Llamando a las puertas del gobierno sueco

Escena de “Call Girl”

Crítica

“Call Girl” (2012), de Mikael Marciman

Por Claudia Lorenzo

Los nórdicos están últimamente de un misterioso que da miedo. Con Stieg Larsson a la cabeza, aunque muchos de sus maestros habían abierto las puertas del mundo editorial antes de que Lisbeth Salander arrancase las bisagras de cuajo, de repente el género policiaco escandinavo sufre una revolución que añade a los asesinatos y la investigación una constante crítica a todo bicho viviente de la sociedad que permite que pasen las cosas que Mikael Blomkvist o Kurt Wallander ven. Como era de esperar, el cine y la televisión no se iban a quedar atrás, y “Forbrydelsen” y las adaptaciones literarias de todos sus libros han creado un género muy prolífico y atrayente.

Pues bien, “Call Girl” no tiene nada que ver con esto. Si asocian Suecia y thriller con lo anteriormente mencionado estarán errando el tiro considerablemente, salvo la parte de crítica social. Piensen mejor en “Serpico”, “Los tres días del Cóndor” o “Todos los hombres del presidente”. Piensen en “La vida de los otros”. Piensen en “Argo”.

Bebiendo de su nacionalidad y haciendo bandera de ella, “Call Girl “cuenta la historia, inspirada en la realidad, de una investigación policial en Suecia en los años ’70 en la que se intentaba desmantelar un negocio de prostitutas cuyos principales clientes eran políticos y altos cargos del país en aquellos momentos. Sí, piensen en todas aquellas películas de Sidney Lumet y Alan J. Pakula e irán por buen camino. La historia comienza un tanto deslavazada, hasta que nos sitúa a los protagonistas principales, involucrados unos por policías, otros por poderosos y otras por víctimas. Escandalosa pero no morbosa, “Call Gir” nos muestra cuán lejos son capaces de llegar los poderosos cuando son conscientes de su poder. El guión, escrito por Marietta von Hausswolff von Baumgarten, es un tanto confuso en sus comienzos pero encuentra rápidamente un lugar y un punto de vista, el de Iris, una joven que vive en un albergue juvenil, y desenreda el resto de la trama en cuanto ésta le afecta a ella. Como despropósito mayúsculo, aterroriza el hecho de que se intente legislar sobre la edad legal o ilegal para abusar de un menor.

Habrá quien se queje de su duración, 140 minutos, pero para contar una historia con tantos implicados y tantas ramificaciones, no me sobró ni un minuto. Ópera prima, como muchas de las películas del Atlántida Film Fest, participante en Toronto y aquí en el Festival de Cine de Sevilla, es impresionante que esta película no esté todavía en boca de todo el mundo. Ya están tardando, señores.