Le cinéfils

François Truffaut en la promoción de “Besos robados”, 1968 © Pierre Zucca.

Francia inventó el cine dos veces. A la salida de la fábrica Lumière en 1895, y seis décadas más tarde, con Cahiers du cinéma, cuando los críticos de esa publicación tomaron la cámara, entre ellos François Truffaut, de cuya muerte se cumplen 30 años.

Por Laura del Moral

Hablar sobre la naturaleza autobiográfica de gran parte del trabajo de Francois Truffaut ha sido durante mucho tiempo un lugar común crítico. Su interés en la infancia y la juventud va más allá de lo autobiográfico y aunque el número de sus películas donde los niños dominan es relativamente reducido, el mundo de la infancia parece en ellas un medio natural, el lugar de su corazón. Pero Truffaut afirmó que el impulso central de Los 400 golpes no fue la fidelidad a su propia vida. Sus películas son fundamentales para un estudio de la infancia en el cine y la literatura, podemos compararla así con la búsqueda de la expresión infantil y natural en la comedia La Pandilla (Little Rascals) creada por Hal Roach en la década de 1930, y la inspiración que supuso para Truffaut el film de Jean de Vigo 1933 Cero en conducta (Zéro de conduite).

Autodidacta, Truffaut (1932-1984) abandonó la escuela para ir al cine o, mejor, hizo del cine una escuela. “El cine le salvó la vida“, señalaba el director de la Cinemateca francesa, Serge Toubiana, antes de abundar bajo el “refugio” de los cine-clubs del parisiense y el popular Pigalle de la Ocupación. Un universo mítico que respira en una muestra que, por primera vez, exhibe la Cinemateca francesa desde el pasado octubre; el archivo personal del director, crítico y guionista francés, legado por la familia tras su desaparición.

Truffaut fue un niño que frecuentaba la Cinemateca del legendario Henri Langlois, bajo la fascinación por las imágenes que prolongó su intensa actividad lectora. Bajo el epígrafe de la ‘Nouvelle Vague‘, la cinefilia de Truffaut fue una suerte de orfandad, según la bellísima expresión del crítico Serge Daney, que trastocó las sílabas -del ‘cinéphile’ al ‘ciné-fils’- y transformó al cinéfilo en un hijo del cine.

“El joven Truffaut amaba los libros, la lectura era lo único que su madre toleraba”, revela Toubianae. Fue un hombre que se enamoró del cine en una biblioteca y cuya obra, de Henry James a Ray Bradbury, nace en un relato impreso. Inundada de misivas, diarios y novelas, su filmografía entabla un diálogo “físico, casi carnal” con lo novelesco. Literatura e infancia, dos “motivos permanentes” a partir de los cuales Truffaut levantó una obra que, regularmente, de El pequeño salvaje (L’Enfant sauvage, 1970) a La piel dura (L’argent de poche,1976) reivindicaba las aulas como escenario fundamental.

Para Truffaut era una cuestión de amor o sencillamente no era. Llegó a decir que el cine “importaba más que la vida“, una biografía que materializó en su ‘alter ego’, Jean-Pierre Léaud, y la saga de su personaje Antoine Doinel, su particular aritmética del amor: “El joven que madura, que se resiste a integrarse en la sociedad y tropieza con un primer romance”. Antoine Doinel, al que siempre dio vida el actor Jean-Pierre Léaud, apareció por primera en la película de Truffaut Los 400 golpes (Les quatre cents coups, 1959) y fue apareciendo en varias películas hasta El amor en fuga (L’amour en fuite, 1979).

A finales de los cincuenta y bajo la protección de André Bazin, y al lado de los críticos y más tardes cineastas Rivette, Godard o Rohmer, se inició en el medio a través de la crítica en prestigiosas publicaciones especializadas como Cahiers du Cinéma y Arts. Hablaba de cine, sobre el papel, para fundar la figura del autor. Uno de sus más combativos artículos, «Una cierta tendencia del cine francés» (1954), levantó una gran polémica por lo que significaba de crítica hacia el estamento cinematográfico de su país. A raíz de él, se planteó el salto a la dirección cinematográfica con el propósito de abrir una nueva vía de expresión, más realista y libre de los defectos y concesiones que él denunciaba, como el culto a las estrellas. Truffaut, que estrenó Los cuatrocientos golpes en Cannes en 1959, solo fue el primero en rodar después de escribir.

