La extraña pareja

Philomena2Crítica

Philomena (2013), de Stephen Frears

Por Claudia Lorenzo

2013 ha sido un gran año para el cine. Lo digo yo y lo dice todo el mundo. Este nivel de calidad se agradece según se acerca el otoño, cuando las distribuidoras sacan la artillería pesada y comienzan a inundar los fines de semanas de películas supuestamente candidatas a cualquier premio que se precie, empujándonos a la sala a ver alta calidad demasiado forzada. Semejante estrategia debe ser que funciona, porque la mayoría de los nominados a los Óscar acaban siendo filmes estrenados es el último trimestre del año. Hay años, como el pasado o el anterior, en donde los supuestos productos maestros suponen chasco tras chasco – salvando alguna excepción-, y una acaba la temporada agradeciendo la ola de superhéroes que está por llegar en primavera.

No ha sido el caso esta vez. Aunque en un alarde de ingenio de las distribuidoras, Dallas Buyers Club no se estrena en España hasta dentro de dos semanas, se puede decir que estamos en los últimos estertores de la temporada, unas semanas en las que cada uno va completando las películas que le quedan por ver. Así llegué yo a Philomena, ultima obra de Stephen Frears, protagonizada por Judi Dench y Steve Coogan, y una de las nueve nominadas a mejor película el domingo pasado. La película cuenta la historia de la mujer del título, una anciana irlandesa que ha mantenido en secreto durante cincuenta años el hecho de que de adolescente tuvo un hijo que las monjas le quitaron y dieron en adopción. Ahora, con la ayuda de un periodista, quiere buscarle y saber qué ha sido de su vida.

El argumento de Philomena da tantos giros que es mejor no revelar mucho más que lo anterior. Hay que decir que la historia está inspirada en un hecho real que el susodicho periodista, Martin Sixsmith, fue descubriendo de la mano de su protagonista y que acabó contando en un libro. El guion, escrito por Jeff Pope y  Coogan, el actor que interpreta a Sixmith, obra el milagro de hacer sutil y cómico un asunto que podría resultar tremendamente melodramático – y que bajo el humor que tiene, no deja de serlo-. Sin embargo, el tratamiento que sus guionistas, sus actores y, sobre todo, su director le dan es todo menos telefilmesco. Frears, que con altibajos en su carrera ha demostrado, sin embargo, ser capaz de torear el tono más obvio de sus guiones para devolvernos bocanadas de aire fresco, repite aquí la hazaña lograda con The Queen, y huye del sentimentalismo fácil para ofrecer humanidad y amistad, la historia de dos compañeros de viaje inconcebibles que acaban convirtiéndose en esenciales.

Es imposible salir de ver Philomena sin sentimientos encontrados hacia las instituciones católicas. Mientras que en un lado de la balanza encontramos a la mujer que ejemplifica todo lo bueno que predica la religión, la generosidad de espíritu, el perdón, la autocrítica y el arrepentimiento, el otro lado pesa muchísimo más y muestra todas las injusticias que se han cometido en nombre del cristianismo a lo largo de la historia. El horror es tan inmenso que es posible seguir sentado en la sala minutos después del final de la película sólo rechinando los dientes y clamando al cielo.

Por suerte Judi Dench y Steve Coogan presentan argumentos a favor y en contra con dos interpretaciones bárbaras y totalmente opuestas. Mientras Dench, con un acento irlandés impecable, se convierte en la abuela sonriente a la que todos querríamos llevar a casa a merendar y a que imparta sabiduría y alegría callejera, Coogan es un cínico snob que ve cómo sus prejuicios se desmoronan al conocer a esta señora, sencilla pero con carácter. Su tratamiento inicialmente socarrón y despectivo hacia Philomena se transforma en profundo respeto a medida que la historia avanza, y por eso también crece el respeto de la audiencia hacia él.

Dicen que la buena música es buena porque no se nota, pero la verdad es que la banda sonora de Alexander Desplat merece destacarse por su delicadeza y transparencia. No machaca, pero está ahí, puliendo las escenas. Merece la pena escucharla ya en la soledad del hogar y revivir la historia.

Philomena, como Nebraska, es una de las películas más pequeñas y menos espectaculares que han salido de los Óscar este año. Sin embargo, como Nebraska, es una de las que más merecen la pena. Ojalá todos los años nos encontrásemos con historias tan bien contadas y tan bien interpretadas. Qué digo años, ojalá nos encontrásemos con ella en meses que no fuesen los de la temporada de agasajos. Nuestra vida cinematográfica sería mucho más bonita.