La Doncella

La Doncella

Estudio estético sobre la mujer

Por Elios Mendieta

Tras su corta, aunque atrevida, aventura hollywoodiense con Stoker (2013), el cineasta surcoreano vuelve a la senda de sus grandes trabajos con La doncella (2016), una extraordinaria película que se mueve entre el drama y el cuento erótico, y en la que la belleza, como fuerza categórica, se impone como leitmotiv en una historia en la que no falta el amor, la venganza, la lujuria, el sexo y, especialmente, el erotismo.

Basada en la novela Fingersmith, de la escritora británica Sarah Waters, está ambientada en 1930, en una Corea aplastada por la opresión japonesa y cuenta con cuatro deliciosas interpretaciones. Chan-wook estructura su filme como si de un juego se tratase, en el que se cuentan tres visiones distintas: la de la rica ama, la de la doncella –otrora carterista-, y la de un falso conde. Este último pretende timar a la adinerada protagonista, dueña de una increíble fortuna, y para ello usa a la ladrona. Pero nada es lo que parece. El póker de protagonistas lo completa un anciano aficionado a las novelas eróticas, que pretende casarse con la rica ama –su sobrina- para establecer así un imperio bajo el dinero y su enorme biblioteca. La trama es un sumamente rica en matices, pues se sustenta en un guión poderoso.

Sin duda, lo más interesante es todo lo que rodea a las dos mujeres. De sus interacciones surgirá el respeto, el desprecio, la atracción, la seducción y la alianza. Ellas son el pilar del filme porque en estas Chan-wook establece su discurso. El director expone un erotismo basado en lo bello y en lo sublime, próximo al ideal de los románticos alemanes. Las escenas de sexo o desnudez en las que aparecen, lejos de ser frívolas o impostadas, emergen como un recurso que rinde tributo a la belleza femenina y al empoderamiento de la mujer. Nada hay en La doncella de todas esas películas que muestran el cuerpo femenino a través de la imagen de la Venus desnuda, llamando a los bajos instantes de una forma nada sutil y de clara lectura machista. Es por eso que esta es una película feminista. El director coreano pinta un óleo del nudismo femenino y de la homosexualidad otorgando todo al poder a las dos mujeres, en lo que supone una manifestación portentosa de belleza.

Por su parte, el falso conde representa todo lo contrario. Incluso en su vestuario se denota una cierta falsedad. Lo que parecen ser impolutas y elegantes vestimentas, Chan-wook, con su discurso, las transforma en un mera ornamentación textil barroca, más próxima al chabacano traje de una barón de la mafia neoyorquina durante la Ley Seca que a lo que se le presupone a un conde asiático de los años 30. Este representa el sexo como algo burdo, el deseo como dominación, y no como placer. Es, sin duda, un alegato feminista el que desarrolla el director de “la trilogía de la venganza” en su última película, lo que parece evidente en el contraste mostrado entre los papeles masculinos y femeninos.

La carga erótica del filme no acaba ahí. Las lecturas del anciano y su sadismo recuerdan al Marqués de Sade y a las adaptaciones teatrales del mismo del alemán Peter Weiss. Su furia contenida, ese rencor que le invade, solo es capaz de guardarlo cuando lee algo que le pone, si se quiere, caliente.

Y con todos estos ingredientes, las dos horas y medias que dura el filme pasan volando. Al final, por supuesto, se impone la belleza. Y es que, no hay que olvidar que la estética es una digna forma de enterrar los dogmas patriarcales que, en pleno siglo XXI, siguen perpetuándose en la sociedad. Como dice Jude Law, en The Young Pope, la última serie de Sorrentino: “Dios no castiga la belleza”.

Título original: Ah-ga-ssi (The Handmaiden) 2016

Duración 145 min.

País: Corea del Sur

Director: Park Chan-wook

Guión: Park Chan-wook, Jung Seo-kyung (Novela: Sarah Waters)

Fotografía: Chung Chung-hoon

Música: Cho Young-wuk

Reparto: Ha Jung-woo, Kim Min-hee, Jo Jin-woong, Kim Tae-ri, Moon So-ri, Kim Hae-suk

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