La nota algo desafinada

Pitch1

Crítica

Dando la nota: Aún más alto (2015), de Elizabeth Banks

Por Claudia Lorenzo

Qué pena. De verdad, qué pena. Con lo maravillosa a la hora de abrazar la rareza de cantar en un grupo a capela que era Pitch Perfect. Con lo divertida que era con sus comentadores. Con lo tierna que era homenajeando al mejor John Hughes. Toda la genialidad embotellada de la primera entrega se pierde en esta secuela por una simple razón: en vez de hacerlo mejor, han hecho lo mismo, más veces.

Una cosa está clara. La grandiosa taquilla de Pitch Perfect 2 (sí, elijo activamente no usar el título español) en Estados Unidos no se le debe a la calidad del filme en cuestión –por debajo de su directa competidora el fin de semana, Mad Max: Furia en la carretera-, sino a lo original de la propuesta de hace un par de años. Elizabeth Banks, que nos ha enamorado como Effie Trinket en Los Juegos del Hambre o como la comentarista de la primera entrega, debuta detrás de las cámaras y consigue la mejor taquilla del primer fin de semana en la historia de un director primerizo, lo cual quiere decir que el público, como bien dijo Cate Blanchett, está ansioso por ver historias con protagonistas femeninas. Es una pena que la calidad no sea tan alta como su antecesora. Y es una pena que Banks no pueda hacer mucho por ello, porque todos los problemas se deben al guión escrito por Kay Cannon, creadora de la primera parte y miembro de equipos de guionistas de Rockefeller Plaza y New Girl. Decía Cannon en una entrevista que cuando, a tenor del éxito, le propusieron escribir la secuela, tuvo miedo de no tener nada más que contar. Las tramas subyacentes de Pitch Perfect 2 indican que sí que había algo más que contar. El problema es que, en vez de hacerlo, el objetivo del filme era dar lo mismo, pero más burro.

En este caso saltamos a tres años después del final de la primera. Beca (Anna Kendrick) y todas sus compañeras Bellas están a punto de graduarse, llevan tres años cosechando campeonatos nacionales en el concurso de a capela y son invitadas a actuar en el cumpleaños del Presidente, ni más ni menos que Mr. Obama y Michelle. Y ahí es donde Fat Amy (Rebel Wilson) tiene un momento wrecking-ball, se queda colgando boca abajo y con el vestuario roto, enseñando al público, la nación y el presi sus partes más pudientes. Los chascarrillos provocados por el error hacen que los patrocinadores escapen corriendo del mundo a capela y ese mundo, por tanto, expulsa a las Bellas de las competiciones y las obliga a inmolarse como grupo a no ser que ganen el campeonato mundial, algo que, viendo a los colegas alemanes, parece tan imposible que nadie es capaz de decirle que no a Beca cuando propone ese trato. En el medio andan los Treblemakers, sus antiguos competidores que parece que hoy en día no tienen nada que hacer frente a ellas, una nueva incorporación al grupo, la Emily de Hailee Steinfeld, y una historia de amor entre Fat Amy y Bumper, que vuelve no se sabe muy bien por qué.

Si la primera parte –y perdón por hacer tantas comparaciones entre ambas- resultaba gloriosa era por el hecho de que su protagonista, Beca, pasaba por el mismo proceso que el grupo de a capela, esto es, abrirse al mundo y descubrirse a sí misma. La confrontación entre las Bellas y los Treblemakers era en parte una guerra de sexos pero, debido a las líneas difuminadas entre muchos integrantes de ambas bandas, esa guerra les hacía mejor a todos. Salvando a Bumper, que era de verdad el típico idiota sin nada que hacer, todos los integrantes del grupo “enemigo” tenían características buenas que hacían que la audiencia quisiese pasar tiempo con ellos, aunque no quisiese verles ganar.

En Pitch Perfect 2, los contrincantes, Das Machine Sound, unos alemanes del siglo XXI que aparentemente no saben pronunciar bien el inglés (al contrario que más o menos todos los alemanes que hablan inglés), no cantan y bailan, sino que marchan y gritan, y se asemejan más a un batallón militar que a un grupo coral . Sus actuaciones son mucho menos divertidas que las de los Trebles y sus líderes mucho más estereotípicos y planos. Los antagonistas hacen la mitad de una película, y en este caso no llenan su mitad.

La otra mitad la harían las protagonistas, unas Bellas que aquí se enfrentan a un futuro incierto. Están en el último año de universidad y ninguna, aparte de Beca, parece preocuparse por ello. La historia de la película debería ser esa, pero en cambio el argumento se pierde en nimiedades y secuencias que no hacen que la acción avance nada. Las Bellas parecen perder su “toque” pero eso sólo se hace evidente cuando lo vocalizan. Y es entonces cuando se van de retiro y cuando llegan los mejores momentos, esos en los que el grupo está junto y todas aportan algo.

Sin embargo, en Pitch Perfect 2 estos momentos se ven algo ensombrecidos por culpa de bromas más escatológicas y menos inspiradas que en la anterior. Si bien era divertido ver a Fat Amy reírse de sí misma como defensa ante las carcajadas de las demás, las bromas a costa de Rebel Wilson en esta entrega –y no gracias a Rebel Wilson- cansan a partir de la primera actuación. Igualmente, las carcajadas que provocaban las observaciones de los comentaristas, sobre todo de John Michael Higgins, con sus toques misóginos, homófobos y racistas neutralizados por la Gail de Elizabeth Banks, aquí rozan la ofensa, siendo más constantes pero menos divertidos. Por no hablar de la integrante latina de la Bellas, que sólo abre la boca para soltar tópicos sobre drogas, secuestros e inmigración ilegal.

Donde Pitch Perfect era sutil, su segunda entrega es obvia. Donde Pitch Perfect era irónica, ésta es tosca. Y donde Pitch Perfect era tierna, esta… no lo es. Ni siquiera Hailee Steinfeld sabe muy bien qué hacer con su personaje.

Pitch Perfect 2 sí que ofrece buenos y entretenidos momentos, pero son en su mayoría recuerdos melancólicos de la primera entrega. Disfrutamos con los Trebles, con el novio de Beca –muy relegado en esta entrega-, con la interpretación de Cups –tan buena que, en otro contexto, podría haber sido mucho más impactante- y con la relación de amor-odio entre Fat Amy y Bumper –uno de los mejores intercambios de la original era cuando Bumper le confesaba a Amy “Creo que deberíamos besarnos” y ella respondía “Y yo a veces creo que debería probar M, pero después de un rato se me pasa y pienso: ‘casi mejor que no’”-.

Probablemente guste a mucha gente porque es una película que, como dice mi madre muchas veces, “se deja ver”. El problema es que tenía un listón tan alto, y un argumento potencial –el miedo a salir de la universidad- tan rico, que las promesas se quedan en un globo desinflado. Aun así, Pitch Perfect 2 demuestra que Anna Kendrick es una de las actrices con más personalidad de su generación, que las películas con mujeres venden, que las directoras pueden llevar a un filme al número uno de taquilla igual que los directores –es decir, hacen mucho dinero- y que es refrescante ver historias de amistades femeninas en la gran pantalla. Quien no se contenta es porque no quiere.