Las grietas de la ternura

EnUnPatio1

Crítica

En un patio de París (2013), de Pierre Salvadori

Por Manuela Partearroyo

Hace poco hablaba con algún amigo sobre lo interesante que es ese cine donde un único espacio simbólico, aislado del mundo que lo rodea, acoge todo lo que precisa la cinta y se regodea en los diálogos, los encuentros y las conversaciones de sus personajes alrededor de mesas de celebración, reuniones neoyorquinas o patios de vecinos. En esto, el cine de habla francesa tiene máster y doctorado, sobre todo con Éric Rohmer, que ha hecho del psicoanalizar a los miembros de una conversación todo un arte. Esta cinta, dirigida por Pierre Salvadori, se propone recuperar algo del alma de estas obras, sobre todo en su cariz coral, abierto y, digámoslo también, algo cotilla, para construir una fábula sobre la bondad en tiempos (y actitudes) de supervivencia.

Antoine (Gustave Kervern) es un tipo triste, bloqueado y solitario que un buen día se larga (literalmente) de su vida como músico y encuentra un trabajo de portero de un vecindario lleno de personajes que no están mucho mejor que él. Para que Antoine, un drogadicto insomne incapaz de comunicarse nos parezca el más cuerdo, debemos rodearnos de una activista en crisis (Catherine Deneuve), un polizón intruso y sectario (Oleg Kupchik), un marido inquieto (Féodor Atkine), un ex-futbolista yonqui (Pio Marmaï) y un aprensivo plasta (Nicolas Bouchaud). La historia de Antoine y sus pequeños y grandes problemas cotidianos serán el único argumento. Nada más resulta necesario.

En un patio de París afronta el difícil tema de la depresión y sus postrimerías, sus adyacentes, sus derramas vecinales y sus grietas, pero lo hace eligiendo un tono luminoso que recuerda a la ternura de las mejores comedias del cine francés y también, a veces, a su ingenuidad. Un tono acertadísimo por momentos y extraño en otros, que por lo pronto nos deja algo perplejos ante tanta tragedia de la que reírse (y también conmoverse).

Sorprende el papel medido y convincente de una casi siempre demasiado encorsetada Catherine Deneuve, que cambia la frialdad y los Chaneles por los tics, la fragilidad y el insomnio de una Mathilde que parece estar destinada a ser la autoparodia de su Carol de Repulsión (Roman Polanski, 1967). La Deneuve saca su lado más crédulo y tierno como perfecto contrapunto de Antoine, como una mujer activa y vital que está deseando salir de las grietas de su vida. Y digo grietas pues son ellas unas insospechadas protagonistas: Mathilde se obsesiona al verlas en su pasillo y, a pesar de ser tranquilizada por unos expertos, emprende toda una lucha absurda contra el barrio que incide en su ya galopante depresión. Antoine trata de ayudar a Mathilde, y pronto se establece una hermosa simbiosis entre los dos personajes y sus incapacidades de cumplir con la cotidianidad.

Siendo los diálogos y la inteligencia de las actuaciones los pilares fundamentales de este patio de París, que es todo un mundo, nos hacemos cargo, tal vez, de eso que decía Blanche Dubois, de que siempre nos ha gustado creer en la bondad de los desconocidos, o del portero, que siempre está a disposición del vecindario.