La ternura de lo pequeño

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Brendan Gleeson y Taylor Kitsch

Crítica

La gran seducción (2013), de Don McKellan

Por Claudia Lorenzo 

Uno de los problemas de la televisión es que día a día consigue epatarnos con la calidad de multitud de intérpretes que no estarían en nuestra órbita sino fuese por esta susodicha Edad Dorada del género que se convierte poco a poco en Siglo Dorado. Digo problema porque cuando todos esos actores y actrices con capacidad de aguantar un personaje una temporada tras otra, un personaje que ha ido creciendo con ellos, con matices, con reescrituras, con evoluciones e involuciones – muy como el Boyhood de hoy mismo -, cuando toda esa gente, digo, decide dar el “salto” a la gran pantalla no encuentran lo básico, lo que hace que las series triunfen: buenos guiones. Y zasca, se pegan un zambombazo estupendo. Si no que se lo digan a Jennifer Aniston, que estuvo intentando comedia tras comedia aprovechar su talento para la carcajada sin tener en brazos los diálogos que los guionistas de Friends le ponían en la boca. Así, no es que no sepan actuar para otro medio, o que fuesen flor de un día (Aniston estuvo en una serie durante diez años que no conoció bajones), es que simplemente no tienen a su disposición el mismo material que tuvieron anteriormente.

Eso le ocurrió al bueno de Taylor Kitsch, que pasó de la perita en dulce que era su Tim Riggins en Friday Night Lights – qué grandísima serie- a… John Carter, Battleship o Salvajes – que Oliver Stone nos coja confesados-. Y se estrelló un poquito. Tim Riggins, el jugador de fútbol americano guapito de un equipo de instituto de un pueblo de Texas, era, junto con el matrimonio protagonista, el personaje con más jugo de la serie, un tipo que parecía un estereotipo que no era, un guapo que pretendía ser algo más – o menos- que el éxito del equipo. Qué maravilla de trabajo hacía Kitsch con su personaje.

Recientemente tuvimos ocasión de verle hacer algo medianamente decente gracias a The Normal Heart, la adaptación de HBO de la obra de teatro de Larry Kramer sobre los inicios del sida, un guión algo dramático y exagerado que, sin embargo, le ofreció un personaje interesante: el homosexual que lucha por los afectados por la enfermedad pero que se niega a salir del armario, a pesar de la insistencia de su mejor amigo y protagonista, interpretado por Mark Ruffalo. También se ha escuchado que Kitsch puede ser uno de los doscientos mil actores que se rumorean para interpretar la segunda temporada de True Detective. Sería siempre una buena noticia disfrutar de él.

Por lo pronto llega a nuestras pantallas con una película canadiense del año pasado, La gran seducción, remake de un filme también de ese país pero que había sido rodado en francés en 2003. Cuenta la historia de un pueblo otrora pesquero cuyos habitantes sobreviven gracias al subsidio de desempleo que cobran cada semana en una rutina deprimente. El lugar está casi muerto, los jóvenes han huido en su mayoría e incluso el alcalde decide poner pies en polvorosa y escapar a la ciudad. Así Murray French (Brendan Gleeson), uno de los habitantes, decide atraer el interés de una fábrica que busca lugares para construir su nueva planta en la zona. El problema es que la fábrica no puede levantarse en un pueblo que no tenga, entre otras cosas, médico propio. Como lo mejor es empezar por lo pequeño, French decide convencer al recién llegado –por una temporada corta- Dr. Lewis (Kitsch) de que no hay mejor lugar en el mundo que ese puerto. Claro que para ejercer presión sobre el joven, nada mejor que adornarlo todo con unas cuantas mentirijillas.

La gran seducción es, obviamente, una comedia, y tiene éxito en el sentido más básico de la palabra: hace reír. Y además consigue provocar carcajadas, en estos tiempos que corren, sin necesidad de escatología o bromas fáciles. Desconozco cómo es la original, si el remake era necesario o si aporta algo más que buen humor. Pero partiendo de ésta, el producto final es una película, si me permiten la expresión, adorable. Es decir, no cambiará el mundo ni la historia del cine, pero consigue hacernos pasar un buen rato.

Así, Gleeson y Kitsch, en un mano a mano genial, se convierten en compañeros de fatigas. Gleeson, que nunca está de más, se pierde en su personaje y se transforma en un tipo de Terranova impaciente por volver a ser productivo. La frustración que genera el desempleo, aunque llevada con gracia, sigue siendo dolorosa en cualquier parte, y aquí se ve, en los rostros de quienes se acostumbraron a trabajar desde pequeños, la confusión que les causa no tener nada que hacer durante el día. Igualmente Kitsch, que aquí se presupone el estereotipo que salvaba en Friday Night Lights, transmite el vacío que le produce una vida que se considera ideal pero que está tremendamente distanciada de toda interacción social que se precie. El doctor Lewis nos gusta.

La gran seducción no será el filme revolucionario que muchos piden al ir al cine. Pero yo hacía unos meses que no me reía con la felicidad con la que lo hice al verla.