Menos mal que existe David Trueba

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Foto de familia de los Goya 2014

Crónica de los Premios Goya 2014

Por Claudia Lorenzo

No sé si el matón de clase se metió alguna vez con ustedes en el colegio. A mí me pasó largos años de mi infancia. Mis padres, pacifistas ellos, me daban el consejo que la mayoría de los padres del mundo le han dado a sus hijos llegados a esa situación: “Ignórales”. Debo reconocer que después de hacer que mi mejor amiga, que les doblaba en estatura, les amenazase o que yo misma le pegase a uno una patada en la entrepierna, la situación no mejoró. Así que al final acabé aplicando la máxima familiar e hice caso omiso a los insultos. Al cabo de un tiempo, los pesados se cansaron y nos hicimos mayores.

Nuestro ministro de Educación es un matón de patio de recreo que ha demostrado de sobra que su concepto de la democracia es que votemos cada cuatro años para quitarnos el gusanillo y que el resto del tiempo le dejemos a él, que sabe más que nadie, arreglarnos el país. Y así vamos. Que Wert decida no asistir a la gala de los Goya 2014, a pesar del sopor que provoca, es tan irrespetuoso como el que el ministro de Defensa no vaya al desfile de las Fuerzas Armadas, como bien observó Mariano Barroso. Sin embargo, en un alarde de bochornosa chapuza organizativa, el señor se buscó un compromiso el lunes por la mañana en Londres para no mezclarse con el cine español el domingo por la noche – Wert debía ser el único de los que tenía que trasnochar que trabajaba hoy-. Y así el ministro a cargo por primera vez no asistió a los Goya.

Ya lo sabíamos el viernes, el sábado, se repitió durante todo el día del domingo e incluso Manel Fuentes lo mencionó varias veces en el monólogo de apertura. Pero no contentos con eso, casi todos los galardonados comentaron el hecho, igual que muchos presentadores, cuando tuvieron ocasión. Como dirían mis padres ante un gran caso de bullying gubernamental: “Ignoradlo.” Pero es que somos incapaces, qué se le va a hacer.

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Fernando Franco, mejor director novel por La herida.

Así que con un ministro ausente pero más presente que nunca comenzó un año más la gala de los Goya, ese evento anual que a todos nos mosquea ya cuando empieza enero. No por los premiados, o no sólo por ellos, sino porque desde que la Sardá nos dejó en pañales hemos sido bastante incapaces de hacer una gala como Dios manda. Aceptamos que en general el espectáculo de entregar premios y tener que escuchar discursos interminables y, normalmente, aburridos no aligera el asunto – quién tuviese a una Emma Thompson a la española-, pero en esos momentos en los que se supone que deberíamos reírnos de nosotros y de nuestra industria, las bromas son plomizas, los lloriqueos son muchos y el orgullo patrio sale a trompicones.

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Javier Cámara besando por fin su goya.

Además, tropezamos año tras año con la misma piedra musical: decidimos cantar. Y nunca sale bien. Yo entiendo el impulso de cada nuevo director de gala de proponerse hacer una canción decente en el año que le toca. Al fin y al cabo somos el país de Marisol, el sarao no se nos da mal. Pero, por una razón u otra, el número musical la pifia. Nunca más claro que en esta edición, en la que se usó la cancioncita de marras para presentar los premios a mejor banda sonora, que se llevó Pat Metheny por Vivir es fácil con los ojos cerrados, y a la mejor canción, que se llevó Josh Rouse por La gran familia española. Ahí lo tienen, dos yanquis acaparando la sección. No quiere decir que no tengamos buenos compositores aquí, ni mucho menos. Quiere decir que este año los dioses decidieron mandarle un mensaje claro a la Academia: a ver si nos dejamos de hacer el tonto.

