La escena busca la libertad

Un momento de la representación de Cambuyón. Fotografía de Rich Dyson.

Rubén Sánchez, Berta Pons y Raúl Cabrera en Cambuyón. Fotografía de Rich Dyson.

Jóvenes españoles en el Fringe de Edimburgo

Por Claudia Lorenzo

Imagínese una explosión. O, para ser menos belicosos, una piedra lanzada a un lago. Una piedra grande, poderosa. Vea mentalmente cómo los círculos concéntricos se hacen más y más grandes. Observe cómo onda expansiva, originada en un punto concreto, alcanza cada vez más tamaño. Algo similar ha ocurrido con el Fringe desde que, en 1947, ocho grupos de teatro no invitados al recién inaugurado Festival Internacional de Edimburgo decidían montárselo por su cuenta y representar sus obras de forma extraoficial. Al margen. Así se denominó la iniciativa, fringe en inglés. En 1958 se creaba la Sociedad del Festival Fringe, que se comprometía a no elegir quién participaba sino que dejaría entrar a todo aquel que se apuntase. Lo único que pedían era “una historia que contar y un espacio donde hacerlo”. Y hoy en día, además, una tarifa de entrada que oscila entre las 200 y las 300 libras (236-355 euros).

Esa explosión de la que hablábamos la vive la ciudad escocesa todos los veranos, en agosto, cuando lo más variado de las artes escénicas se junta en la ciudad en un conglomerado tal de talento, inspiración y caos que provoca dos reacciones polarmente opuestas: atracción irremediable o hastío infinito. Cabe la posibilidad de que la primera la experimente el visitante ocasional, y la segunda sea más propia de los buenos edimburgueses que ven su tradicional paz rota y sus calles tomadas por hordas de artistas y locos que disfrazan la realidad la mayor parte del tiempo.

La oferta es imposible de abarcar, en un espectro que va desde representaciones organizadas por institutos hasta espectáculos con primeras figuras de la comedia, desde monólogos gratuitos de principiantes hasta elaboradas obras de marionetas, desde una mujer de Arabia Saudí que se ríe de las costumbres de su tierra hasta unos australianos que rondan los veintipocos años y reflexionan sin diálogos sobre el Alzheimer. La inspiración pasa de actor a espectador y cualquier habitante de esa ciudad, aunque sea por unos días, choca de frente con el hecho de que el arte puede cambiar el mundo, y Edimburgo es un gran lugar para empezar a hacerlo.

“Yo no paré desde el 21 de marzo”, decía Carmen García Lorca tras una representación más de su obra The Phantom of the Fringe en el Merchant’s Hall de Edimburgo. Todos los días de agosto a las diez menos cinco. Lo decía ella pero lo podrían haber dicho también Andrea Jiménez, Fiona Clift o Noemí Rodríguez de Teatro en Vilo, Mònica Almirall, Miquel Segovia o Albert Pérez Hidalgo de ATRESBANDES, Manuel Bonillo o Santiago del Hoyo de Vladimir Tzekov, Isabelle Stoffel, o los chicos y chicas de Cambuyón, entre otros.

En 2013, entre los miles de espectáculos disponibles, un puñado de irreductibles españoles, aquellos que siguen creyendo en el poder del teatro a pesar de la situación nacional, se liaron la manta a la cabeza y desembarcaron en Escocia para mostrarle al mundo lo que hacen. Así, entre el manojo de obras encontramos, por ejemplo, Interrupted, la historia de Anabel, española en Londres, trabajadora estresada que ve cómo el control de su vida se le escapa de las manos. O Solfatara, de ATRESBANDES, que cuenta cómo una pareja se ve sometida por sus miedos, con voz y voto propios.

El colectivo Vladimir Tzekov, con Manuel Bonillo y Santiago del Hoyo a la cabeza, interpretó su obra Fantasy nº10 en el mismo espacio que los chicos de Solfatara, el Summerhall, uno de los locales más grandes y más recientes del festival. ATRESBANDES y Vladimir Tzekov se conocieron el año pasado en el festival escénico de Birmingham Be Festival y acabaron girando juntos por Inglaterra representando a lo mejor del Be en 2012.

Carlos Belda, director de escena de Cambuyón, también dirigió y co-produjo, a través de Teatro Tamaska y junto a Theatre sans frontiers, la obra Canary Gold, en la que Josefa Suárez, productora de la primera, actuaba. Cambuyón es un espectáculo de danza, percusión y música que narra, a través de la experiencia de comerciantes y marineros, las distintas influencias y fusiones artísticas que se han producido en el mundo del baile a lo largo de la historia. Canary Gold establece una comparación entre los piratas de la época isabelina y los piratas banqueros de ahora a partir del negocio que supuso (y supone) el vino canario de Malvasía.

