Lincoln en el altar

Lincoln

Por Jesús Ceberio y Ángeles García

La guerra civil americana (1861-1865) ha nutrido desde los inicios del cine mudo un extenso catálogo de Hollywood, con cintas tan memorables como “Lo que el viento se llevó”, “El maquinista de la general”, “El nacimiento de una nación”, “Jezabel”, “Murieron con las botas puestas”, “Misión de audaces”, “Camino de Santa Fe”… Así hasta sumar más de 50 títulos de muy diversos géneros (guerra, melodrama, western, comedia) firmados por directores de la talla de William Wyler, John Ford, Michael Curtiz, D. W. Griffith, Buster Keaton, George Cukor, Victor Fleming, Raoul Walsh, John Huston, Clint Eastwood. Steven Spielberg acaba de inscribir su nombre en esa nómina ilustre con Lincoln, una cinta centrada en sus últimos cuatro meses de vida y en la batalla política que dio para abolir la esclavitud. 

No se trata de un film bélico. Apenas un puñado de secuencias registran a distancia el fragor de una guerra que causó más de 600.000 muertos, un tercio de ellos en los campos de batalla. Frente a la mirada ambigua de bastantes directores que reflejaron con melancolía la destrucción de un mundo de patricios blancos y esclavos negros, Spielberg no tiene ninguna duda sobre quién es el bueno de la película. Y dedica este film a la mayor gloria de un presidente que lideró a la Unión en el momento más crítico de su historia, que derrotó militarmente a los confederados secesionistas y que goza hoy del reconocimiento casi unánime de sus compatriotas entre otras cosas por su contribución a abolir la esclavitud. Así lo demuestran los sondeos de opinión que desde hace medio siglo lo consagran como el presidente más apreciado por los norteamericanos, sólo ocasionalmente superado por George Washington o Franklin D. Roosevelt. Spielberg reconoce que admira a Lincoln desde que con cuatro o cinco años sus padres lo llevaron a visitar el Lincoln Memorial, un templo dórico en el extremo oeste del Moll de Washington DC. La tremenda estatua sedente, de seis metros de altura, sobrecogió a aquel niño que sin embargo no ha olvidado la seguridad que le inspiró su rostro. Daniel Day-Lewis ha recreado el Lincoln físicamente más creíble de toda la historia del cine por el porte, la estatura, el timbre de su voz, la caracterización facial y su halo de autoridad. Es probable que algunos hechos narrados en el film no resistan una rigurosa verificación histórica, pero nadie podrá discutir la verosimilitud del personaje que encarna Day-Lewis. La película está basada en la obra “Team of rivals: the political genius of Abraham Lincoln”, casi 900 páginas firmadas por la historiadora Doris Kearns Goodwin. Spielberg compró sus derechos antes de que se publicase en 2006, sin conocer su contenido, cuando coincidió con la autora en un proyecto patrocinado por la CBS sobre los presidentes del siglo XX. Kearns Goodwin es una especialista en historias de presidentes (Roosevelt, Johnson, Lincoln), que se vio envuelta hace poco más de diez años en una agria polémica de plagio a raíz de un libro sobre las familias Kennedy-Fitzgerald, dos sagas irlandesas que se cruzaron en Nueva Inglaterra para dar origen a la familia políticamente más influyente de Estados Unidos. Al parecer, la historiadora, que ostenta un premio Pulitzer, no fue lo bastante rigurosa en sus citas.

El Partido Republicano, recién creado sobre las cenizas del partido Whig, representaba en la época al sector más progresista de la sociedad americana