El cine español, todos los implicados lo sabemos, tiene un problema grande, no de subvenciones ni de apoyo político. El cine español tiene un problema de público. Sin saber muy bien por qué – hay talento, historias interesantes, intérpretes potentes y técnicos con mucha sabiduría – un conector falla entre la pantalla y la audiencia. Hasta tal punto que el contacto acaba contaminando al cine mundial. Muchos se quejan de la industria nacional cuando hablamos de la falta de asistencia al cine sin darse cuenta de que eso afecta muchísimo también a los filmes venidos de cualquier otra parte. Año tras año, la gala de los Goya intenta conquistar al espectador perdido, a ese que igual ha visto dos producciones ibéricas y que puede que quiera ver más a raíz de los premios. Nunca lo conseguimos. No sólo eso, sino que los que somos espectadores fieles invierno tras invierno alzamos nuestras voces pidiendo compasión y entretenimiento. Se puede hacer, Paco Cabezas y Alexandra Jiménez lo hicieron en los Premios Feroz y, a pesar de algún error, arrancaron grandes carcajadas de la audiencia. El año que viene espero que el asunto mejore algo.

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David Trueba recoge uno de sus goyas

De momento los Goya 2014 nos dejan con bastantes alegrías. La primera tiene nombre y apellido de sobra conocido: David Trueba. Eterno candidato, el Trueba pequeño dejó hace años de ser la sombra de su hermano pero los premios se le habían resistido varias veces. Vivir es fácil con los ojos cerrados, que se fue de San Sebastián de vacío a pesar de las buenas impresiones que había causado, viajó a principios de año al Festival Internacional de Palm Springs, donde fue ganadora, junto a la mexicana Heli, del premio Cine Latino. La primera edición de los Feroz, ante el estupor de Trueba, le concedió los premios a mejor guión y dirección (“me parece que os habéis equivocado”, comentó al recoger el segundo”). Y el Círculo de Escritores Cinematográficos volvió a elegirla como mejor película, además de mejor guión.

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Natalia de Molina

Así que del brazo del otro eterno nominado, Javier Cámara, Trueba observó desde su butaca el chorreo de premios técnicos para Las Brujas de Zugarramurdi, mientras se preguntaba si llegaría lo suyo. Y llegó. Pat Metheny abrió la cuenta, y siguió Natalia de Molina como mejor actriz revelación – un merecidísimo premio a una mujer que llena de luz la pantalla-. Después el propio Trueba rompió la maldición celebrando la escritura de un guión milimetrado, cómico y nostálgico. Daba suerte el hombre esa noche porque finalmente Cámara se llevó un Goya por interpretar al profesor que viaja desde Albacete hasta Almería para conocer a John Lennon, alter ego del muy real Juan Carrión, maestro de más de ochenta años que veía toda esta fiesta desde la primera fila. Tras convertirse en el mejor director, Trueba regresó al escenario de la mano de su productora, Cristina Huete, para agradecer la mejor película. Huete, emocionada y tímida, se negó a hablar y dejó que Trueba nos hiciese olvidar las tediosas horas anteriores. El triunfo de Vivir es fácil… es el triunfo de la bondad, de las historias sobre gente honesta con problemas, de los que quieren ser felices, de aquellos que miran la vida con humor y con amor. Es un homenaje a los Beatles pero, mucho más que eso, es un homenaje a los Juanes Carrión del mundo, aquellos que se recorren el globo con la intención de rescatar los detalles que hagan que sus alumnos se apasionen por algo, por el aprendizaje de una materia que, dada sin cariño, se convierte en un ladrillo.

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Terele Pávez pone a la gente en pie.

Alex de la Iglesia, ausente por cuestiones de rodaje aunque tecnológicamente presente – su cuenta de Twitter echaba humo-, arrasó en todas las categorías técnicas y se fue con ocho galardones de diez nominaciones. Terele Pávez también recogió su primer Goya a la mejor actriz secundaria por interpretar brillantemente a una de esas brujas de Zugarramurdi y puso al teatro en pie. Fue una pena que Mario Casas, que se revela como un excelente actor cómico en la película, no fuese siquiera candidato a mejor secundario por ella. Ese premio se lo llevó Roberto Álamo por La gran familia española, la comedia dramática de Daniel Sánchez-Arévalo sobre la final del Mundial que ganó España. El mencionado Josh Rouse se llevó el otro premio de la noche para la película, que partía con el mayor número de candidaturas – once – y que precisamente por eso tenía a su director mosqueado, alegando que eso la convertía en aspirante al mayor fracaso de la noche.

