La segunda muerte de Truman Capote

La vida es una buena obra de teatro con un tercer acto mal escrito

Truman Capote

Por Raúl C. Cancio Fernández

Cuando un domingo por la tarde la bandeja de entrada de mi buzón de correo parpadea y el mensaje procede de Nueva York me echo a temblar. La última vez que el director de esta revista se puso en contacto conmigo en análogas circunstancias, fue para  pedirme un obituario de James Gandolfini. Hoy tengo que volver a escribir de otro hombre gordo, grande, carismático y sobre todas las cosas, superlativo actor, y lamentablemente no por sus penúltimas y solventes intervenciones en God’s Pocket (Slattery, 2014) o A most wanted man (Corbijn,2014),  en ese rol de secundario usurpador del que nunca quiso desprenderse aun después de alcanzar la gloria como carácter principal, sino porque de nuevo de manera inopinada, nos enteramos esta vez que Philip Seymour Hoffman ha sido encontrado muerto en un apartamento de Manhattan.

El corazón ha traicionado a James Gandolfini en Italia. No es mal sitio para morir cuando un hombre la amaba tanto y le era tan cercana”, escribí hace unos meses en esta misma revista. Si el inolvidable Soprano escondía en su corpachón un corazón mediterráneo, la segunda muerte de Truman Capote le ha sorprendido en el lugar que mejor representa la intrincada y caótica personalidad de Hoffman: la calle Bethune en el neoyorquino barrio de West Village – su domicilio familiar se encuentra una manzana al norte, en Jane St.-, el bohemio rincón de la orilla oeste que escapó del estricto cuadriculado con que se planificó la expansión de la ciudad. Sus calles eran caóticas rutas para caballos que hoy permanecen tan alambicadas como muchas de las magistrales creaciones de Seymour Hoffman. No me extraña que espíritus tan iconoclastas como Julianne Moore –con quien trabajó en tres cintas-, William Defoe o Will Ferrell fuesen vecinos suyos o que se convirtiera en el actor fetiche de otra retorcida alma como la de Paul Thomas Anderson. Pero la vinculación del Village con Philip es muy anterior a su prodigiosa evolución cinematográfica. Con veintidós años – y tras superar una premonitoria crisis adictiva- obtiene un Bachelor of Fine Arts por la Tisch School de la NYU, la entrañable universidad radicada Washington Square, donde además funda la compañía teatral Bullstoi Ensemble, junto al actor Steven Schub y el director  Benneth Miller, que años después le dirigiría en Truman Capote y en Moneyball. Su amor por Nueva York, y particularmente por su vecindario más intelectualmente señalado, es en realidad un amor por el teatro que nunca disimuló “My love for the theater has always been a priority”. Dos años antes de dar su salto definitivo de calidad en Boogie Nights (Thomas, 1997), Hoffman se une a la LAByrinth Theater Company, en la que su talento y su portentoso tono de voz nos deja extraordinarias interpretaciones. Recorrido dramático que se completa en su faceta de director multinominado en los Drama Desk Award. Broadway se rinde ante el Hoffman escénico con True West (2000) primero, con Long Day’s Journey Into Night (2003) después y, recientemente con su portentosa creación del Willy Loman de Arthur Miller en el Ethel Barrymore Theatre, por el que recibió su tercera nominación a los Tonys. Entretanto Hoffman, muy a su pesar, se convertiría en uno de los siete únicos actores que han sido galardonados con los más prestigiosos premios de la industria del cine por la misma interpretación (Oscar, BAFTA, Critics y Golden Globes) por Truman Capote a la vez que nos malacostumbraba a prestarle más atención a él que al rol principal: Tom Cruise (Magnolia), Matt Damon (El talento de Mr Ripley), Jude Law (Cold Mountain), Tom Hanks (La guerra de Charlie Wilson) o George Clooney (Los idus de marzo) fueron indefectiblemente opacados una y otra vez por el fulgor de Hoffman.

En estos días rodaba su tercera participación en la saga de los Juegos del hambre, en la que interpretaba a Plutarch Heavensbee, un personaje, como el propio Hoffman, con personalidades superpuestas: el Vigilante Jefe en los 75º Juegos del hambre  y, secretamente, miembro de una secta que apoyaba a la Revolución. Es difícil adivinar qué clase de  demonios  acechan a un hombre dotado de tan extraordinario talento, de acreditada bonhomía, culturalmente inquieto, amante de la buena mesa, con su vida y la de sus tres hijos sobradamente resuelta, para que la mañana del domingo del Super Bowl en su ciudad,  descubran a este fanático de los Jets con una jeringuilla clavada en el brazo. Qué tristeza.

Philip Seymour Hoffman and John Patrick Shanley the director-writer of “Doubt” are interviewed by New York Times Magazine editor at large, Lynn Hirschberg. 

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