Las dificultades de El apóstata

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Crítica

El Apóstata (2015), de Federico Veiroj

Por Joan Colás

Como Gonzalo Tamayo, protagonista de El apóstata, el espectador sale de la sala confundido. Sin saber del todo que ha pasado, que ha visto y ni si quiera si le ha gustado. Entró pensando que Tamayo iba a apostatar y ver los problemas que eso suponía y acabó viendo que la historia se extendía más allá de la anécdota.

Como ya hiciera en sus anteriores películas, Federico Veiroj, usa la apostasía como símbolo. La película empieza en la iglesia donde Gonzalo fue bautizado. Allí inicia su camino para apostatar. El tortuoso, costoso y difícil proceso que supone separarse de la Iglesia católica es similar al que sufre el protagonista para separarse de todo su pasado. Una historia medio incestuosa con una prima, unos padres conservadores y una fantasía medio adolescente-pajillera con la vecina de al lado.

Veiroj filma a su protagonista perdido por las calles de Madrid, perdido y en ocasiones superado por las situaciones en las que él se mete medio inconsciente, sin valorar nunca las consecuencias de sus actos. El problema principal no es la afectación que podría suponerse a cualquier cineasta, al contrario, el humor surgido de manera natural sirve para quitarle pretensión a la cinta. Su punto débil es otro muy distinto. La dispersión.

Veiroj filma esos momentos como pequeños fragmentos de vida que en ocasiones resultan inconexos y evita que el espectador empatize con el personaje, porqué cuando parece entender lo que está viviendo, el director corta por lo sano para fijarse en otro de los momentos caóticos de su vida.

Como no, a la crítica de festival de cine de San Sebastián parece encantarle esto y le otorgaron el premio FIPRESCI, pero recordemos que también se la dio a Mad Max: Fury Road, un gran film si no fuera porque se alarga como un chicle. Veiroj se preocupa por su personaje, lo acompaña lánguidamente cuando pasea por la calle, lo sigue con su frustración, le da una entidad y un peso al mensaje que no logra por reiterativo y cargante. Y es entonces cuando el humor de las situaciones se convierten en pretensión del director para aparentar lo contrario y fracasa. Como su protagonista, la falta de decisión acaba por invadir al director que se deja arrastrar por su personaje y por unas historias que nunca logra terminar.