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Marian Álvarez ha recibido una lluvia de premios con La herida.

La herida de Fernando Franco, premio especial del jurado en San Sebastián, se llevó el cantado de la noche, a mejor actriz para una deslumbrante Marian Álvarez que hace de la película su película, y el de mejor director novel para el propio Franco. Pau Esteve Birba, también premiado en ese festival, se alzó con la mejor fotografía por su elegante trabajo en Caníbal, una película que necesitaba precisamente eso para no volverse territorio peligroso. Antonio de la Torre, con dos nominaciones – a secundario por La gran familia española, a protagonista por esta-, se fue de vacío. Ya lo decía él en la alfombra roja, que las probabilidades de dividir el voto y acabar sin nada eran altas. Alejandro Hernández y Mariano Barroso se llevaron, por su parte, el cabezón a mejor guión adaptado por Todas las mujeres, una película con otra excelsa interpretación de Eduard Fernández, amén de todas las actrices que le acompañan. Javier Pereira, que lleva trabajando en la gran pantalla desde 2002, ganó el premio a mejor actor revelación por Stockholm. Cosas que pasan en los Goya. Y si no, que se lo pregunten a Soledad Villamil.

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González Macho entrega el premio de honor a Jaime de Armiñán

Jaime de Armiñán, premio de Honor este año, pronunció un discurso un tanto confuso al principio que acabó robando algún corazón, al menos el de esta cronista. Reflexionando sobre la aparición de dos sexagenarios joteros en un local de striptease del París de los años 40, Armiñán recordó a Borau y, sobre todo, reflexionó sobre la identidad española, tal vez no tan cosmopolita como la francesa, ni entonces ni ahora, pero igual de importante y necesaria. Enrique González Macho le entregó el premio tras pronunciar su discurso como presidente de la Academia, ese momento en el que los tuiteros del mundo anunciaron que aprovechaban para tomarse una pausa.

González Macho, antiguo distribuidor con Alta Films y exhibidor en los cines Renoir, se rebeló contra las situaciones actuales en un discurso duro, como manda la tradición, y algo quejica, como también manda la tradición. Digno, González Macho enumeró los problemas del cine español e incluyó la piratería entre ellos, haciendo una referencia no muy elegante a su predecesor en el cargo, De la Iglesia, que defendía el diálogo entre sectores. Y yo, qué quieren que les diga, echo de menos las broncas del Alex, pero no al gobierno sino al mundo del cine, sus llamamientos a cesar en las protestas y a avanzar juntos. Echo de menos a un tipo que se juntó con los susodichos piratas e intentó preguntarse por qué existe ese problema en España. La picaresca que nos caracteriza influye muchísimo en ello, pero también la falta de distribución lógica, las ausencias en muchas pantallas de filmes deseados, la disponibilidad de contenido en plataformas ilegales porque no existe lógica explotación del mismo en vehículos legales. La apertura de Alex, frente al atrincheramiento actual, nos venía mejor. Aunque, claro, había que mantenerla.

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Javier Pereira, que se “revela” desde 2002.

Un año más, y para qué comentarlo, el cine español promete variedad pero han acabado siendo siete, sólo siete, las galardonadas con los premios a mejor película de ficción española (no contamos animación, documental, películas extrajeras o cortometrajes).  Así que, a pesar de alegrarnos por unos triunfos más que merecidos, y pedir a quien sea que Vivir es fácil con los ojos cerrados vuelva a las pantallas españolas para un segundo arranque, animamos a recordar el resto de las películas sin Goya. También son muchas y muy buenas. Créanme, los filmes nos salen muchísimo mejor que las galas.

Pueden consultar el resto de los premiados aquí.