectivo por el cine que aquí se respira durante ese  tiempo (el enamoramiento siempre fugaz…) como cuando participó en el jurado del festival de 1988. Y ocurrió –nuevo guiño a Diego Galán por recordarlo en su  despedida a Oshima en su Cámara Oculta de El País–, ocurrió que en esa ocasión la fortuna hizo encontrarse a Nagisa Oshima con Bernardo Bertolucci. Seguro que hubo una cena en la que los dos grandes brindaron por la pasión que siempre les había unido, el cine.

Nagisa Oshima’s portrait by Gérard Courant (1986 – silent).

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