MAD MEN

mad_men_web copia

Draper ha vuelto a la tele pero no a las andadas

Por Elvira Lindo
Ilustraciones de Miguel Sánchez Lindo y Clara Santos

Sí, soy una de esas locas que se zamparon los capítulos de Mad Men de cuatro en cuatro. Un amigo me regaló las dos últimas temporadas y yo, traicionando a mi amor, que me había hecho prometerle ante una Biblia que robamos de un hotel que vería los capítulos de uno a uno y cuando él estuviera presente, fui completamente desleal. Me encerraba en el cuarto, me ponía los cascos y me entregaba a Don. Bueno, y al resto del elenco. Pero a Don más. Eso sí, por la noche los volvía a ver con él y conformábamos la entrañable imagen de una pareja feliz: nuestras cabezas unidas delante de la pequeña pantalla, el computer entre su pierna y la mía, su aliento oliendo a whisky y a chocolate. Aaaaah, ese aliento. Es lo que yo denomino un aliento Draper. De esos que despiertan expectativas.

Esta temporada, la quinta, la estoy viendo a su hora. O sea, en la tele los domingos, a las diez de la noche, y como ese día mi amor trabaja, me la veo yo solita. Hace dos meses consolaba mi soledad con “Downton Abbey”. No sé por qué pero era una serie con la que me entraban ganas de comer quesos y buenos fiambres. Esa serie me hizo engordar dos kilos. Fue un alivio cuando acabó. Mad Men me provoca un problema de no menor calado: tiendo a darme a la bebida. No me gusta el whisky, lo cual es un fallo imperdonable, pero lo sustituyo por unos gin and tonics y me siento, por así decirlo, en perfecta comunión con el citado ambiente. Con las series hay que comprometerse a muerte.

He de confesar que el primer capítulo de esta temporada no lo pude ver, dado que me encontraba en mi tierra natal, pero lo he visto parcialmente en las páginas de la serie y, además, mi amor me hizo un resumen detallado de lo acaecido. No llegó a cantarme el Zou Bisou Bisou, porque no se acordaba de la coreografía, pero sí me dijo que a Don no le había hecho ni puta gracia que su señora le hiciera una fiesta sorpresa y que se pusiera tan calentorra delante de sus compañeros. “Don -me resumió mi amor- era de la opinión de que aquello no venía a cuento”. Y yo ese desagrado de Draper lo vi megacoherente, muy de Don, o sea, en plan tonterías, las mínimas. Para completar la crónica, mi amor, ya en modo “crítico de cine”, añadió que la serie había empezado flojilla y que eso él ya se lo esperaba. Esa crítica es muy de la escuela de Jaén, que se caracteriza por una especial habilidad para adelantarse a todas las desgracias.

Y aquí estoy yo, sola en el visionado de esta temporada y sola ante el peligro para hablar, sin que me influyan ni mi amor, ni los de Jaén, ni los fanáticos de la serie, de lo que me ha parecido lo que llevamos visto. Vaya por delante, que yo me voy a tragar la serie me guste más o me guste menos porque le tengo un cariño enorme a los personajes, incluidos aquellos que al gran público le caen más antipáticos. Pero me gustaría señalar los fallos que encuentro en esta quinta temporada porque, quién sabe, igual este texto le llega a Matthew Weiner y tiene a bien reconducir lo que creo que son errores imperdonables y a la vista de cualquier persona con un coeficiente medio-alto o, directamente, alto.

Matthew, a ti te hablo. A tus pies me rindo porque has tenido el talento de inventar a Don y de hacer compatible la nostalgia de los 50-60s con la crítica sutil a las injusticias insoportables de aquellos tiempos. Matthew, escucha: cerraste la cuarta temporada de la serie habiendo librado a Don, al menos en apariencia, del azote tortuoso de su oscuro pasado; también le casaste en el último momento y de manera un poco torpona con una tía buena que apareció por allí y que a Don le hizo tilín porque se llevaba bien con los nenes y porque estaba buena, obviously. Pero, dime, Matthew, si a un personaje que se distingue por estar comido siempre por la ansiedad y el remordimiento le quitas los motivos que se los provocan, ¿en qué coño se queda, Matthew?

