Morir de amor por el cine

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La novia

Crítica

La novia (2015), de Paula Ortiz

Por Claudia Lorenzo

Una de las cosas más bonitas que se pueden aprender en un festival de cine es la función de un crítico. Y digo que se aprende aquí porque, con tanta gente emitiendo juicios válidos y voceando sus puntos de vista, es fácil entender por qué uno ama algo que otro odia. Un crítico no es alguien que dé su opinión sobre una película, ni siquiera una persona cultivada en el tema que dé su opinión sobre una película. Un crítico es alguien que ilumina, que llama la atención sobre la belleza. Y un crítico de cine es, antes de nada, una persona que ama las películas, que las disfruta, que se pierde en los mundos de la gran pantalla y se olvida de todo y todos durante dos horas para dejarse llevar por una mano amiga.

Ayer La Novia nos hizo viajar, ponernos cabeza abajo, dar la vuelta al mundo en poco más de ochenta minutos. La Novia demostró que el cine no es sólo fotografía, ni sólo guión, ni sólo interpretaciones, sino que es una fábrica de sueños que trabaja con esos ingredientes. Demostró que la música en ocasiones no sólo encaja con las imágenes, sino que baila un vals con ellas. La Novia, ayer, hizo que el corazón latiese de emoción y se encogiese de angustia, que se sintiese trágico y enamorado, que nos descubriese que no poder llorar en el cine por una abundancia de emociones no supone un problema. La Novia, ayer, nos hizo morir de amor.

Segunda obra de la aragonesa Paula Ortiz (De tu ventana a la mía), es también una de las mejores películas que han pasado por el Festival de Cine de San Sebastián en este año. No es, sin embargo, una película que pueda optar a la Concha de Oro, porque alguien decidió, inexplicablemente, no incluirla en Sección Oficial y colocarla en Zabaltegi, impidiendo que la labor de su equipo quede debidamente reconocida (de momento).

La película nace de Bodas de sangre y la historia de una ceremonia nupcial entre dos amigos de la infancia. La novia (Inma Cuesta) desea querer casarse con el novio (Asier Etxeandía), a pesar de la atracción que siente por su antiguo amor, Leonardo (Álex García), casado con su prima (Leticia Dolera). La suegra (Luisa Gavasa) no ve con buenos ojos el matrimonio de su hijo con una chica que solía amar a un miembro de la familia rival. Y el padre de la novia (Carlos Álvarez-Novoa) asiste, dichoso, al matrimonio de la hija a la que ha cuidado sólo. A partir de estos personajes y los dramas que les persiguen, Ortiz elabora un relato que huye de lo teatral pero que nunca pierde a Lorca de vista, dejando constancia de la potencia visual que ya había demostrado en su ópera prima. La directora sabe exactamente qué quiere contar, cómo quiere contarlo y dónde colocar la cámara para facilitar su narración del relato, y cada segundo del filme lo deja claro. Pero, a pesar de su bellísima fotografía, La Novia no es un filme puramente pictórico, sino que atrapa las tripas de la audiencia al ritmo de los versos y las palabras del poeta granadino. Nunca una tragedia de amor sonó tan bonita y nunca Inma Cuesta (que es tremenda Inma Cuesta) se perdió tanto en nadie como en esta novia que quiere correr hacia la luz pero que se ve prendada por la oscuridad. La actriz desnuda su cuerpo y su alma ante un papel hecho a su medida, en donde su mirada diferencia el amor que siente por su novio, viva imagen de la esperanza (un maravilloso Etxeandía, que encarna la tranquilidad que precede a la tormenta con una naturalidad aplastante), y el deseo que siente por Leonardo (un seductor y también brillante García), que sólo anuncia desgracia. Inma Cuesta ha nacido para ser protagonista lorquiana, y Luisa Gavasa ha nacido para ser madre lorquiana. Su desgarro es el de todos, sus versos, también.

La Novia llegó por primera vez a las pantallas de San Sebastián en la noche del miércoles, horas después de que se conociese la muerte de Álvarez-Novoa, un actor querido, respetado y admirado. No hubo nada más bonito que hacer para homenajearle que verle encarnar a ese padre de la novia y dejar que sus ojos nos doliesen en el alma ante la tragedia de la que es testigo.

Además de respetar opiniones de otros, en un festival uno aprende la relevancia del contexto en el que se han visto las películas. Si sedientos de buen cine, somos capaces de ensalzar una película media y convertirla en obra maestra de la semana. Si hartos, huimos de aquellas que tal vez exijan demasiado. Si cansados, dejamos de formar parte de mundos a los que, si les abriésemos la puerta, querríamos para toda la vida.

Sin embargo, a veces el mundo da igual y la película te agarra por el cuello y te hace olvidar la ciudad en la que estás, la butaca en la que te sientas o las entrevistas de mañana. Cuando sales de la sala con el pelo revuelto, las lágrimas aún en la tripa y los ojos como platos, pensando en la suerte de haber visto lo que has visto, te reconcilias con la locura del festival de cine. Y te has cuenta de que una película que deja un nudo en la garganta también puede provocar una euforia incontenible. El arte nos hace mejores personas, pero nadie dijo que tuviese que ser el mismo arte para todos. La Novia, a mí, me ha hecho mucho más feliz.