La exuberante belleza de la tranquilidad

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Crítica

Aguas tranquilas (2014), de Naomi Kawase

Por Claudia Lorenzo

Pocas veces en el cine uno ve imágenes y piensa: “Me gustaría morir así”. Aguas tranquilas tiene una escena en la que un personaje fallece que no es sólo bella, aunque mucho, sino también un canto a la vida, a la familia, a la felicidad y a la paz de las pequeñas cosas.

Naomi Kawase ha filmado una de esas películas en la que “se ve la hierba crecer”. Y sin embargo, pese al ritmo pausado de su narrativa, una sale del cine en un estado mágico, soñador, deseando estar en la isla Amami Oshima, zambulléndonos en el mar, huyendo del mundanal ruido, del frenesí y la locura de la vida moderna. Aguas tranquilas es un filme hecho para que los sentidos disfruten, el alma se emocione y, sobre todo, para que la mente descanse.

Kaito (Nijiro Murakami) es la primera persona que ve el cuerpo muerto de un hombre que se ha ahogado en las orillas de la isla. Su amiga Kyoko (Jun Yoshinaga) cree que él está implicado en el accidente pero decide guardar el secreto porque está enamorada de él y quiere protegerle. Mientras, la madre de Kyoko, Isa (Miyuki Matsuda) regresa a casa tras ser diagnosticada con una enfermedad terminal y Toru (Tetta Sugimoto), su padre, intenta buscar la forma de alegrarle sus últimos días. Día tras día, la vida sigue en Amami Oshima y sus habitantes, miembros de una comunidad entrelazada, intervienen en las vidas del resto.

La paz mezclada con la irrupción del cuerpo y las historias entrelazadas de Kaito, Kyoko y sus familias es lo que mueve un hilo narrativo frágil, más pendiente de la observación y del pequeño detalle que de mantener la trama en lo alto. Así, tanto la muerte inicial como algunas de las cuestiones que su descubrimiento plantea quedan oscurecidas, como un buen McGuffin, por el efecto que tiene en los habitantes de la isla, en especial en Kaito y la relación con su madre, Misaki (Makiko Watanabe).

La naturaleza, retratada en todo su esplendor por Kawase, es otro de los grandes protagonistas de la historia. Tanto los planos marinos, a veces irreales de tan bonitos (esa joven buceando con la ropa puesta), a veces peligrosos (esos tifones), como la presencia de los árboles, de la vegetación, significan algo, unen a los personajes con sus raíces y con su historia. No en vano la tristeza de Kyoko (bellísimamente interpretada por Yoshinaga), su reacción al comprender la inminencia de la muerte de su madre, encuentra tranquilidad en la respuesta que le da la isla, la tierra, el mar, el lugar al que pertenece y con el que vive en comunión. Sin embargo Kaito, de alma torturada, rechaza esa misma naturaleza que no le ha venido dada de nacimiento sino impuesta el día que su madre decidió mudarse con él a la isla. Todo su conflicto con el mundo y lo que les rodea se extiende hasta la historia que a ellos dos más les afecta: el crecimiento de su amor adolescente y la aparición del deseo sexual que tienen pero que sólo Kyoco menciona.

Kawase arriesga en Aguas tranquilas estirando la duración del tiempo, alargando casi la vida misma. El resultado, sin embargo, consigue que el tiempo del espectador también se estire, que la respiración sea más pausada y que el mundo en el exterior de la sala de cine, el ruido, las voces, la tecnología, la algarabía de la modernidad, esperen durante dos horas mientras la vida, en su más lujuriosa, bella y esplendorosa cara, se abre paso en esa pequeña isla japonesa. Por esos momentos de disfrute merece la pena que exista el cine.