No tengo nada en contra Jessica Pare, la actriz que interpreta a su nueva mujer, pero, y lo digo con el mayor de los respetos, el espectador no sabe si es que muy simplona o si es que no habéis sabido concederle una personalidad. Hoy leía en una página web cuál ha sido hasta el momento la gran aportación del personaje de Megan al de Don: ¡europeizar y modernizar su vestuario! Es patético. Cierto es que todos pensábamos que Betty Draper era una mala pécora, pero por eso la amábamos, porque le hacía la vida imposible a Don y eso convertía a Don en el hombre torturado que nos volvía locas/os. Llevamos cuatro capítulos con un Don felizmente casado: ¿crees que los fans de Draper nos merecemos esto?

Por no ahondar en la herida, te diré que me han encantado las apariciones de Betty: verla gorda y víctima de la bulimia por una creciente frustración matrimonial es las mejores cosas de esta temporada. Impagable también es la niña Sally. ¡Ese prodigio de criatura! Cada día está más guapa y las conversaciones con su padre son fantásticas, así como los encuentros de Sally y esa gorda extraordinaria que encarna a la suegra de Betty. Cuando Don habla con Sally la serie crece en comicidad; cuando Don habla con Betty la serie gana en morbo; cuando Don habla con Peggy la serie gana en tensión e ironía… Ay, Peggy, tiene el sex appeal de  la inteligencia. Pero cuando Don llega a casa y se encuentra con su mujer en bragas y sujetador (y que yo no tengo nada contra esa actriz, que conste) a Don se le esfuma la libido. Don se queda disminuido, a Don es como si le cortaran la melena donde acumula la testosterona.

No sé si esto es una consecuencia de las acusaciones que ha recibido la serie de promover un comportamiento machista en los centros de trabajo y una visión de la mujer anticuada y servil. Matthew, si ha sido así te pido que no hagas caso. Tú a lo tuyo, Matthew. Siempre hay gente que desearía que la ficción tuviera un mensaje pedagógico, pero qué coño, las historias han de ser ricas en personajes contradictorios, en capullos, en cobardes, en tramposos, en gente sin escrúpulos, también en buenas personas, claro, pero lo que no soporta nuestra oficina de Madison Avenue es la sosería de la corrección política. Por una razón más poderosa que ninguna: porque no existía en aquellos tiempos.

Esos hombres que aparecen en Mad Men se parecen a los ejecutivos españoles, por qué no, de los años setenta. Mi padre era uno de ellos. A partir de las tres de la tarde ya estaban con un whisky en la mano: llegaban tarde a casa, hacían infelices a sus mujeres y provocaban ansiedad en sus hijos. Como respuesta a semejante trato, las mujeres se volvían desconfiadas y aplicaban allí donde podían una sutil mala intención. Los niños y las niñas que fuimos Sally Drapers de la época, aprendíamos de todos aquellos retorcimientos. Yo tuve esa educación sentimental. Yo también le servía el whisky a mi papá cuando llegaba de la oficina, pero eso no me impidió ser la mujer independiente en la que me convertí luego.

Matthew, te lo ruego, haz que Don vuelva a las andadas. Ya vamos por el cuatro capítulo y estamos todos ante la tele, con una copa en la mano, esperándolo.

Todos quieren ser Don

Por Maria F. Valencia

Meses antes del estreno de la quinta temporada de Mad Men en Estados Unidos la ciudad de Nueva York se llenaba de ingeniosos carteles que anunciaban el inminente y esperado  retorno de la serie estrella de la cadena AMC. La conocida marca de ropa BANANA REPUBLIC sacó al mercado una colección especial basada en la popular serie. Trajes como los de Don Draper y vestidos de colores tipo Betty o Joan. Se respiraba humo de cigarrillo y se bebía mucho whisky. Más del habitual. Además, en todas las reuniones donde había un fan de la serie se escuchaba eso de “ a mi solo y sin hielo” tal y como lo bebe Don.  Y es que Mad Men no es solo una moda. Es una actitud total ante la vida. Imprime cierto carácter que va más allá de la estética. Hemos pasado mucho tiempo esperando ver que sucederá en las oficinas de Sterling Cooper Draper Price; que nuevos romances están por ocurrir… Aquellos días en Nueva York serán recordados con emoción y nerviosismo. Esperábamos con ansiedad las nuevas aventuras de Don y compañia y sobre todo, como nos harían sentir los personajes de los que nos hemos enamorado.

Síguenos en Facebook y Twitter

Suscríbete a nuestro Newsletter