Red Lights

De Niro no defrauda

Por Rau García

Que Robert De Niro siga haciendo películas me parece un importante aliciente para ir al cine. Este es un motivo de peso para ver Red lights, pero no el único (aunque es cierto que gran parte del público irá a ver está película expresamente porque está él). De antemano, uno tiene curiosidad por ver cómo su director, Rodrigo Cortés, se desenvuelve fuera del ataúd. Se desenvuelve bien, aunque con cosas que pulir. Parece que el director ha decidido plantearse un reto en cada una de sus películas. El anterior fue sostener una historia de 95 minutos con un actor encerrado en una caja de madera enterrada en alguna parte. Esta vez el reto se trataba de conseguir que Robert De Niro (con quien se reunió en Sicilia después de leer el guión de Red Lights y de que le proyectaran Buried en un pase privado en Nueva York) aceptara formar parte del proyecto.Tras una charla de 40 minutos en la isla italiana donde el actor y  el director se conocieron, Bob, como le llama sólo la gente de su entorno y quienes trabajan con él, le dijo: “que tu gente y la mía se pongan de acuerdo”.

Deduzco que Rodrigo Cortés es un director económico y eficaz, porque, entre otros motivos, los presupuestos de sus películas no son desorbitados y sin embargo compite valientemente en taquilla con grandes superproducciones. El éxito de Buried, su tarjeta de presentación en Hollywood, le permitió subir un peldaño más en su carrera, y en consecuencia, dos años después, vuelve con otra película. En esta ocasión el guión es suyo (también es coproductor, se hace cargo del montaje y de la producción de la música para la banda sonora).

De Niro no defrauda. Cortés le otorga un intenso monólogo prácticamente cada vez que aparece y esto el espectador lo agradece, pero no perdona que no salga aún más (demasiado poco para los que se hacen ilusiones pensando que le verán durante más de la mitad de lo que dura la película). De Niro interpreta a Simon Silver un célebre psíquico con aires de filósofo predicador al que da vida el actor, de esos que doblan cucharas con la mente, entre otros poderes muchísimo más espectaculares, que acepta ser estudiado científicamente para demostrar que no hay trampa en sus dones. A De Niro le acompaña Cillian Murphy, admirable. Además, su complexión delgada y rostro peculiar van como anillo al dedo a su personaje, un físico investigador de fraudes paranormales, Tom Buckley, obsesionado con desenmascarar a Simon Silver. Su escéptica jefa y mentora es Margaret Matheson, una Sigourney Weaver magnifica, como siempre. Por otro lado está el argentino Leonardo Sbaraglia, en el papel de Palladino, con un extrañísimo acento inglés que hace su interpretación más creíble, dentro de la inverosimilitud implícita de un personaje tan falso como el suyo, un estafador de masas que, con un pinganillo en el oído, se mete al público de sus “shows” en el bolsillo. Sbaraglia ya trabajó, como protagonista, bajo las directrices de Cortés en El concursante, primer largometraje del director. El casting, por tanto, está sabiamente asignado. Sin embargo, hay dos personajes, secundarios, que están metidos con calzador: el de Elizabeth Olsen y el de Craig Roberts, ambos correctos, pero prescindibles.

Con Red lights tuve la sensación de que ya había visto algunas escenas de esta película en otras, igual que me ocurrió con Buried entera, me refiero a la maravillosa escena de Kill Bill, con Uma Thurman enterrada en un ataúd, con la diferencia de que ésta dura alrededor de 5 minutos.

Rodrigo Cortés ha realizado una exhaustiva investigación para escribir este guión (escrito antes que Buried y rodado en Barcelona durante ocho semanas, y en Toronto y Hamilton, Canadá, durante dos); que, además de entretener al espectador, le proporciona información real sobre los fenómenos metapsíquicos (del griego meta más allá de, y psique mente). A veces, tal y como Cortés afirma: “el estilo recuerda a un thriller político”, con una fotografía que construye una atmósfera espeluznante. A pesar de que Cortés conoce muchos trucos para hacernos disfrutar, Red lights no es una película redonda, le falta cierto equilibrio. El final se le va de las manos ligeramente. Hay un momento en el que se me pusieron los ojos como platos, la boca entreabierta y mantuve la respiración, pero pasados unos segundos de excitación cinematográfica, el resto no me convenció. El director gallego, criado en Salamanca, tiene todavía algunas cosas que limar, pero, sin duda, merece la pena ver su trabajo, desde sus inicios hasta lo que está por llegar, por sus referencias y por su propia personalidad.