Las dos muertes de James Gandolfini

Por Raúl C. Cancio Fernández

“El cunnilingus y la psiquiatría nos han llevado a esto”.  Tony Soprano a Carmela Soprano

Dicen que James Gandolfini ha fallecido. Lo cierto es que llevaba muerto desde hace muchos años. Concretamente, desde  el 10 de enero de 1999, fecha en que se puso en el aire  The Sopranos, el episodio piloto del clásico de la literatura creado por David Chase y en el que Gandolfini interpretaba el papel de Tony Soprano, rol que desde su inicial crisis de ansiedad con los patos de su piscina, fagocitó absolutamente al intérprete, tanto ex ante como ex post, es decir, solapando al formidable Virgil de Amor a quemarropa (Scott, 1993),  al peculiar agente de la DEA “Woody” Dumas de nuestra Perdita Durango (de la Iglesia, 1997),  al inolvidable Winston Baldry de The Mexican (Verbinski, 2001) o, a partir de 2007, al baranda teniente general Miller de In the Loop (Iannucci, 2009) o al Craig Gilbert de la prodigiosa Cinema Verité (Berman, Pulcini 2011). Otros paradigmas del Método, como Brando, de Niro o Day Lewis, traductores de papeles absolutamente icónicos, si lograron escapar de los potentes campos magnéticos que esos personajes crearon, de manera que Vito Corleone ha podido convivir amigablemente tanto con Stanley Kowalski como con el coronel Kurtz. Asimismo, Travis Bickle no ha sido capaz de oscurecer a Jake La Motta o al Michael que volvió de Vietnam, de la misma manera que ni el mismísimo Abraham Lincoln nos hará olvidar a Christy Brown o a Bill “El Carnicero” Cutting.

Anthony John Soprano no ha tenido sin embargo la misma consideración con la sólida trayectoria cinematográfica de James Gandolfini,  y con la misma implacabilidad con la que dirigía su negocio desde el Bada Bing, ha mediatizado la carrera profesional del hijo del albañil y la cocinera de Westwood, cambiándole la vida para siempre a él y todos nosotros, enseñándonos a descubrir que una película de cine podía durar seis temporadas. HBO se encargaría después de hacernos reír con un negocio de pompas fúnebres; de descubrirnos el tercer mundo en el corazón de Maryland; de devolvernos la pasión por los feriantes y la mitología o de desmentir la decadencia del western. Pero todo ello fue después de la venida de Tony Soprano. Mi fervor por él, no obstante, tiene un origen mucho más prosaico. Casi pudiera describirse como una pasión identitaria. No conozco a nadie con un parecido tan extraordinario a mi padre como cuando Tony salía a recoger cansinamente el Star-Ledger por la mañana, ataviado con su albornoz, camiseta, calzoncillos, los cabellos enmarañados, el rostro somnoliento y las pantuflas en ristre. En segundo lugar, me es imposible no amar a un hombre que lee los fútiles textos de las cajas de cereales durante el desayuno (55’). Absolutamente imposible.

http://www.youtube.com/watch?v=WKp2-6EMbI8

El corazón ha traicionado a James Gandolfini en Italia. No es mal sitio para morir cuando un hombre la amaba tanto y le era tan cercana. De hecho, su padre nació en Borgo Val di Taro, su madre creció en Nápoles y en su casa familiar de Westwood no se hablaba en inglés.  No obstante, su tío Junior (Dominic Chianese) en el capítulo que cerraba la tercera temporada, en una de las secuencias más inolvidables de toda la serie, ya le advirtió sobre lo ingrato del corazón.

Core, core ‘ngrato, 

t’aie pigliato ‘a vita mia, 

tutt’è passato e 

nun’nce pienze chiù

http://www.youtube.com/watch?v=b2C6MhNMMv8

Desde que el maestro Welles nos lanzara el hueso de Rosebud en 1941, nunca un recurso fílmico había generado tanta literatura, debates y conjeturas como el brutal fundido a negro con el que David Chase puso fin a su obra maestra. Esos desconcertantes diez segundos a negro del capítulo “Made in America” han dado pábulo  todo tipo de teorías, inferencias y suposiciones acerca del destino de Tony Soprano. ¿Será tiroteado por el hombre de la cazadora que entra en los aseos? ¿acaso los muchachos de raza negra serían los encargados de ejecutarle? ¿Terminaría él y su familia la cena en Holsten’s sin novedad? Confieso que durante todos estos años he albergado dudas acerca del sentido de ese abrupto final. Con la prematura y desgraciada segunda muerte de James Gandolfini, se han despejado todas mis inquietudes: Tony Soprano vive y vivirá por los siglos de los siglos. Amén. Ya lo decía el tema elegido por él en la juke-box de su mesa: Don’t stop believin’ (…) Oh, the movie never ends, It goes on and on and on and on…

http://www.youtube.com/watch?v=IqpDxCo2vic

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