Lágrimas heladas

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Crítica

No llores, vuela (2014), de Claudia Llosa

Por Claudia Lorenzo

(Crítica originalmente publicada en marzo de 2014)

Hay que agradecerle a Jennifer Connelly su prolífica carrera estos últimos meses. Sobre todo porque nos cure cuanto antes del espanto que fue Cuento de invierno. A la espera de lo que resulte ser Noé, en España el Festival de Málaga se inaugura con el tercer filme de la peruana Claudia Llosa, nominada al Óscar a mejor película extranjera en 2010 por La teta asustada.

En No llores, vuela (Aloft), incursión de Llosa en una producción rodada en inglés con actores internacionales (la ya mencionada Connelly, el irlandés Cillian Murphy o la francesa Mélanie Laurent), asistimos a una historia plagada de tragedia y magia de andar por casa, de esa que nos intentan vender los canales más ocultos de la televisión. Aquí, sin embargo, somos testigos del mundo de los curanderos en la helada Canadá, con los personajes rodeados de paisajes gélidos y oníricos, y con el frío ambiental traspasándose a los sentimientos. No existen la autobroma o la incredulidad irónica que todos podemos vocear tras escuchar hablar de temas espirituales, sino que el drama es tan serio, tan melodramático, y a la vez exige tanta credulidad del espectador, que en un determinado punto no necesariamente pierde a la audiencia pero sí la distancia. Connelly interpreta a Nana Kunning, una mujer que vive con su suegro y sus dos hijos y que intenta buscar una solución a la enfermedad terminal del pequeño. Es por esto que el mayor, independiente y taciturno, se siente abandonado y relegado. La narración se interrumpe para avanzar unas décadas, hasta mostrarnos a ese primogénito ya crecido (Cillian Murphy), padre de familia e igualmente solitario, que decide emprender un viaje por el norte del país en busca de su madre, a la que hace años que no ve, junto a una periodista, Jannia (Mélanie Laurent), que tiene algo más que interés profesional en encontrar a Nana.

Es curioso cómo una película imperfecta se apoya, en cambio, en tres pilares básicos que la ayudan a no hundirse. El primero es la tensión latente a lo largo de la trama. Aunque el desarrollo resulta monótono – la contradicción es consciente-, hay una pulsión por debajo de la historia que apela a lo más básico de la especie humana, a esas ganas por saber qué ocurrió en el pasado y cómo han llegado hasta aquí. El segundo pilar es la belleza de sus imágenes. Aunque el público ha determinado muchas veces que si una historia no sostiene un filme es muy difícil que su poesía visual lo haga, el trabajo de Llosa y de su director de fotografía, el canadiense Nicolas Bolduc (Enemy, War Witch), es exageradamente bello e hipnótico, hasta el punto de hacernos pasar minutos contemplando la naturaleza canadiense sin importarnos qué más sucede en el plano.

El tercer pilar son sus intérpretes, el trío protagonista. Jennifer Connelly es una de esas actrices que rescata desastres fílmicos. De hecho, Una mente maravillosa merece la pena recordarse sólo por ella. Aquí, a pesar de encarnar a una mujer introspectiva, sufridora y dura, Connelly le da un toque de compasión y ligereza que salvan a Nana de la trascendencia excesiva. Incluso con ese maquillaje que le encasquetan en la segunda época narrativa (hay que erradicar esta práctica, nunca queda bien), Connelly nos roba el alma. También nos la roba Mélanie Laurent en un papel menos complejo al que llena de luz. Laurent, que compagina su carrera cinematográfica con la musical -ha grabado un disco co-producido por Damien Rice- tiene pendiente de estreno en nuestro país el Enemy de Dennis Villleuve que tantos sentimientos encontrados provocó en San Sebastián. Desde Malditos bastardos a Beginners, su presencia enriquece las obras con las que se topa, y es una Marion Cotillard en potencia.

Pero es el enigmático Cillian Murphy el que cautiva sin razón aparente. Su personaje es el menos agraciado, el más antipático, el que está enfadado con el mundo y el que no da tregua – salvo cuando se encuentra rodeado de críos-. Sin embargo Murphy tiene un carisma inherente a su personalidad que hace que nos enamoremos de su rostro y de su mirada. No es una atracción meramente física, no se corresponde a sus ojos azules o a que se le pueda considerar un galán guapo o no. Cillian Murphy resulta magnético y atrae sin proponérselo.

A pesar de ellos, el drama cojea por su seriedad formal y emocional. No llores, vuela es una película compleja de definir y analizar porque no queda claro qué pretende. Si bien es pausada, no es aburrida, pero también es trágica sin ser emocional. El hielo que invade el entorno, el frío que se escapa de la boca de los personajes, se traslada al ambiente general del filme. La historia, que se llena de caminos predecibles y cojea en alguno de ellos, parece sin embargo un mcguffin apropiado para que seamos testigos de los asombrosos paisajes, las maravillosas localizaciones que rodean el argumento y, sobre todo, el trío que nos lleva de la mano por él, tres intérpretes que siempre merecen la pena.

Tal vez era lo que Llosa se proponía, dejarnos helados.

No llores, vuela, coproducción entre Canadá, Francia e Italia, inauguró el Festival de cine de Málaga de 2014.