La soledad del sexo

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Crítica

Por Sara Méndez

Nymphomaniac. Volumen 1 (2012), de Lars Von Trier

Después de mucho especular y tras la polémica que el nuevo film de Lars Von Trier (dividido en dos volúmenes debido a la larga duración de la cinta) ha provocado en los últimos meses a causa de las declaraciones de los actores y de la violenta campaña publicitaria, el cineasta danés ha creado, una vez más, una obra magistral, elegante y con esa sensibilidad tan suya que le ha convertido en un director de culto gracias a películas como Rompiendo las olas (1996) o Bailando en la oscuridad (2000).

Acostumbrado a impactarnos con relatos sórdidos sobre personajes rotos emocionalmente, y siempre haciendo una fuerte crítica a la sociedad en la que vivimos, Nymphomaniac sigue de forma dogmática esa línea de trabajo.

Los que esperan ver una película pornográfica saldrán del cine decepcionados, pues el sexo es una parte importante de la película pero no el epicentro de la obra. La película se centra en la vida de Joe, y las escenas de sexo (que son una parte fundamental de su existencia) fluyen con la historia de manera natural y se entremezclan con el vacío emocional que llena a los personajes, que es, al fin y al cabo, de lo que trata el film. La soledad provocada por la imposibilidad de sentir es lo más duro de esta historia que nos va contando la protagonista, a quien da vida su musa, la extraordinaria Charlotte Gainsbourg.

Tras encontrarla tirada en un callejón bajo la lluvia, Seligman (Stellan Skarsgard) acomoda a Joe en su apartamento. Asqueada por sus actos, la joven le relata la historia de su vida y de su adicción al sexo de forma explícita.

Interpretada en la adolescencia por la joven pero sorprendente Stacy Martin, quien hace su entrada en el mundo cinematográfico por la puerta grande, Nymphomaniac es un estudio psicológico de una persona enferma que se castiga por su condición de ninfómana e intenta convencer a su interlocutor de la inmundicia de sus actos.

La brutalidad con que Von Trier nos relata la historia concuerda con su estilo desgarrador, pero el uso de metáforas a lo largo del film la hacen más liviana (al menos esta primera parte) que sus anteriores trabajos. Especialmente bella parece la metáfora que el director hace con la música de Bach, cuando habla de las tres partes que componen una melodía. La manera de plasmar el paralelismo entre la música de Bach y el sexo es, sencillamente, sublime y la elegancia de la secuencia, cautivadora. Así mismo, el uso de gráficos a lo largo del film resulta interesante, pues parece añadirse a la excesiva lógica con la que la protagonista relata los hechos de su vida.

Aunque las escenas de sexo resultan en ocasiones un tanto sórdidas, la belleza del film es indiscutible. La austeridad de la fotografía contrasta con la temática de la película, y esa habitación donde se revelan los secretos de una vida corrompida por la adicción contribuye a la tragedia de la trama. Casi sin quererlo, Lars Von Trier consigue que sintamos verdadera pena por esa mujer apaleada que se martiriza por su incapacidad de sentir empatía por los demás y mucho menos por sí misma.

Hasta ahora hemos visto a esa niña de aspecto dulce que organiza sus días alrededor de sus citas sexuales y que busca, sin sentido, llenar el vacío que la consume desde su más tierna infancia. Ahora parece que falta por llegar lo más duro. Cargado de humillación, tormento y agresividad, el segundo volumen concluirá esta exquisita obra sobre la turbadora búsqueda del amor.

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