Las edades del amor

John Lithgow como “Ben” y Alfred Molina como “George”

Crítica

El amor es extraño (2014), de Ira Sachs

Por Claudia Lorenzo

Con su crudo tratamiento del amor pasional y destructivo en Keep the Lights On, Ira Sachs conquistó al mundo y mostró que una relación es una relación, aquí, en la Conchinchina, sea heterosexual o sea homosexual. En El amor es extraño (Love Is Strange) aprieta el botón de forward y nos cuenta los problemas a los que se enfrenta otro tipo de pareja, una que lleva 39 años junta y que decide contraer matrimonio, propiciando así el despido del trabajo de uno de los miembros y el consecuente exilio del piso que compartían, de precio prohibitivo como casi todo en Nueva York. Estos dos amantes que declararon su cariño ante sus seres más queridos se ven obligados a aceptar la caridad de éstos, que les acogen en sus casas de buen gusto pero que no pueden mantenerles juntos. Es así como cada uno se va a vivir a un hogar mientras buscan un piso más barato, decisión que hace mella en el matrimonio y también en sus conocidos.

El amor es extraño tiene el dudoso honor de haber sido clasificada por la MPAA (Asociación Cinematográfica de Estados Unidos) como una película de categoría R, es decir, que contiene material considerado “para adultos” y que los menores de 17 años han de ir acompañados de un mayor de edad para entrar en la sala. Teniendo en cuenta que es una historia de dos ancianos que lo más que hacen es tumbarse juntos, en pijama, en una cama, y abrazarse y darse un par de besos, que hay un par de tacos sueltos y poco más, y que la violencia no existe, igual que el sexo, sólo queda una razón para explicar la tremenda mojigatería del sistema estadounidense, y es una razón muy triste: el amor narrado es aquel entre Ben (John Lithgow) y George (Alfred Molina). En comparación con el sexo mostrado en Keep the Lights On, Love Is Strange peca de formal y familiar, de historia dulce y tierna que no corre riesgos porque tampoco necesita ir ahí y hacerlo. Que una relación tan normal, tan bien llevada, tan llena de amor y respeto, esté prohibida para los menores sin compañía adulta es inexplicable y puritano, por no decir estúpido.

Molina y Lithgow brillan en la historia como los actores que son, dos intérpretes de peso que aquí tienen dos caramelos en su boca. En el primer caso, George es el más racional de la pareja, el que trabaja en una escuela católica que le echa de su puesto por publicitar su enlace en Facebook, el que recibe el ostracismo profesional y, además, tiene que quedarse en casa de los vecinos más ruidosos. Ben, por su parte, interpretado por un actor que ya era hora que se quitase encima el glorioso pero escalofriante sambenito del asesino Trinity, es el más loco, el artista, el que disfrutó de su juventud, el que se siente de más en casa de su sobrino pero también el que tiene una buena voluntad a prueba de bombas. Sin embargo no sólo impresionan sus interpretaciones por separado, sino la ternura de su química en la gran pantalla, las miradas, los gestos y la confianza depositada en el otro. La ruptura de su rutina, 39 años que sólo logramos imaginar pero nunca llegamos a ver, es una situación tan práctica como absurda es lo que la inicia, y es doloroso ver cómo ellos la sufren y la aguantan.

Si bien Ira Sachs probablemente intentaba contar una historia de amor homosexual pura, honesta, de décadas, como pocas veces hemos visto antes en el cine, también provoca constantes reflexiones sobre el trato que se le da a los ancianos en nuestra sociedad, sobre la sensación permanente de que en algún momento se convierten en una carga, en una presencia a soportar, en vez de una persona sabia de la que aprender. Así, el final agridulce ofrece un homenaje a nuestra tercera edad y al respeto que, a fin de cuentas, les debemos.

Una bonita historia de amor. Espero que muchos menores americanos se hayan colado en las salas para inspirarse en ella.

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