La unión y la alegría

PRIDE

Dominic West baila con Imelda Staunton

Crítica

Pride (2014), de Matthew Warchus

Por Claudia Lorenzo

G. K. Chesterton comentaba en su libro Mi visión de Estados Unidos que ésta se basa en dos principios: “”El primer principio es que nadie habría de avergonzarse por pensar que una cosa es divertida porque es extranjera; el segundo es que debería avergonzarse por pensar que es equivocada porque es divertida”. Esta frase, que puede aplicarse a todo y a todos, es más que pertinente en la película que nos ocupa.

Resumida brevemente, Pride es la historia –basada en hechos reales- de un grupo de gais y lesbianas londinenses que se unieron para apoyar a una comunidad minera de Gales durante la huelga de 1984-1985. También es un canto a la lucha, a los derechos humanos, a la amistad, a la unión que hace la fuerza y a la tolerancia. Es todo eso y mucho más pero, sobre todo, es una comedia. Y la diversión comienza con el choque entre dos grupos tan diferentes pero tan iguales como son los mineros del Gales profundo y los jóvenes homosexuales y revolucionarios del Londres de los 80.

Pensar en Pride es pensar en un género muy británico de comedia de la clase obrera que remite a, por ejemplo, Full Monty, la desgarradora historia de un grupo de hombres que se encuentra sin trabajo y que, para sentirse realizados y, sobre todo, ganar algo de dinero, deciden montar un espectáculo de striptease. Sin embargo, nadie ve Full Monty como una historia desgarradora porque es desternillante. Porque la premisa, los personajes y el desarrollo son tan humanos y cómicos como puede ser el día a día de un grupo de personas que ha decidido reírse por no llorar y que, precisamente por tomar esa decisión, son un poquito más felices.

Pride utiliza el “sentimiento full-monty” y lo amplifica. El ansia de los jóvenes, sobre todo de su líder, Mark (Ben Schnetzer, visto en La ladrona de libros), por ayudar a aquellos a quienes la policía intimida en 1984 en lugar de efectuar detenciones en clubes homosexuales de la gran ciudad –como era costumbre hasta ese año- es espontánea, sí, pero también lógica y tremendamente apasionada. Es su determinación y la confianza que el resto del grupo deposita en él lo que mueve la acción desde la capital británica hasta Onllwyn, pequeña aldea galesa que acepta sus donaciones y que les recibe… no exactamente con los brazos abiertos. Es tarea de Dai Donovan (Paddy Considine), portavoz de los mineros de la zona, convencer a sus vecinos de que esos sorprendentes jóvenes son sus nuevos y mejores aliados y, sobre todo, unos amigos potenciales y duraderos.

Crowd-pleaser es el término que se utiliza en inglés para definir un filme, un libro o una obra que gusta a la mayoría, que agrada, que queda bien, que deja un sabor de boca más que rico. Muchas veces se usa con un todo ligeramente peyorativo, en el sentido de que la pieza puede que no sea algo revolucionario o excelente pero, bah, al menos está hecha para gustar.

Pride es un crowd-pleaser, como lo fueron Full Monty, Billy Elliot y tantas otras historias antes. Es un crowd-pleaser maravilloso, sin ninguno de los “peros” que vienen unidos a la palabra. Cumple la loable labor de encantar a la crítica y enamorar al público. Cualquiera que haya estado cerca de una producción cinematográfica sabe que no es tan fácil ser capaz de hacer eso.

PRIDE

Freddie Fox, Ben Schnetzer, Faye Marsay, Joseph Gilgun, Paddy Considine y George MacKay.

Pero además es que Pride ofrece mucho más. Primero, enfrenta a dos generaciones de intérpretes británicos. A un lado, la juventud representada por Schnetzer, George Mackay (visto en Amanece en Edimburgo), Joseph Gilgum (This is England), Faye Marsay (The White Queen) o Freddie Fox (The Riot Club), integrantes del grupo LGSM (Lesbianas y Gais Apoyan a los Mineros, en sus siglas en inglés). Están encabezados por Dominic West, encarnando a Jonathan Blake, uno de los primeros homosexuales diagnosticados con VIH en Gran Bretaña (y que sigue vivo) y Andrew Scott, que interpreta a su pareja Gethin Roberts.

En Onllwyn encontramos a los galeses. Al ya mencionado Considine se unen pesos pesados de la interpretación británica como Imelda Staunton, Menna Trusler o Billy Nighy, y jóvenes como Jessica Gunning, que encarna a Siân James, la primera mujer de Gales que se sentó en el Parlamento británico. La armonía que se establece entre todos los actores, socarrones, divertidos, vulnerables (las miradas de Schnetzer provocan risas y llantos) y poderosos (el descubrimiento de la fuerza interior de Siân James por parte de Gunning está llevado con delicadeza pero con personalidad), hace que el sentimiento de comunidad que intenta trasladar la historia tenga éxito.

Pride “funciona” en dos sentidos, como los de Chesterton. En primer lugar, nos provoca carcajadas la colisión entre el mundo moderno londinense y la cultura minera galesa. El humor funciona así como una forma de que ambos bandos se conozcan e intenten respetarse; no hay más que ver a West bailando música disco con todas las mujeres del pueblo mientras los hombres del lugar, reacios a mover las caderas, le miran envidiosos y curiosos. En segundo lugar, el mensaje profundo que transmite la historia, que lo diferente, lo que nos hace gracia, no es por divertido, equivocado, funciona en ambos sentidos. Los londinenses aprenden de los mineros igual que éstos de los primeros.

La historia nunca huye del drama, de la dura realidad (después de todo, eran los primeros años del SIDA y también el Gobierno de Margaret Thatcher), para fomentar la alegría de la trama, pero es el espíritu de los personajes lo que mantienen el optimismo y la fuerza a lo largo de la película.

La potencia de Pride, el color, la magia de una historia que podía haber sido más sentimental, más histriónica, más tópica, pero que mantiene su personalidad durante todo el metraje, es el homenaje que hace a la lucha, tanto la obrera como por los derechos humanos –y de hecho hace una sibilina pero muy clara crítica a las manifestaciones del Orgullo Gay actuales-. El poder que tiene la comunidad, la gente, ésa a la que el término crowd-pleaser hace referencia, es mucho y muy fuerte. No en vano, tras el apoyo del colectivo homosexual a la lucha minera, el Partido Laborista británico se comprometió a incluir en sus peticiones la igualdad de derechos para la comunidad LGTB.

Proyecto personal de su guionista, Stephen Beresford, la película es tan disfrutable y maravillosa que uno sale de la sala con ganas de enfrentarse a todas las injusticias del mundo, con un grupo tan majo como el del filme si es posible. Y que algo nos provoque este sentimiento hoy en día no es sólo bueno. Es también muy necesario.