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Carmen García Lorca en The Phantom of the Fringe

En la sección de monólogos estuvo Isabelle Stoffel, que representó en inglés la obra La rendición, del Centro Dramático Nacional, adaptación de un texto de Toni Bentley en el que la protagonista busca la espiritualidad a través de la sodomía. Por su parte, Carmen García Lorca se convirtió en el fantasma de una actriz de teatro clásico con toques de Norma Desmond en The Phantom of the Fringe. En su mismo espacio, Merchant’s Hall, estuvieron unos días las chicas de 7-tik 3, representando una obra en vasco ganadora del concurso de teatro Gazte Txartela Missioa de Kutxabank. Ellas fueron las únicas que no pasaron los días corriendo, repartiendo folletos, intentando conseguir más público, buscando periodistas que hablasen de sus representaciones y programadores extranjeros a quienes les interesasen.

Porque la Royal Mile, arteria principal de la ciudad, y todas las calles adyacentes o meramente importantes, se llenaron día tras día de artistas o personal contratado repartiendo folletos por doquier e intentando convencer al respetable de que su producto, el que en ese momento ofrecían, era lo mejor que iban a ver. “Nosotros fuimos a la Royal Mile la primera semana. Nos impactó la cantidad de gente que te escucha e igual te coge alguna entrada gratis de los descuentos. Pero luego me di cuenta de que es una atracción turística, mucha gente simplemente va ahí a ver a los friquis del teatro. Un día fuimos a repartir folletos al Traverse Theatre y aprendimos que el público es diferente, te hacen más caso. Desde entonces, íbamos a teatros. Y me relajé un poco”, explica Isabelle Stoffel.

El Fringe es una experiencia “muy dura”. “Era nuestro primer festival, nuestra primera feria, y a mí me ha pillado un poco grande. Lleva un ritmo muy de vender, repartir folletos, vender, vender, vender, mercado, mercado, mercado.  Al final lo último es actuar, cuando en otros festivales el cuidado a la pieza es mucho mayor” comenta Mònica Almirall. “De hecho no es un festival, es una feria. No tiene ninguna línea artística, es un mercado en el que cada compañía invierte su dinero. Es como si concentrasen todo el mundo teatral en un mes. Para nosotros lo duro ha sido de pronto vernos por primera vez dentro de este mercado gigantesco global. Hasta ahora lo habíamos hecho en festivales más pequeños, con trato más personal y artístico”, añade su compañero Albert Pérez.

No son los únicos que lo piensan. Santiago del Hoyo comenta que “toda la mecánica que se desarrolla en el Fringe, con la prensa y el público, en el fondo es un ranking de estrellas. Y en toda esa marabunta, una hora al día haces un espectáculo y piensas ‘Al menos esto sé cómo hacerlo’.  Es un descanso.” Sigfrid Monleón, director de cine y debutante en el teatro con La rendición, justificaba la decisión, anecdótica, de repartir preservativos junto con los folletos de la obra: “Cómo si no vas a destacar aquí, donde hay dos mil ochocientos espectáculos. Mucha gente que no mira para el folleto cuando ve que hay algo más, lo cogen. Es una locura este sitio, es único en el mundo. Y es curioso porque hay público para todo.”

Un público de 1.943.493 personas, para ser exactos. Esa es la cifra de entradas emitidas en 2013 en el Fringe, un 5% mayor que en el 2012, aunque ese año bajó, dicen, por competir con los Juegos Olímpicos de Londres. En agosto hubo 45.564 representaciones de 2.871 espectáculos, a lo ancho y largo de Edimburgo, en 273 espacios diferentes, desde bares a cafeterías, iglesias, teatros o cimas de colinas, entre otros lugares insólitos.

Edimburgo durante el Fringe es algo que no se puede explicar hasta que no se ve. Si coincide con otros festivales -el ya mencionado Festival Internacional, pero también el de Libros o el Tattoo, de bandas militares-, el que acapara más espacio y atrae al grueso de las multitudes es el Fringe. Las plazas de George Square o Bristo Square, aledañas a la universidad de Edimburgo, se convierten en espacios escénicos, rodeadas de furgonetas y puestos de comida que acogen al turista hambriento o, más probablemente, al artista que corre de un lugar a otro. En el barrio de New Town, al otro lado del puente, tradicionalmente menos afectado por las multitudes del Fringe que Old Town, se peatonaliza parte de la calle central para dar cabida a las terrazas de los bares y restaurantes en la zona. El Fringe se expande cada año más.

Ricardo García es un veterano en el festival. En 2013 acudió con el espectáculo Flamenco Global: “El Fringe de Edimburgo lo hago desde hace 13 años, siempre espectáculos diferentes, en distintos lugares. La primera vez, en el 95, toqué invitado en un show, pero no con el mío propio. En 2000 o 2001 ya vine con el primer espectáculo. El de este año es ameno, divertido y la mezcla del flamenco y la danza africana gusta. En general no me puedo quejar, cada vez que venimos aquí tenemos buenas respuestas. Sí que es verdad que el público británico al principio es un poco frío, les cuesta dar palmas, pero si se enrollan va todo bien.”

