Maragall, el cine, la poesía y lo demás

Por Andreu Manresa.

En la Barcelona preolímpica, Pasqual Maragall en el café de un almuerzo retó a varios periodistas a recitar algún verso, poesía en la memoria. Ganó por goleada. Fue durante una entrevista XXL en Radio Nacional de España, en “El comedor de invitados”, en la época abierta o radio total de Eduardo Sotillos y Fernando G Delgado, José Cavero y demás en RTVE, con la cineasta Pilar Miró y otros en sucesivas direcciones generales.

En la mesa en las ondas, con platos y micros junto al despacho oficial del Ayuntamiento, estaba Javier Sardá, antes de su ascensión al éxito de la fama que aguantó el tirón del político lector y culto que sabía todos los poemas de su abuelo, Joan Maragall, obviamente. El alcalde jugó con la sonrisa socarrona, sus recursos de lector, recreando imágenes y escenarios, momentos, para ubicar a otros en los versos, antiguos y contemporáneos. Comentaba, jugaba con las frases, métricas, rimadas o no, sin afectación engolada. El edil apuntaba al autor y la situación. El cronista supo la mitad del poema de una composición de Joan Alcover que el lector histrión Maragall documentó cinematográficamente. Con las metáforas del jardín cerrado y un fauno mutilado, la tragedia familiar de vate mallorquín Alcover, que fue un político fugaz y bilingüe.

Retirado del poder y apenas mellado por el Alzheimer que se cruzó en su vida, Pasqual Maragall, antes y después de ser protagonista, a su pesar, del documental de Carles Bosch, Bicicleta, cuchara, manzana, otra noche, en Mallorca, tres años atrás, bromeó entre conocidos y cómplices sobre política, cine, poesía y periódicos. Después protagonizó el tramo final de la cinta de su vida en la pieza coral del periodista-cineasta que nació en la factoría de TV3, Carles Bosch que ya triunfó con Balseros.

Retirado de la frenética actividad que tuvo, Maragall en Barcelona se reúne, muchos lunes, en su despacho, con algunos amigos para hablar y ver una película de cine. Son lunes de cine con Maragall, no se trata de cine fórum, ni de una sesión única para rememorar la edad de la filmoteca en añoranza de las cintas descolgadas de las carteleras y de las programaciones circulares de la televisión. Quizás es un poco de todo, y un juego de complicidad afectuosa.

Aquel político que fue alcalde de la Barcelona’92, de las Olimpiadas y más tarde Presidente de la Generalitat de Catalunya, es sobre todo nieto de Joan Maragall, uno de los grandes poetas en lengua catalana. Aparece algún invierno por Mallorca, invitado por amigos no políticos catalanes, acude en febrero a ver la isla –gran plató literario y para la pantalla, también–, la tierra en frío, moteada de flores blancas de los almendros que despiertan con mariposas pegadas a las ramillas aún sin hojas.

Maragall, divertido, ocurrente, contradictorio, hábil y políglota, ha aportado muchos materiales para construir una memoria cultural poderosa. Proyectó sobre su ciudad una parte de su concepto universalista, urbano, estética y cinematográfico quizás sobre ese gran plató que ha sido siempre BCN. La transformación, la modernidad, queda en la retina de varias generaciones de españoles y ciudadanos del mundo, aún antes de que Woody Allen la usara de espejo de Vicky, Cristina, Barcelona.

Pongan la música «Variaciones Goldberg» BWV 988 que completó JS Bach. Maragall contó que memorizó la pieza y la repetía para tener una banda sonora e intentar no escurrirse por las cataratas del olvido.

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