Me quedo con Emma

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Crítica

Al encuentro de Mr. Banks (2013), de John Lee Hancock

Por Claudia Lorenzo

Todos los años el Hollywood Reporter organiza unas mesas redondas en las que reúne a figuras del cine y la televisión que han sido importantes en el año. Son vídeos de una hora de duración en los que se reflexiona íntimamente sobre la labor de actores, actrices, directores, guionistas y productores, en charlas de unas seis personas con dos moderadores de la propia revista. Están almacenadas y disponibles en Youtube y creo que deberíais poneros a verlas en cuanto acabéis de leer la crítica que sigue.

Este año, la reunión de actrices estaba compuesta por Amy Adams (que vive abonada a ellas), Julia Roberts, Octavia Spencer, Oprah Winfrey, Lupita Nyong’o y la maravillosa Emma Thompson. La última, cuando les preguntaron por los sacrificios personales que han tenido que hacer por sus carreras, frunció el ceño y se quedó pensativa, con una cara que provocó la hilaridad general. Poco después se explicó, diciendo que preguntarle a todas esas mujeres que acabo de nombrar, actrices que disfrutan de situaciones envidiables y que trabajan cuándo y cómo quieren en películas nominadas a premios, si su vida les obliga a hacer alguna renuncia es insultante. “No tenemos derecho a quejarnos”, viene a decir la británica. Obviamente, tras su intervención nadie abre la boca, y es ella la que añade en una pregunta posterior, con ironía marca de la casa, que en Al encuentro de Mr. Banks, su mayor sufrimiento fue la permanente que tenía que hacerse en el pelo y que le da un aire a Bradley Cooper en La gran estafa americana.

Personalmente, la amo. Lo digo antes de seguir porque esta crítica va a ser tremendamente subjetiva – más de lo que normalmente es cualquier critica-. Un filme que la tenga a ella en el reparto aumenta su calidad con cada segundo que pasa. No hay más que ver la escena de Joni Mitchell en Love Actually, que proporciona toda la tristeza y seriedad que la película necesitaba, y que convierte una serie de episodios adorables en un conglomerado con peso. O el llanto final de Sentido y Sensibilidad, ese momento en el que la contención de Elinor se va a paseo y con ella la nuestra, porque sabíamos en todo momento que la procesión iba por dentro. O los diálogos made in Shakespeare que mantienen ella y Kenneth Branagh en Mucho ruido y pocas nueces, la mejor y más hilarante adaptación del bardo que recuerdo. Por no hablar de las miradas entre Anthony Hopkins y ella en Lo que queda del día, o… lo diré, o sus arrugas en Al encuentro de Mr. Banks.

Como la amiga que me acompañó al cine matizó, cuando le dije que era un gustazo ver a una mujer de 54 años de edad aparentarlos en todo su esplendor y belleza en pantalla, la Thompson es británica, lo cual le da un plus de sensatez del que a veces parece que carecen otros intérpretes que se estiran, encogen e inyectan lo que sea en la cara. Estupenda, atractiva y con la frente llena de marcas de expresión que provocan carcajadas en el cine cuando mueve un milímetro la cara para indicarnos lo incómodo que está su personaje, P. L. Travers, en la situación en la que la pone Walt Disney, Thompson tiene un tempo cómico, al igual que dramático, que la convierte en una de las mejores actrices de su generación. O de cualquier generación. Es difícil imaginar qué sería de esta película sin ella, con toda su rigidez y sus pequeñas sonrisas. Es difícil imaginar qué sería del cine sin ella. Es un poco frustrante que su papel de mujer endurecida por la vida se haya quedado fuera de las nominaciones a los Óscar, no tanto porque su talento quede oculto – mentira, ya tiene dos premios, a mejor actriz y mejor guionista-, sino porque es la alegría de las galas. Y la sabiduría. Pero bueno, los Estados Unidos se lo pierden.

Al encuentro de Mr. Banks es una película producida por Disney. Es la primera vez que el personaje del tío Walt se recrea en un filme y para eso, obviamente, necesitaban permiso de la todopoderosa madre de todos los estudios. Por ello es negar lo evidente empeñarse en recibir un retrato del magnate sincero, duro y brutal como la ópera de Philip Glass. Hay que entrar en el juego de la factoría de los sueños y asumir que ni el señor interpretado por Tom Hanks ni la señora interpretada por la Thompson asumen roles extremadamente auténticos. Ninguno de los dos era tan bueno en la realidad como sus alter egos en la sala, ¿y qué más da?

Disney nos ofrece en esta película la excusa perfecta para volver a ver Mary Poppins mientras nos cuenta cómo se gestó el proyecto para rodarla, cómo Walt tuvo que rogarle a la señora Travers que le vendiese los derechos de sus libros sobre la niñera voladora y cómo ambos, al final, son capaces de entender la postura del otro. No sucedería así, pero esta historia me gusta mucho más que la realidad. Además, Disney, lo vuelvo a repetir, nos da a Thompson y Hanks en un mano a mano que es un gusto para los sentidos. Y no es un mal negocio.

Aún así, para evitar el riesgo de alabar sólo a sus protagonistas, es necesario mencionar la pandilla de grandes secundarios que facturan un producto entretenido como este: desde Colin Farrell haciendo de padre de la infante P. L. Travers hasta Paul Giamatti haciendo de qué-más-me-da-si-todo-lo-hace-bien, pasando por Bradley Whitford encarnando a un guionista con santa paciencia, B. J. Novak y Jason Schwartzman interpretando a los compositores de leyendas como “Supercalifragilísticoespialidoso” o Kathy Baker, que roba la pantalla en tres escenas. Todos ellos le ponen el lacito final a un producto hecho a medida para gustar y para transmitir ternura. Poco de eso habrá si el mínimo curioso vuelve a casa de la sala y se pone a indagar en la verdadera identidad de la escritora.

Sin embargo, después de investigar un poquito, qué queréis que os diga, yo me quedo con Emma.