Los sinsabores de la perfección

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Crítica

Antes del frío invierno (2013) de Philippe Claudel

Por Manuela Partearroyo

El cine francés sigue su estela, y a cine “a la francesa” es a lo que nos invita. Puede gustar o no, pero esta fábrica de amores burgueses y hastíos baudelairianos, al margen de modas, celebrities y desvíos generacionales, se mantiene en forma sin apariencia ninguna de cambiar de tercio. Antes del frío invierno, en francés un más lacónico Avant l’hiver, es la tercera intervención del novelista y profesor Philippe Claudel en el mundo de la dirección, donde repite con Kristin Scott Thomas tras la gélida y conmovedora Hace mucho que te quiero (Il y a longtemps que je t’aime, 2008), ópera prima que le valió el César y el BAFTA a mejor película extranjera.

Claudel mantiene el tono frío para reincidir en una trama en la que un intruso imperfecto rompe la estabilidad de una familia que vive en el jardín del Edén. Nunca mejor traído lo del jardín, pieza clave de la historia y hermoso contexto donde se erige una casa de cristal, moderna y pulcra, en la que conviven un ocupadísimo neurocirujano (el formidable Daniel Auteuil) y su esposa (la siempre intensa Scott Thomas), que llena sus aburridas horas del día cortando cada mala hierba, barriendo cada hoja seca, colocando cada detalle en busca de la perfección.

A semejante esplendor viene a unirse un exótico ingrediente, una misteriosa joven de origen magrebí (Leïla Bekti) que entabla conversación con el marido, a partir de la cual se desenvuelve una espiral de destrucción de esas que tanto le gustan al cine francés. Rosas rojas sin remitente en cada esquina, barrios de prostitución, secretos y mentiras que se propagan… flores del mal que comienzan a ensuciar el jardín de nuestro matrimonio protagonista. Unos sinsabores de la perfección que, sin embargo, parecen devolverle la sangre a estos burguesísimos personajes, desvelando amores contrariados y algún que otro asunto de poemas y puñales.

Al trío protagonista viene a unirse un sospechoso habitual de la casa (Richard Berry), colega psiquiatra del neurocirujano e íntimo del matrimonio, con quien se juega más de un match ball en la cancha de tenis que entretiene del aburrimiento a toda la familia. De hecho, Auteuil, Scott Thomas y Berry coincidieron en papeles paralelos en El juego de los idiotas (La doublure, Francis Veber, 2006), recreando otro matrimonio adúltero y amigo del alma, pero retorciendo el melodrama en favor de una disparatada comedia de enredo. Tal vez nos hace falta algún momento de comedia para digerir con mayor entusiasmo tanto sentimiento carente de sensualidad.

Un hijo distanciado, una nuera encaminada a los mismos errores, una cuñada con la olla más ida que venida, una aprendiz en neurocirugía y en apatía, y una nieta que es el ojito derecho de los abuelos cierran el reparto de personajes de este melodrama con tintes de suspense, cuya frialdad acaba por congelar tal vez demasiado la intensidad de la historia, pero que pone a funcionar una maquinaria que nunca falla en el reloj francés: burguesía, hastío, celos, pasión y desenlace más o menos imprevisible.

Una trama bien construida y unos espacios espléndidamente vaciados de sentimientos para contarnos una historia que conocemos bien, pero que seguirá interesando a los fieles del cine al más puro estilo gabache.