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Mònica Almirall, Miquel Segovia y Albert Pérez en Solfatara

El público es otro de los detalles en el que se fijan los intérpretes españoles. “La audiencia aquí tiene muchas más convenciones sociales sobre lo que se puede y no se puede hacer en un teatro. Yo he visto a gente aquí riéndose y tapándose para no molestar. Eso en España no pasa”, dice Manuel Bonillo. Santiago añade queles ves controlando a los de al lado para ver qué tipo de reacción tienen que tener ellos”. Manuel explica, a partir de esto, qué buscan ellos en su espectáculo, una obra más abstracta que las presentadas por otras compañías: “Se nota mucho más el peso de la sanción social, piensan ¿me puedo reír de esto o no? Pero es que a mí eso me parece fantástico. Si alguien sale cabreado pero pensando ‘es que de eso no nos podemos reír, es malo’, me parece un logro enorme a nivel comunicativo.”

Isabel Stoffel, por el contrario, se enfrentaba al hecho de que, por primera vez, representaba la obra en el idioma original de la pieza adaptada. Su director comenta que “aunque nos dicen que esta obra funcionaría mejor en Londres que en Edimburgo, hay mucha conexión. La audiencia es diferente y tienen una cultura diferente, pero la ironía funciona especialmente bien.” Fiona Clift, de Teatro en Vilo, dice “Es genial cuando repartes folletos y la gente ya lo ha visto y te lo comentan. Te reconocen por la calle y vienen a decirte simplemente que les ha gustado.” Su compañera Andrea añade “A mí los días en Edimburgo me están cargando las pilas, ves a gente que disfruta con lo tuyo y es genial”.

Incluso Diablito Tango, el grupo formado por Javier Cárdenas, Nesrine Belmokh y Matt Baker, músicos de la Orquesta de la Ópera de la Comunidad Valenciana, ha recibido una respuesta extremadamente positiva, con entradas agotadas en sus interpretaciones de clásicos del tango. “Es una gran oportunidad para que gente que nunca hubieras pensado que te vería, de muchas partes de Europa, asista a tu representación”, dice Mònica Almirall. “De golpe el espectáculo vuela y llega a muchas mentes diferentes.”

Jep Meléndez, de Cambuyón, los canarios que se colaron en “los diez espectáculos de danza que hay que ver” de la revista The List, disfrutaba de las mieles del éxito: “Esperábamos que funcionase, ya que al buscar local nos aceptó uno de los grandes, el Assembly, y nos dieron una hora muy buena, las seis de la tarde. Tuvimos un arranque muy fuerte, pero también es cierto que luego las críticas de prensa no salían y nos quedamos un poco estancados. Sin embargo, creo que somos los que más vendemos del Roxy. Estamos muy contentos.”

Han sido más de 3.000 espectadores los que han pasado por sus butacas y, tras la tempestad de agosto, la calma les ha venido en forma de un agente de la empresa holandesa de distribución internacional Bureau Lommerde and Tonen.

Interrupted, de Teatro en Vilo, sentó a más de mil personas en su sala y consiguió que las chicas de la compañía recuperasen la inversión realizada, cosa que no todos consiguen. Nadie va al Fringe de Edimburgo a hacerse rico. Se dice que todos ganan en la ciudad, hosteleros, caseros, comerciantes. Todos menos los artistas que arriesgan sus cuartos para que la gentelos vea. “La verdad es que estamos muy contentas”, dice Andrea Jiménez. “Había escuchado cosas horrorosas, de gente que vuelve a Londres llorando, diciendo que nunca volverán, como si regresasen de la guerra.” Fiona, que ya había estado en el Fringe, se ríe y añade “Les preparé diciendo que era una lucha constante. Pero tenemos una localización estupenda y una obra muy del gusto de Edimburgo.”

Casi 800 espectadores ha conseguido Solfatara en el Summerhall. Curtidos en el público británico, tras el Fringe ATRESBANDES se iba a Roma, Sarajevo y Londres. La intención siempre es mover la pieza al máximo, hasta donde llegan nuestras posibilidades. Solfatara aún tiene tirón, tiene público, tiene teatros interesados. Seguiremos hasta que se agote o hasta que nos hartemos nosotros”, manifiesta Albert.