La obra original abarca los cuatro años de presidencia de Lincoln. Sobre ellos el guionista Tony Kushner escribió un libreto de más de 500 páginas, imposible de encajar en el metraje de una película. Spielberg seleccionó al fin 70 páginas que versan sobre la batalla política que dio Abraham Lincoln en la Cámara de Representantes, durante los últimos meses de su vida, para aprobar la Décimotercera Enmienda que abolía la esclavitud. Algunos historiadores han reprochado a Lincoln que con esta encarnizada pelea parlamentaria prolongó la guerra varios meses, con un coste innecesario en vidas humanas puesto que la victoria republicana en las elecciones de noviembre de 1864 ya le garantizaba la aprobación de la enmienda en el siguiente periodo de  sesiones. Sus defensores sostienen que el presidente buscaba el apoyo de sus oponentes demócratas para acentuar el carácter interpartidario e irreversible de la enmienda constitucional. Y esta peripecia política es la que narra el film con características de thriller político,  no exento de suspense. Con una recreación ambiental impecable, llevada a cabo en Richmond (Virginia), en su día capital de los rebeldes confederados, la acción transcurre básicamente en el Capitolio. Lincoln se muestra decidido a recurrir a su inmenso poder como presidente de los Estados Unidos de América, sin renunciar al soborno o a la asignación venal de cargos públicos. Se nos presenta no como un hombre puro, sino como un político pragmático capaz de corromper a sus oponentes para ganar una batalla política perdurable. El 31 de enero de 1865 la misma Cámara que había rechazado la enmienda un año antes la aprobaba por 119 votos contra 56. El Partido Republicano, recién creado sobre las cenizas del partido Whig, representaba en la época al sector más progresista de la sociedad americana, frente a un Partido Demócrata asociado a los grandes terratenientes que necesitaban esclavos para mantener sus cultivos de algodón y tabaco. Lincoln era un antiesclavista moderado, convencido de que la emancipación sería inevitable en el futuro, pero dispuesto a admitir que cada Estado legislara sobre la materia. Su máxima preocupación era impedir que el conflicto sobre la esclavitud provocara la ruptura de la Unión. En una carta enviada en agosto de 1862 a Horace Greely, editor del New York Tribune, confesaba que su único objetivo era mantener la Unión y que para ello estaba dispuesto tanto a abolir la esclavitud como a convivir con ella.

Spielberg reconoce que admira a Lincoln desde que con cuatro o cinco años sus padres lo llevaron a visitar el Lincoln Memorial, un templo dórico en el extremo oeste del Mall de Washington DC.

Aparte de algunas invocaciones a las Sagradas Escrituras que un agnóstico confeso como Lincoln no vacilaba en utilizar, el guionista pone en labios de Lincoln una cita de la primera noción común de Euclides para defender sus tesis emancipadoras: “Las cosas que son iguales a una misma cosa son iguales entre sí”. Pero más allá de los principios morales el debate estaba íntimamente vinculado a dos modelos económicos contradictorios: el norte antiesclavista defendía un modelo proteccionista, que permitiera una rápida industrialización al amparo de fuertes aranceles; el sur esclavista necesitaba por su lado un régimen de librecambio para favorecer sus exportaciones a Europa y la compra de productos sin gravámenes en el mercado internacional. La masiva liberación de esclavos podía encarecer el coste de la mano de obra en el sur, pero los trabajadores industriales del norte temían que la competencia de los libertos (había unos cuatro millones de esclavos censados) arruinara sus demandas de mejoras salariales o de horarios.

En 1860 la mitad de los Estados de la Unión mantenían leyes que defendían la esclavitud y establecían severas penas para los esclavos fugitivos y sus protectores. En este clima de polarización Abraham Lincoln, candidato del Partido Republicano, ganó las elecciones presidenciales con el 39% del voto popular gracias a la división de los demócratas, que presentaron dos candidatos. Lincoln se garantizó una cómoda mayoría en el colegio electoral a pesar de no haber ganado ningún estado del sur. Antes de su toma de posesión siete estados sureños (Carolina del Sur, Mississippi, Florida, Alabama, Georgia, Louisiana y Texas) proclamaron el 4 de febrero de 1861 la secesión de los Estados Confederados, proclamando presidente a Jefferson Davis. El titular de la Casa Blanca, el demócrata James Buchanan, declaró ilegal el pronunciamiento pero añadió que nada podía hacer para impedirlo. La respuesta militar de Lincoln al desafío secesionista hizo que otros cuatro Estados (Virginia, Arkansas, Tennessee y Carolina del Norte) se sumaran al bando rebelde. La diferencia de recursos humanos (22 millones en el norte frente a 9 en el sur) y económicos era tan manifiesta que nunca estuvo en riesgo la victoria de la Unión. Algunos historiadores reprochan a Lincoln haber prolongado innecesariamente la guerra. Las exposiciones fotográficas que conmemoran aquellos hechos son una muestra elocuente del  coste devastador que tuvo el mantenimiento de la Unión. El próximo mes de julio se conmemoran 150 años de la batalla de Gettysburg, un hito en la memoria colectiva de Estados Unidos, no solo por los 8.000 muertos que sembraron sus campos, sino por el discurso que meses más tarde pronunció Lincoln al inaugurar el cementerio y cuyo texto se recuerda para siempre en tipografía de piedra en el Memorial de Washington: “Hace ocho décadas y siete años nuestros padres hicieron nacer en este continente una nueva nación concebida en la libertad y consagrada al principio de que todas las personas son creadas iguales. Ahora estamos empeñados en una gran guerra civil que pone a prueba si esta nación, o cualquier nación así concebida y así consagrada,  puede perdurar en el tiempo (…) El mundo  no recordará por mucho tiempo lo que aquí digamos, pero nunca podrá olvidar lo que ellos hicieron aquí (…) Resolvamos aquí firmemente que estos muertos no habrán dado su vida en vano. Que esta nación, Dios mediante, tendrá un nuevo nacimiento de libertad. Y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparecerá de la Tierra”. 

