Linda & Lindo

Friedkin and Blair

William Friedkin con Linda Blair

Por Elvira Lindo aka Ms.Lindo

A mí las películas que más miedo me han dado en mi vida me las han contado antes de verlas. Con el final incluido. Estoy hecha de una pasta especial: soy una espectadora a la que le gusta que le cuenten el argumento con su desenlace antes de enfrentarse a la pantalla. Probablemente, esta extrañeza de mi carácter se inicia en mi más tierna infancia, cuando en la oscuridad densa y rural de la casa de mi abuelo mis tías me contaban cuentos antes de dormir, y eran cuentos tan espeluznantes que conseguían dejarme sin aliento. También sin sueño. Mis tías no eran lo que se dice unas defensoras de la pedagogía moderna. Vamos, no creo que hubieran escuchado jamás ni la mera palabra pedagogía, pero está claro que eran de la opinión de que la ficción con sangre entra porque sus cuentos estaban poblados por niños víctimas del abandono y de adultos muy hijos de puta. A ellas les debo, probablemente, el no dormir jamás con los pies destapados o el agacharme antes de meterme en la cama para ver si hay alguien debajo. Hoy en día, a esas tías se le retiraría la custodia de sus sobrinos, pero en la infancia de esta escritora nacida en el 62 los niños venerábamos a quien nos contaba cuentos de miedo, porque éramos niños curados de espanto.

Cuando mis tías dejaron de contarme cuentos porque ya era una zángana, como ellas denominaban a cualquier niña a la que le hubiera venido la regla, fue mi hermana la que tomó el testigo. Mi hermana, que es mayor que yo, aunque no es un dato que a ella le guste ver escrito en un artículo, iba al cine con su novio, y por la noche tenía que soportarme a mí que a los doce años no tenía boca más que para pedir y le pedía una vez y otra que me contara la última película que había visto. La narración de la historia nos duraba muchos días porque yo interrumpía continuamente su relato para hacer preguntas específicas sobre el vestuario, el paisaje, la decoración, el tiempo atmosférico, lo cual me convertía en una niña precoz, que entendía el cine, aunque fuera de manera inconsciente, como un trabajo colectivo.

Cuando mi hermana me contó El Exorcista yo ya había leído la novela. La tenían mis padres, imagino que publicada por el Círculo de Lectores del que eran socios. No me pusieron ninguna traba para leerla, seguramente porque en El Exorcista no hay sexo y para mis padres ese era el único terreno prohibido. Con la violencia o con el demonio, en concreto, eran muy abiertos. Pero si había una historia que pudiera trastornar a una mente adolescente como la mía era esa. Mucho antes de ver la película, sólo con la lectura del libro, a mí ya se me había movido la cama varias veces. Porque a mí se me movía la cama. Poco, la verdad, pero algo se me movía. No tanto como para alertar a mis padres y que acudieran al cura de mi barrio, pero sí para que yo creyera que estaba un poquillo endemoniada. De cualquier manera, poco habría hecho el cura de nuestra parroquia, porque en aquella zona de Madrid donde nosotros vivíamos casi todos los curas eran rojos perdidos y estaban a otra cosa. Quiero decir que las niñas endemoniadas les traían al pairo. Y ya no te digo una niña ligeramente endemoniada. Por tanto, yo sufría en silencio mi condena. Cuando la habitación se quedaba a oscuras me dedicaba a estudiar el vaivén de la cama. Por las mañanas me estudiaba la cara ante el espejo, a ver si me veía algo demoníaco. O escupía en el lavabo a ver si la saliva salía verde. Por supuesto, estas obsesiones no las compartía con nadie.

Tenía un mundo interior súper rico. Hay que tener en cuenta que unos meses antes había leído, en un libro que tenía mi hermana (que ya era universitaria) sobre sexo, que se había dado el caso de niñas que toqueteándose toqueteándose se descubrían un micro-pene en el clítoris, pero que fuera como fuera, decía el experto del libro, no había que preocuparse porque esto sólo quería decir que estaban viviendo con un sexo equivocado. Yo pasé unos días estudiándome mis partes en el baño con un espejito de  mano a ver la cosa cómo progresaba, y me entraba una vergüenza horrible de pensar que a lo mejor tenía un micro-pene ahí sin que mis padres lo supieran y que si algún día se descubría el pastel me tendría que ir de España. Quiero decir con esto, que tendía a identificarme tal vez en exceso con las peripecias de los personajes de ficción, y cuanta más absurdo fuera el problema que les asaltaba más me afectaba a mí personalmente.

No sé cuántos días tardó en contarme mi hermana la película de William Friedkin, pero seguro que nos llevaría más de un mes, porque yo quería detalles, detalles. De los vómitos de la niña, del cuello dando vueltas, de los golpes contra la cama. Mi hermana no reproducía las palabrotas porque no estaba en su naturaleza, así que los tacos que pronuncia la niña del demonio no los escuché hasta que fui a verla en el cine. ¿Cuándo? No me acuerdo de la fecha pero sí de la impresión que me causó. Busqué aquí y allá documentación sobre Linda Blair, de la que recuerdo que se publicaban por esos años 70 noticias y reportajes sobre las fatales consecuencias que le había deparado la película. De una cosa estaba bien segura: a mí mi madre no me hubiera jamás dejado ser la protagonista de El Exorcista. Nunca lo hablé con ella pero sospecho que no le hubiera importado, en cambio, que hubiera sido una nueva Marisol pero, reconozcámoslo aunque nos duela, ni tenía voz ni tenía físico. Puede que el físico sí que me diera para hacer de niña endemoniada pero viendo las tristes circunstancias que asolaron el futuro de Linda, yo casi que me alegro de no haber sido candidata al Oscar como ella fue. Con los años supe que había salido en portada de algunas revistas porno enseñando las tetas y lo que no son las tetas. No sé si el demonio intervendría en eso pero desde luego es una putada como un templo que tu carrera como actriz se despeñe de esa manera.

Es que empezó muy arriba. Eso es.

Linda Blair

Linda Blair

 

Después de verse metida en líos de drogas y esas travesurillas que han definido a tantos niños actores de Hollywood Linda abandonó el camino del mal y volvió al redil. Con los años protagonizó junto a Leslie Nielsen una parodia de El Exorcista. En mi opinión, aunque sólo fuera por eso, hay que aplaudirla. Primero, por Leslie fue grande; segundo, porque ese giro humorístico dice mucho de ella. Sea como fuere, si a día de hoy me quedo sola en casa jamás se me ocurrirá pasarme la velada viendo El Exorcista. Me aterra. Me sigue aterrando. Puede ocurrir que la vea acompañada, como así fue la última vez y entonces nadie me librará de tener pesadillas. Incluso puedo predecir que la simple escritura de este artículo me provocará un mal sueño esta noche. Como si lo viera: antes de dormirme, miraré debajo de la cama y no se me ocurrirá sacar los pies de debajo del edredón. Y cuando me despierte de la pesadilla segura que me espera sentiré, aunque sea de manera casi imperceptible, que la cama se mueve un poco. Hasta que caiga en la cuenta de que no es el demonio quien la mueve sino mi marido que se ha dado la vuelta. Y le dé gracias a la vida, que me ha dado tanto.

Deja un comentario