La citada Los cuatrocientos golpes supuso, no sólo su debut detrás de la cámara en un largometraje, sino también uno de los primeros ejemplos acabados de la llamada Nouvelle vague. A este filme le siguieron otras, algunas protagonizadas por Jean-Pierre Léaud: El amor a los veinte años (L’amour à vingt ans, 1962), Besos robados (Baisers volés, 1968), Domicilio conyugal (Domicile conjugal, 1970), Las dos inglesas y el amor (Les deux anglaises et le continent. 1971), La noche americana (La nuit américaine, 1973) y El amor en fuga (L’Amour en fuite, 1979). La gran mayoría de estos títulos fueron producidos por el mismo Truffaut, quien también colaboraba en la redacción de los guiones y como actor. En esta última faceta es destacable su intervención en el filme de Steven Spielberg Encuentros en la tercera fase. Es autor, asimismo, del libro de entrevistas a Alfred Hitchcock El cine según Hitchcock.

Con El amor a los veinte años (1962), Truffaut empieza a tejer una serie de películas unidas entre sí, en una especie de evocación a menor escala de las novelas La comedia humana de Balzac y Los Rougon-Macquart de Émile Zola, las cuales se reafirman a distintos niveles. Ya en Los cuatrocientos golpes demuestra tener una gran maestria en el uso de la estructura narrativa.

Con Besos Robados, lejos de buscar el dogmatismo tan típico en los artistas de aquellos convulsos años, el director francés realizó una película tan anacrónica como el propio protagonista de toda la serie, tercera película del ciclo Doinel, y reflejo vivo de todo lo realizado por el cineasta hasta ese momento, así como la confirmación del amor como eje vertebrador del relato.

Truffaut amaba la nostalgia, e incluso en una comedia como en principio es Besos Robados, la alegría quedará impregnada de melancolía. Todo encaja con el clima que Truffaut trata de insuflar a la película: un tono adolescente de inconsciencia, de besos furtivos, de vertiginosos amoríos… Un tiempo en que la vida parece ir por delante de nosotros mismos con un vigor incombustible, una energía que se alimenta de la calle, y una naturalidad que se va perdiendo con los años. Tiempo habrá para la rutina, las desilusiones y las rupturas. Ahora es el momento de las ilusiones, la incertidumbre, o lo que es lo mismo, la esperanza que nos genera todo amor cuando aparece ante nosotros. En esta comedia de costumbre muy al estilo de René Clair o de Renoir, Truffaut nos muestra el París de Doinel, que no es otro que el suyo propio. Doinel no encaja en una existencia, la de los adultos, en la que no se termina de integrar, y será esta inadaptación la que le lleve al refugio de los besos. Besos que roba, o que compra, y que a su vez le son robados. Besos Robados se convierte así en una defensa de esa época de la vida en que se descubre el deseo de vivir porque se descubre el deseo de amar.

Jean-Pierre Léaud y François Truffaut en el rodaje de “Domicilio Conyugal” (1970). Succession Pierre Zucca

En Domicilio Conyugal vemos un alejamiento del director respecto al protagonista. De alguna forma, y pese a que seguirá habiendo algunos detalles autobiográficos, Doinel se emancipa de su creador, y ahora sí, tiene que responder ante la vida como un ser adulto y maduro. En este film el espejo en el que se mira Truffaut es definitivamente la comedia, y más concretamente la clásica americana de Capra, Cukor o Lusbitsch. En esta película todo tiene un aire alocado. Los diálogos rápidos, y las entradas y salidas de personajes serán esenciales para reforzar ese aire cómico. Doinel, el joven rebelde, definitivamente se ha acomodado, e incluso podemos decir que está ciertamente aburguesado. A pesar de ello, nos invade con su simpatía, así como con su extraño vitalismo, y sentimos más cariño que otra cosa ante ese niño-adulto que con su inmadurez e inseguridades no puede terminar de integrarse en la sociedad, acciones propias de un soñador al que aún le quedan grandes dosis de inocencia.

En definitiva, cinéfilo ante todo, François Truffaut fue también un revolucionario de la crítica, que contagiaba a sus lectores el amor por el cine y supo expresar su particular visión del mundo en sus películas como director, siempre pobladas de personajes que reproducían su pasión por el cine, el arte, la literatura, la vida. “¿Qué es un director de cine? Un hombre que responde a preguntas de todo tipo. Algunas veces, conoce las respuestas”, decía él mismo sobre su profesión, en uno de los diálogos del personaje que interpretó, el director de cine de La noche americana.

*A los que no puedan acercarse a la exposición, les recomendamos esta web que ha preparado la Cinemateca francesa: “Truffaut por Truffaut“.

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