Mapa político de los Estados Unidos de América de Reynolds (1850)

Mapa político de los Estados Unidos de América de Reynolds (1850)

Por encima de territorios y de lenguas, la patria es ante todo una emoción compartida que se construye casi siempre sobre unos antepasados que dieron la vida por un proyecto de convivencia. La invención de las naciones exige un relato épico que poder invocar cuando suenan clarines de guerra, sin que importe demasiado el rigor histórico. Algunas naciones han fabricado su identidad sobre la memoria de grandes derrotas, pero la mayoría prefiere recordar sus momentos de gloria. En el caso de Estados  Unidos la primera oleada de héroes nacionales surge de la guerra de independencia contra Gran Bretaña que lideró George Washington, el padre de la patria por antonomasia, pero Lincoln le supera en el aprecio de sus compatriotas porque supo preservar la unidad en tiempos de zozobra. Con su última película Spielberg ha contribuido a construir el altar de la patria americana a Abraham Lincoln.

Los pioneros del fotoperiodismo

Los fotógrafos que documentaron la Guerra de Secesión 

Photography and the American Civil War April 2–September 2, 2013 (Metropolitan de Nueva York)

Las escenas más terribles de las guerras, sus protagonistas y sus efectos vistos en primer plano siguen siendo para muchos el mejor arma para la paz. Las formas de guerra y su forma de documentarla han ido cambiando con el tiempo, pero pese a todo lo visto, no hemos llegado a la saturación. Los soportes y la manera de dar a conocer esas imágenes han cambiado con el tiempo. De manera simultánea a lo que  va ocurriendo, es posible ahora ver en twitter los efectos del último bombazo, si es que la censura no se ocupa de barrer las señales. Todo se transforma, pero las guerras siguen y sea cual sea la forma de transmisión, la fotografía de guerra sigue más viva que nunca. La guerra civil española fue un escenario de muerte en el que los fotógrafos de todo el mundo dieron lo mejor de sí mismos (la propia vida, muchas veces) para retratar los padecimientos de la población civil y las batallas en los improvisados frentes ( Robert Capa, Gerda Taro, David Seymour…). La simpatía que las ideas republicanas y un cierto romanticismo lograron que intelectuales progresistas consideraran esta guerra algo propio. Todo el siglo XX ha sido, en realidad, un complejo escenario en el que, lamentablemente, los fotógrafos han tenido mucho que contar al mundo. Esos documentos filmados han sido y siguen siendo valiosísimos para ajustar la narración de la historia y avisar al mundo de los desmanes contra la población civil. Echando la vista atrás, es difícil arrancar de nuestra memoria imágenes como la de los niños corriendo aterrorizados en junio 1972 mientras eran bombardeados con napalm en Trang Bang e inmortalizada por el corresponsal de guerra Nick Ut. Tampoco podremos olvidar nunca la crueldad extrema capturada por Eddie Adams en la fotografía en la que se ve el al  jefe de policía de Saigon, disparando a sangre fría a un guerrillero  del Vietcong con  las manos atadas a la espalda. Un tercer ejemplo de insuperable tristeza no muestra armas de ninguna clase. La imagen fue obtenida durante la ocupación estadounidense de Japón, pese a que el ejército norteamericano tenía totalmente prohibido sacar fotografías.

