La gran familia

 

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Crítica

Lazos de sangre (2013), de Guillaume Caunet

Por Claudia Lorenzo

Probablemente lo más doloroso de Lazos de sangre no es que sea un intento fallido de recrear al mejor Sidney Lumet, ni que se estrene poco después de la (mucho más) contenida El año más violento. Lo más doloroso de Lazos de sangre es que su cartel genera tamañas expectativas que el resultado, por largo y, en ocasiones, monótono, da mucha rabia. Tal vez no sea Guillaume Canet un director aún redondo, pero su incursión en el thriller con No se lo digas a nadie y su drama del estilo “amigos de Peter”, Pequeñas mentiras sin importancia, demostraban que en él existía el pulso necesario para mantener la tensión del espectador y la capacidad para motivar a unos actores que, sintiéndose cómodos, daban lo mejor de sí.

Aquí, su primera incursión en el cine norteamericano, se vale de un reparto de ensueño: Clive Owen, Billy Crudup, Marion Cotillard, Zoe Saldana, Mila Kunis, James Caan, Matthias Schoenaerts, Noah Emmerich o Lili Taylor. Si esta ristra de nombres dice algo, además de presumir de calidad interpretativa, es que hay muchas historias y mucha gente con papeles de enjundia en la película. Y si bien muchas tramas parecen ser necesarias en el cierre de la historia, incluso las que casi pasaban desapercibidas, sigue existiendo una sobrecarga de historias en la versión yanqui del filme francés.

Canet, actor en el original galo, Liens de sang, decidió hacer un remake de ese título, apadrinado por el rey del nuevo noir americano, James Gray, para zambullirse de lleno en la cinematografía americana. El filme cuenta la historia de dos hermanos, Chris (Clive Owen), el mayor, delincuente en serie, y Frank (Billy Crudup), el pequeño, policía. Cuando Chris sale de la cárcel tras cumplir condena por asesinato, Frank, a pesar de las dudas y de la relación erosionada que tiene con él, le acoge en casa, le ayuda a buscar trabajo e intenta que rehaga su vida poco a poco. Chris, el rebelde, es el ojito derecho de su padre (James Caan), y por él y su hermana (Lili Taylor) intenta reconducir su camino. Pero el código moral que sigue Chris es complejo y, a pesar de la ayuda que pueda ofrecer su hermano, las circunstancias y su facilidad para enervarse no lo van a poner fácil.

Las historias de hermanos encontrados (y qué le vamos a contar al Lumet de Antes de que el diablo sepa que has muerto) son poderosas porque mezclan lo mejor de la caza entre el ratón y el gato con la tensión emocional que crean los vínculos familiares. Aquí, Crudup y Owen hacen muy bien su trabajo encarnando al truhan pero carismático hermano mayor y al en ocasiones mezquino pero honesto hermano pequeño, respectivamente. El problema es que, incluso cuando están inevitablemente entrelazadas, el desarrollo de sus tramas personales y paralelas no deja de ser pesado. Por un lado, Chris tiene que atender a su exmujer y madre de sus hijos (Marion Cotillard). Por otro lado, se enamora de su compañera de trabajo en el garaje (Mila Kunis), una relación que no parece servir para mucho más que para darle al personaje un interés amoroso. Igualmente, Frank desea retomar un noviazgo con un antiguo ligue (Zoe Saldaña) al que ignoró durante un tiempo temiendo las críticas sociales por salir con una negra. La intensidad con la que persigue este objetivo afectará al nuevo novio de la chica (un amenazador pero siempre interesante Matthias Schoenaerts).

Resulta curioso saber que Cotillard, que trabajó con Schoenaerts en la maravillosa De óxido y hueso, fue la encargada de recomendarle a Canet, su pareja, que le tuviese en cuenta para esta obra coral. Digo curioso porque, como en muchos otros papeles, Schoenaerts se hace cargo de alguien que comienza pasando desapercibido y que, finalmente, se hace muy presente. Mientras tanto, el papel de Cotillard, lleno de garra y actitud en su primera aparición, se difumina a lo largo de la historia y se hace prescindible (y eso que, en este baile de acentos que tiene el filme en su versión original, el de Cotillard, que hace de extranjera en Estados Unidos, es el más creíble).

Los 144 minutos de filme parecen exactamente 144 minutos de filme, una duración que se antoja además innecesaria sabiendo que el original no llegaba a las dos horas. Y la idea, la fotografía del Nueva York ochentero y gris, la contraposición no sólo del bueno y el malo, sino la constatación de que el malo es el favorito, el análisis de ese porqué y la evolución de la relación filial, desde su origen en la niñez hasta su desarrollo actual, son grandes puntos de partida, pero no le hacen justicia a su potencial ni a sus actores.

Un recorte de tramas secundarias innecesarias, las que provocan que la película vaya arrastrando un ritmo que prometía mucho más en su secuencia inicial, haría que la historia central, la que enfrenta a dos formas de ver la vida diferentes pero, en el fondo, muy parecidas, tuviese mucha más fuerza.

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Puedes ver No se lo digas a nadie, de Guillaume Canet, en Filmin.

Puedes ver Pequeñas mentiras sin importancia, de Guillaume Canet, en Filmin.