Los mundos perdidos

Sir Arthur Conan Doyle

Sir Arthur Conan Doyle

Por Claudia Lorenzo

Para mí no era elemental-querida-Lorenzo la unión de Arthur Conan Doyle con el espiritismo. Creo que era vagamente consciente de ello, por haberlo leído o haber oído hablar del asunto, pero nunca me lo tomé muy en serio. Con continuar mi obsesión por su personaje carismático e inolvidable, a mí me bastaba.

Pues resulta que como Conan Doyle había nacido en Edimburgo, hay un Arthur Conan Doyle Centre en la ciudad. Pero no está dedicado, como la casa del Baker Street londinense, a Sherlock Holmes. No, éste es un centro dedicado al espiritismo. Y lo habéis leído bien. Conan Doyle fue un ferviente seguidor de esta religión, escribió libros sobre su historia y la practicó durante buena parte de su vida. Se dice que su interés en ella comenzó tras la muerte de su primera esposa, de su hijo, en la Primera Guerra Mundial, y de su hermano en el mismo conflicto. Sin embargo en la charla a la que asistí, su autora hizo hincapié en que Conan Doyle, educado en el catolicismo y agnóstico cuando acabó el instituto, comenzó a interesarse por el espiritismo antes de los fallecimientos de sus seres queridos. Confiaba en esa religión y a ella dedicó décadas de su vida, intentando darla a conocer por el mundo e incluso discutiendo y desafiando públicamente a su antiguo amigo, Harry Houdini, quien venía a decir que eso del espiritismo eran sólo patrañas.

La charla afortunadamente no versó sólo sobre eso, sino que también nos mostró detalles de la vida de Conan Doyle antes de ser famoso. Así aprendimos que su padre, Charles Doyle, alcohólico a lo largo de toda la vida de su hijo, provenía de una familia de artistas que le había ordenado hacerse funcionario a pesar de mostrar talento para la ilustración. 24 de sus dibujos estaban expuestos en el edificio, y la verdad es que eran preciosos. La cantidad de hadas presentes en todos ellos provoca una sonrisa al recordar el jaleo en el que se metería su hijo Arthur años después cuando dio por buenas las fotos de las hadas de Conttingley, esas famosas imágenes de principios del siglo XX que decían retratar a pequeños seres mágicos pero que luego demostraron ser falsas. También, gracias a la charla, supimos que la madre de Conan Doyle era una mujer muy bien leída y que hablaba francés fluido. Siempre estuvo muy interesada en la educación de su hijo e hizo lo posible por ofrecerle lo mejor.

Dentro del maravilloso edificio victoriano que alberga el centro, encontramos otros objetos expuestos en relación con aquel que le da nombre: un conjunto de violines y violas hechos a partir de un árbol que se erigía en una de las casas en las que Conan Doyle pasó su infancia. Dicho árbol se descubrió inestable hace años y fue talado, pero debido al amor del escritor por el violín, se decidió hacer de su madera un instrumento. Es conocido como el violín “Sherlock” y por lo visto, para quien entienda de violines, es de alta calidad.

A pesar de lo interesante de la charla, no fue una de esas conferencias en las que la mente se te abre y alucinas con sus descubrimientos. El interés de su autora por convencernos de que las coincidencias a lo largo de la vida de Conan Doyle no eran tales, sino que, como mantienen los espiritistas, formaban parte de un “destino” previamente trazado, resultaba forzado. Pero yo no había ido jamás a una sede espiritista, así que el asunto me entretuvo un buen rato.

Por la tarde me acerqué a Paterson’s Land para ver la ópera corta “Last One Out”, comisionada por la Scottish Opera y el Sound Festival. Con buena música pero una narrativa un tanto farragosa, cuenta la historia de dos personajes que ven su mundo trastocado cuando escuchan, a través de la radio, voces provenientes de otro tiempo. Eso lo sé porque lo ponía el programa, el resto no lo entendí. Los cantantes y el trío de cuerda que acompañaba lo hacían de perlas, pero la mayor parte del espectáculo consistía en un actor mirando un aparato de radio desde el que salía música. Una dirección demasiado estática que casi me puso a dormir. La localización inicial para la cual se planteó la ópera, el faro de Fraserburgh, en el noreste de Escocia, puede que le diese un nivel añadido, pero la puesta en escena es, como digo, bastante soporífera. Una pena, porque la idea y la música parece que daban para mucho más.

Es curioso cómo, a mitad de mes, muchos espectáculos recogen sus bártulos y se van, mientras que otros están recién llegados. Los veteranos, esos que harán funciones hasta el 26 y que comenzaron el 31 de julio, se muestran más relajados y conocedores de la ciudad. El arte sigue, pero el ambiente está más calmado.