Malotes de poca monta

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Crítica

La entrega (2014), de Michaël R. Roskam

Por Claudia Lorenzo

Tanta alegría y felicidad que se respira en la Sección Oficial este año lleva a una a preguntarse si acaso hemos venido todos de buen humor, si es bien cierto que hay veintiuna películas que de verdad merecen nuestra atención por su calidad – por cierto, tras ver Autómata la respuesta es no-, si es que de verdad somos carne de Estados Unidos y todo lo que venga de allí bien empaquetado nos convence o es que la brisa marina hace magia.

La entrega es el primer guión de largometraje escrito por Dennis Lehane, lo cual parece de locos ya que el hombre lleva más de una década en nuestras pantallas gracias a las adaptaciones de sus novelas (Mystic River, Gone Baby Gone, Shutter Island) y a su trabajo como guionista en The Wire y Boardwalk Empire. Sin embargo, La entrega se sitúa en Brooklyn, Nueva York, una ciudad a veces oscura pero alejada de la sombría Boston que el escritor acostumbra a plasmar en sus ficciones, el lugar que conoce como si le hubiese parido porque eso hizo. Para este primer guión, basado en un relato corto propio, han atraído a Michaël R. Roskam, director que deleitó en 2011 con Bullhead y que nos descubrió – ver en próximos párrafos- a Matthias Schoenaerts.

Bob es camarero en un bar del profundo Brooklyn, espacio que regenta, aunque no posee, su primo Marv. El negocio sirve muchas veces como tapadera para realizar entregas de dinero de la mafia del lugar, y cuando hay un atraco y los ladrones se llevan todo lo que encuentran, los mafiosos de la zona se cabrean y exigen a estos dos camareros de poca monta que alguna vez tuvieron ínfulas de pandilleros que lo encuentren. La trama se enreda cuando, por otro lado, Bob encuentra en un contenedor un cachorro de pitbull apaleado y, con ayuda de una vecina, decide adoptarlo y llevárselo a casa. El antiguo dueño, el maltratador, más cabreado por las interacciones que surgen entre Bob y la chica que por el animal, decide amenazarle y exigirle respeto a cuenta del perro. Bob, que tiene pinta de tipo tranquilo y bonachón con mucho por ocultar, está empezando a cansarse de tanta tontería.

La entrega no es una historia buena de mafiosos, “buena” en el sentido en el que los gángsters planean y ejecutan lógicamente lo que quieren hacer. Es un relato sobre diferentes pandilleros de barrio sin idea de nada que ven cómo a su alrededor hay gente que, a fuerza de amenazar y extorsionar, se sale con la suya mientras que otros como ellos pringan y trabajan día a día. Por eso algunos detalles, algunas características turbadoras de los personajes, confunden al respetable, que aún tiene en la cabeza a los malos que de verdad mandan. Éstos no son así. Lehane y Roskam deciden contar la historia de una zona de Brooklyn que buenamente podría ser Boston y que dice tanto de la América profunda como cualquier filme situado en Nebraska.

Si el guión, la dirección y su labor exitosa en controlar la luz y la oscuridad no fuesen suficientes, cuatro fuerzas de la naturaleza interpretativa se unen en la pantalla. La primera, la que nunca más disfrutaremos, es la de James Gandolfini, en un papel de calzonazos con ganas de ser mafioso de poca monta que rompe el corazón de quien le ve haciendo de lo difícil cosas muy fáciles. La segunda, la que sigue en alza, es la de Tom Hardy, un tipo algo más canijo de lo que aparenta y cuadrado, una pura masa de actuación pasional cuyo rostro en primer plano es uno de los placeres de estos días. Hardy transmite tanto con una mirada, con un cambio en la dirección de sus pupilas, como otros con un discurso. Y si bien hay que aceptar que el talento de relatar de forma natural lo que otro ha escrito no es baladí, los silencios de Hardy están tan llenos de información que podríamos tenerle mirando a cámara durante una hora siguiendo sus pensamientos. La tercera fuerza de la naturaleza, una que se podría llamar la versión continental de Hardy, es el mencionado Schoenaerts. Dice Guillaume Canet que su pareja, Marion Cotillard, no dejaba de soltar piropos sobre él mientras rodaban De óxido y hueso, y las razones son más que evidentes. Contener a estos dos tipos en personajes como Bob, en el caso de Hardy, un joven al que no sabes si le falta un arroz o es que es tan inocente por naturaleza, y Eric, en el caso de Schoenaerts, un macarra de barrio que no tiene ni media hostia fuera de su zona de confort, es un acierto de casting tal que la ironía patente durante todo el filme no sale a la luz más que al final, cuando es necesaria. La cuarta fuerza, la chica de todo el asunto, el personaje peor definido por costumbre, está sin embargo a cargo de Noomi Rapace, una mujer que nos alucinó tanto en la versión sueca de la trilogía Millennium que no importa el poco jugo que le dan a la joven con su papel, porque también con sus miradas hace magia.

Tal vez La entrega no sea la película festivalera que esperamos, tal vez ni siquiera sea el drama criminal que el reparto, el escritor y el director prometen. Pero a la hora de relatar el carácter, la maldad y la vida chapucera de quien escoge patear a un perro simplemente porque puede, no tiene precio.

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