Isabelle Stoffel y Sigfrid Monleón querrían seguir probando la internacionalidad de la pieza, ahora que se ha visto en inglés en Escocia y que el Centro Dramático Nacional ya la puso en sus teatros y la llevó de gira por España, con éxito de crítica y público. “A Toni Bentley le encantaría que se representase en Nueva York”. Y Stoffel, de origen suizo, que es quien escribe y traduce la obra en cada uno de sus idiomas, añade “Hicimos una lectura en alemán en el CDN, pero de momento función no hay, aunque nos encantaría que saliese una producción en esa lengua”.

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Isabelle Stoffel en La rendición

Las chicas de Teatro en Vilo, mientras, querrían pasearse por casa: “Nos encantaría llevarlo a España. Ésa es nuestra audiencia. Aquí hemos tenido críticas geniales, pero el público de la obra es el español. Se vuelven locos.” Jiménez añade “Me da pena que esto (el Fringe) no ocurra en España, da rabia no poder compartir algo así con tu país. Me gustaría que se respetase más lo que hacemos. Da la sensación de que se van a reír de ti. En Inglaterra tienen muy presente que la gente del teatro es sólo otro tipo de gente que trabaja. En España no se considera un trabajo sino un hobby.”

Carlos Belda admite que ellos no estaban buscando un público nacional, a lo que Josefa Suárez apostilla: “La crisis en España es muy dura. A mí me han llegado correos de circuitos enteros de España diciendo: por favor, no nos envíen nada más de información porque este circuito no tiene dinero para funcionar. Y las salas dicen que lo único que pueden es ir a taquilla. Para nosotros, que no estamos ubicados en Madrid, ir a taquilla es imposible; si no tienes un mínimo es muy arriesgado. En Europa la vida un poco sigue y no han tenido que cerrar salas. Así que como profesionales, nuestro target está fuera de España.” Entre risas, Belda masculla que “nosotros venimos ya con la idea de olvidarnos de ese país”. Y Suárez puntualiza “No, venimos con la idea de ganarnos la vida. No es un tema tanto patriótico como que si España nos propusiese algo bueno, encantadísimos. Pero viendo la situación, no es lo que esperamos.”

Albert, de ATRESBANDES, reflexiona sobre una de las causas de la crisis teatral española: “Aquí hay más público. Es muy difícil saber las causas, qué es lo que lleva a eso, pero la realidad es que hay más interés y personas que van a ver compañías que no conocen. La sensación es que en España cuesta más que la gente vaya al teatro. Y hacen de todo, campañas y demás, pero no existe la dinámica que vemos aquí.” El colectivo Vladimir Tzekov es un ejemplo exitoso de cómo ofrecer un producto diferente y crear un público para ello. “En Granada nos hemos hecho ya un hueco, y la gente ya sabe qué somos. Los Rusos, nos llaman. Lo que hacemos no es lo convencional, así que hemos tenido que hacer un poco escuela de espectadores, no educar al público pero sí acostumbrarlos”, comenta Santiago.

Carmen García Lorca, tras la experiencia vivida en Edimburgo comenta “Quiero volver, pero no el año que viene”. Santiago le da la razón y valora la experiencia: “Ahora mismo es cuando ya tienes una visión propia, un conocimiento de primera mano con el que puedes decidir. Antes de que viniésemos nos decían ‘Id al Fringe’, pero, claro, tomabas decisiones sobre algo en abstracto. Ahora ya sabemos cuándo venir, cómo venir, con qué venir. Ya no volveremos a pagar algunas inocentadas que hemos pagado ahora. Es un curso intensivo.

Las buenas críticas les han llovido a la mayoría de los espectáculos españoles. También el público. Que la escena nacional se mueve, que se mueve sin miramientos, sin prejuicios, sin dinero y sin barreras, queda patente al ver la ristra de talento que emerge de nuestro país y sorprende y gusta en el extranjero. Son muchos los que han conseguido, o conseguirán, derribar fronteras, y sin embargo es la propia tierra la que se resiste, aquella en la que nadie, pero mucho menos nosotros, somos profetas.

La escena española, a pesar de todas las desventajas, tiene algo a su favor. La crisis, que dicen que alimenta el ingenio, se ha cebado bien con la cultura. Y sin embargo los jóvenes siguen apostando por ellos mismos y por sus ideas, por un teatro diferente, vivo y acorde con el espíritu global. No sólo eso, sino que viajando, viendo, asistiendo a otros espectáculos y entrando en contacto con otras vivencias, la escena española está aprovechando la energía de fuera para subvertir la realidad desde dentro.

Jep Meléndez resume el sentir de todos los mencionados cuando se le pregunta por su experiencia sobre el escenario: “Si hay una reacción hacia fuera ha de ser porque hay una reacción también hacia dentro. Nosotros nos conocemos, nos vacilamos, lo damos todo, sudamos… Pero lo pasamos como los indios.”

Hay muchas ganas, hay mucho talento pero, sobre todo, hay muchísimo trabajo detrás del teatro joven español. Empecemos a apoyarles en casa.