La definición de uno mismo

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Crítica

El hijo del otro (2012), de Lorraine Levy

Por Claudia Lorenzo

Cuando en noviembre de 2012 descubrí El hijo del otro en el Festival de Cine de Gijón, dentro de la sección Enfants Terribles dedicada a niños y adolescentes, me dije “Éste es el culebrón de los sábados por la tarde de Antena 3 pero en Israel”. Podía haberlo sido perfectamente. La historia de dos chavales de 17 años intercambiados al nacer roza la barrera trágica para ser fácilmente sentimentalista. Aquí, sin embargo, el conflicto no es sólo personal ya que uno, Joseph (Jules Sitruk), es un judío residente en Tel Aviv a punto de entrar en el servicio militar, y el otro, Yacine (Mehdi Dehbi), es un palestino que regresa a su hogar en Cisjordania tras haber estudiado un año en París.

Si De tal padre, tal hijo (película que inevitablemente viene a la cabeza a la hora de hablar de ésta) se centraba en los sentimientos paternos sobre el poder de la sangre o el que el roce haga el cariño, El hijo del otro no sólo intenta mostrar la visión familiar, sino la individual, la de dos chicos definidos por sus circunstancias y su cultura que de repente ya no saben quiénes son. Joseph repentinamente no puede hacer el servicio militar ni ser judío, porque su religión se transmite por sangre. Yacine, a juicio de su hermano, se ha pasado al enemigo y carece de razones para luchar por su pueblo. Sus padres, a la vez, comprometidos políticamente con sus respectivas culturas, viven en el limbo del no querer saber más pero también de tener que enfrentarse al hecho de que han criado al hijo de su opuesto, del otro. Y las madres, que parecen tener amor para dar y repetir, se debaten entre el cariño para el hijo criado y el cariño para el bebé que llevaron en el vientre.

El hijo del otro, con su conflicto palestino-israelí de fondo, podría haberse colado por el tono de telefilme de baja calidad, pero no lo hace en ningún momento gracias a la contención de la historia. Sí es cierto, como dicen algunas críticas, que no hay grandes explosiones trágicas ni momentos en los que la situación política irrumpe con su mala cara en el desarrollo. Más bien todo eso se mantiene en un segundo pero constante plano. Lorraine Levy no huye de los controles en el muro de Cisjordania ni de las circunstancias en las que se vive fuera de ese muro, pero focaliza la historia en sus dos protagonistas, Joseph y Yacine, en la amistad creada entre ellos más por necesidad que por empatía, y en la relación de estos con su entorno. Joseph, que en un momento dado se va a la aventura a buscar a su familia biológica, es interrogado por su hermano de sangre, un personaje en el que bullen la ira y la confusión, que le dice “¿Y ahora vas a abrazar tu identidad?”. El chaval le mira y contesta “Mi identidad no se define por algo que ponga en el certificado de nacimiento, mi identidad también es mi familia, cómo me he criado…”.

No hace mucho, Cédric Klapisch declaraba a esta revista que el antídoto para los males europeos de racismo, xenofobia y miedo al extranjero eran los viajes, los programas Erasmus, la movilidad. Levy plantea en su película una tesis conciliadora y también revolucionaria, sobre todo por su tranquilidad: conocer al “otro”. Decía Juan Diego Botto en una entrevista con El País que tras una representación de Un trozo invisible de este mundo en Mataró, una señora se les acercó y les dijo “Aquí tenemos más de un 20% de inmigración, pero yo a la gente de mi escalera que son negros nunca los he saludado. A partir de mañana les voy a decir: ‘Hola, ¿cómo estás?’”. Todas esos ejemplos de darle voz al extranjero para comprenderlo, de escuchar al que es diferente, forman una tesis que se repiten en El hijo del otro, aquí junto a la pregunta de “¿Y si esta vez el diferente fueses tú?”.

Probablemente el momento de más impacto en De tal padre, tal hijo es aquel en el que los médicos del hospital afirman que al descubrirse casos de niños, a los cinco años, que han sido intercambiados, lo más común es “devolverlos” a su familia original. El impacto lo produce la pregunta de quién es la familia, la que te da un código genético o la que te cuida y quiere desde que has nacido. En el caso de El hijo del otro, el mayor impacto viene dado por los alrededores, la sociedad que de repente deja de ver a estos chicos como lo que son y les coloca una personalidad diferente, alternativa, ajena, una que no han pedido. Ahí es cuando Levy demanda un respiro, tiempo y entendimiento, tranquilidad para que los jóvenes, como las sociedades, se descubran por sí mismos sin que nadie les etiquete.

El hijo del otro podía haber sido más transgresora, menos amable, más bruta. Sin embargo puede que sea su amabilidad lo mejor que le ha pasado, porque gracias a ella la historia entra bien, se ve con comodidad y, una vez a la salida del cine, empieza a plantear cuestiones.

TRAILER EL HIJO DEL OTRO from Surtsey Films on Vimeo.

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