Capitán Charles A. y sargento John M. Hawkins, compañía E, 38th Regimiento Georgia Volunteer Infantry, 1861-62 © The Metropolitan Museum of Art, New York

Capitán Charles A. y sargento John M. Hawkins, compañía E, 38th Regimiento Georgia Volunteer Infantry, 1861-62 © The Metropolitan Museum of Art, New York

Fue precisamente  un militar, Joe O´Donnell, quien desobedeció primero y difundió después una de las pruebas más tremendas de los efectos de las bombas nucleares lanzadas sobre Nagasaki: un niño muy pequeño camina cargando  a la espalda a su hermanito muerto rumbo al improvisado crematorio en el que la pira se va tragando a los escolares quemados durante unos instantes mientras daban clase.Pero si hay un conflicto que marca un antes y un después en la fotografía bélica, ese es la Guerra de Secesión de los Estados Unidos de América del Norte. La guerra se saldó con 8 millones de muertos a lo largo de cuatro años, entre 1861 y 1865. Con Abraham Lincoln como presidente, el país resultante emergió a una sociedad  sin esclavos, con un nuevo orden en las relaciones económicas y sociales y con una preeminencia total sobre el mundo. El país entero, norte y sur, se desangró en el enfrentamiento y pese al tiempo transcurrido el dolor sufrido a lo largo y ancho del país sigue inspirado centenares de libros y películas. Hasta entonces, los testimonios visuales de las guerras estaban en manos de los artistas que dominaban de manera rápida el dibujo o el grabado (No olvidar las obras de Goya sobre la Guerra de la Independencia española). Conscientes de la propaganda que podía suponer la difusión de las fotografías de los héroes participantes, ambos bandos movilizaron a todos los fotógrafos que pudieron para utilizar sus trabajos en beneficio propio y para dejar a las familias un recuerdo vivo de sus hijos, novios o parientes, según se lee en los recortes de periódicos de aquellos años. Conmueve contemplar  la sucesión de retratos de adolescentes casi niños que miran a cámara luciendo su mejor sonrisa. Son fotos tomadas en las vísperas del viaje al frente. Vienen luego retratos colectivos de aquellos jóvenes hombres en los campamentos en actitudes cotidianas como el almuerzo, el aseo o el reposo con un cigarrillo en una mano y una bebida en la otra. Algunos ríen y otros tienen la mirada perdida.

La guerra se saldó con 8 millones de muertos entre 1861 y 1865. Con Abraham Lincoln como presidente, el país resultante emergió a una sociedad  sin esclavos, con un nuevo orden en las relaciones económicas y sociales y con una preeminencia total sobre el mundo.

El bosque documental se vuelve mucho más amargo cuando el espectador se adentra en los espacios dedicados a los partes de guerra con los informes hospitalarios. Cada caso lleva escrito (a máquina o a mano) los motivos por los que ingresa el soldado. Se incluye una fotografía del herido Los casos son terribles. Se ven trozos de brazos o piernas colgando de cuerpos que no han acabado de crecer, rostros destrozados por las heridas, ojos que acaban de saltar de sus cuencas…. Los desastres de la guerra personalizados con todos los detalles posibles. Algunos de los autores de estos trabajos acabaron siendo conocidos, aunque la mayor parte ejerció su oficio de manera anónima. Uno de los más populares, con espacio propio en la exposición, fue Mathew Brady (1823-1896), quien se colgó la medalla de ser el que más profusamente había retratado el horror, aunque, según se cuenta en la exposición, Brady tuvo la ocurrencia de contratar a cientos de ayudantes que cubrieron el conflicto en las batallas que se desarrollaban tanto en el norte como en el sur. El día a día estuvo perfectamente documentado, aunque no esté claro cual fue exactamente su autoría directa.La exposición acaba con una apoteosis del presidente Lincoln retratado entre las tropas,  paseando solitario, animando a los soldados. Todo un recital de gestos que sirve para comprobar la genial interpretación que hace Daniel Day Lewis en la película de Spielberg. Un calco perfecto del presidente que abolió la esclavitud. Cartier Bresson, el genial creador de la agencia Magnum, decía que que para que una fotografía fuera buena, solo había que estar lo bastante cerca.  Los fotorreporteros de la Guerra de Secesión hubieran conseguido su aprobación. Armados con sus cámaras ganaron su propia batalla: la de contar la verdad.

Texto publicado originalmente en 2013

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