La mirada de Hawke

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Crítica

La mujer del quinto (2011), de Pawel Pawlikowski

Por Claudia Lorenzo

En 2011, La mujer del quinto clausuró la 49 edición del Festival Internacional de Cine de Gijón. En 2013, Ida se llevó los premios a mejor actriz, guión, diseño de producción y mejor película del mismo certamen. Ambas están dirigidas por el director polaco Pawel Pawlikowski. Ambas se estrenan en España con semanas de diferencia.

Tom (Ethan Hawke) es un escritor que llega a París para ocuparse de su hija pequeña mientras su mujer trabaja. O eso dice. La verdad es que su exmujer no tiene ningún interés en verle o en que se acerque a la chiquilla. Para eso hay una orden de alejamiento. Por casualidades de la vida, Tom acaba en las afueras de la ciudad, sin posesiones ni dinero, viviendo en una pensión de mala muerte en la que le secuestran el pasaporte y trabajando en una habitación cerrada en la que debe sentarse y mirar a un monitor durante horas. De vez en cuando Tom se acerca al centro de la ciudad del amor para espiar a su hija y charlar con ella, a la vez que comienza una relación sexual con Margit (Kristin Scott-Thomas) una misteriosa mujer que tanto le baña como le masturba en una turbia relación edípica. No contento con esto, también inicia un romance con la camarera de su pensión, esposa del dueño y enamorada de la poesía y de la única novela que Tom ha publicado. La tensión y las preguntas que se mantienen durante la primera hora de la película quedan sin respuesta en una conclusión que oscila entre el barullo y la psicología. Cada espectador deberá decidir aquí si un thriller puede cerrarse con un final ambiguo o si todo lo anterior ha sido una tremenda pérdida de tiempo.

Hay que agradecerle a Pawlikowski su retrato de París. Si bien ver la ciudad plasmada con el amor del extranjero, al estilo de Woody Allen o Richard Linklater, nos recuerda por qué es un lugar tan bello, las calles que pueblan La mujer del quinto, los barrios y los parques, también nos muestran que es una urbe funcional, en donde la gente vive sin estar todo el día pendiente de la Torre Eiffel – protagonista del único instante del filme en el que se recurre a un monumento de la ciudad-. Sin embargo, el farragoso final tira por tierra mucho de lo conseguido anteriormente, sobre todo una interpretación fabulosa a cargo de Hawke. Desde hace años, el actor lleva encarnando como nadie al hombre maduro con alma juvenil en su interior, a veces para mal, como cuando el personaje de Julie Delpy observa en Antes del anochecer que se ha casado con un adolescente americano, y a veces para bien, en esos momentos en los que necesitamos ver que tras la tensión de un personaje, tras sus miedos, amarguras y pesares, se esconde la ilusión de que las cosas pueden mejorar. Aquí Hawke pone esa mirada al servicio de un personaje que se equivoca y que, por la pinta, ha cometido muchos errores pasados, y hace que la audiencia quiera seguirle, a pesar de todo, en su viaje a la búsqueda de una versión mejor de sí mismo.

Scott-Thomas, que parece co-protagonizar la película junto a Hawke, asoma sin embargo más bien poco, y con una caracterización extrañamente dibujada. Tras un diálogo inicial entre los personajes en el que todos estamos dispuestos a arrodillarnos ante la actriz, su Margit se transforma en una caricatura incomprensible, inescrutable hasta el tercer acto, una suerte de presencia que muchas veces sobrevuela el filme y que se adivina esencial en su desenlace, pero que no nos llega a conquistar. La mujer del quinto es una adaptación de una novela de Douglas Kennedy y desconozco si en ella se perfila más la presencia de esta misteriosa señora, o si la atracción que Tom siente se explica mejor. En el filme, a través de unos diálogos que dicen lo que necesitamos saber de Margit de forma demasiado obvia, se ejerce una manipulación tan poco sutil de Tom que es incomprensible que él acuda a ella cuando tiene problemas, y no a la camarera de la pensión, que parece darle mucho más que adulaciones baratas. Tal vez algo que se agradece en muchas películas, su corta duración, va en detrimento de la que nos ocupa, ya que aspectos que necesitarían tomarse con más calma y momentos que deberían respirar y darle tiempo al espectador no lo hacen.

Sin embargo, La mujer del quinto no es una película que pueda descartarse por su fallido tercer acto. En primer lugar, porque habrá gente que esté dispuesta a abrazar esa conclusión y asumir la ambigüedad. En segundo lugar, porque el trabajo de su protagonista y, en menor medida aquí, de su director, resultan siempre interesantes. Y, en tercer lugar, porque siempre merece la pena ver la filmografía anterior de un director que alcanza la gloria. Antes de Ida, de estreno la próxima semana, vayan a ver La mujer del quinto. De momento en el Pequeño Cine Estudio de Madrid y en próximas semanas en nuevas salas.