Shirley Temple

Ilustración de Anabel Perujo

Homenaje a Chirli

Por Ms. Lindo

Así me llamaban algunos amigos, Chirli, la Chirli. El mote me lo puse yo misma. Hay que adelantarse al prójimo en eso de ponerse un mote porque el prójimo, en cuanto que te descuidas, te bautiza de manera insultante. Yo me puse Shirley, la Shirley, por la pequeña Temple, y también porque si lo pronuncias a la madrileña, Chirli, suena como a chirla, y esa palabra, chirla, me provoca siempre un chispazo de alegría. Cuando vuelvo a Madrid desde esta ciudad de inviernos salvajes me voy derecha al mercado, me pongo en la cola de la pescadería, y espero a que alguna buena anciana de acento sincopado pronuncie la palabra mágica, “¡deme un cuarto de chirlas!”. Entonces me digo, mientras esta frase salga de la boca de una clienta no estará todo perdido. Y es como si besara tierra. Pero aparte de esa connotación castiza que me reprocharían algunos escritores cursis, estaba Shirley, la niña prodigio, aquella a la que le contaron ni más ni menos que 56 tirabuzones, rubios y brillantes, cursis y saltarines, que convirtieron su cabeza en icónica, como así es la Groucho Marx o la de Marilyn Monroe.

Cuando sus colegas de Hollywood le concedieron hace unos años el premio a toda una carrera dedicada a levantar la moral de un país, víctima de la brutal recesión de los años 30, la anciana Shirley agradeció a sus pares la distinción y dijo que el secreto de recibir esos honores que resumen el esfuerzo de toda una vida consistía en comenzar pronto a trabajar. Y desde luego bien se puede decir que ella emprendió su carrera cuando aún daba andaba con la cómica inestabilidad de los que acaban de adquirir la destreza de caminar. La madre de Temple, obsesionada en hacer de su criatura una estrella, como es habitual en todas las madres de los niños prodigio, la apuntó a tap dance antes que al colegio y fue allí donde un agente olfateador de talentos en miniatura fichó a la niña para un dudoso espectáculo llamado “Baby Burlesks”, que consistía en disfrazar a las pequeñas de grandes estrellas de la pantalla y hacerles imitar gestos sexys y provocadores. El final de estas peliculillas consistía en que las niñas se quitaban el traje de noche y mostraban la ropa interior: un pañal de los que se sujetaban con imperdible. Si las pequeñas actrices se portaban mal o perdían la concentración la productora las encerraba en un especie de jaulilla donde sólo tenían la posibilidad de sentarse en un cubo de hielo. Parece mentira todo: las peliculillas en sí, el fin perverso con el que se hacían, y la explotación a la que se sometía a las criaturas con el consentimiento de sus madres. Shirley emulaba a la reina de las mujeres fatales, Marlene Dietrich, e imitaba los mohines de las más escandalosa bomba sexual que ha dado el cine, Mae  West.

Sorprendentemente, la niña sobrevivió a semejante disparate y comenzó con cuatro años a protagonizar películas blancas en las que hacía de niña prodigiosa. La Fox la contrató y ahí comenzó una carrera  en la que los guionistas se pusieron a su servicio para convertirla en una pequeña heroína. Shirley, inocente, viva, inteligente, se inmiscuía en el complicado mundo de los adultos y salvaba vidas, solucionaba problemas sentimentales o ponía a sus pies a un regimiento. No es posible comprender el éxito de Temple sin situarla en una etapa muy prematura del cine, en la que resultaba más sencillo encandilar con sueños azucarados al público y hacerle vibrar con fantasías infantiles. No es posible entender cuánto se la amó sin situarla en una época de miseria en la que un pueblo hundido en la desesperanza acudía al cine para evadirse y contemplar un cuento de hadas. Shirley era una especie de hada en miniatura, tan fuera de la aspereza de su país que incluso fue la primera actriz blanca que dio la mano a un actor negro en pantalla. Sus números de tap dance con Bill Bojangles, a pesar del inevitable repipismo, han pasado a la historia del cine.

Pero Shirley, Chirli, comenzó a crecer, y aunque su madre muy cucamente durante un tiempo le quitó años para que los productores siguieran tomándola por estrella infantil, la naturaleza hizo su trabajo y su fama comenzó a declinar. Creció, no mucho, pero creció, el pelo se le volvió marrón y su rostro, que de niña brillaba como si estuviera iluminado por dentro, perdió luz. A los doce años Shirley se convirtió en una adolescente más pero en vez de vivirlo con frustración o resentimiento ingresó en un colegio disfrutando al máximo de su etapa escolar. Más tarde, en los años cuarenta, volvió al cine, con alguna aparición llena de gracia como la que tiene en Fort Apache, la película de John Ford, pero está claro que había en ella ningún rasgo que la hiciera destacar por encima de las otras chicas que aspiraban a ser estrellas de cine.

Shirley vendría a ser en la historia del cine un símbolo de la aceptación del éxito pasajero. Ni la perturbadora popularidad que la llevó a codearse con presidentes, a inspirar un célebre cóctel sin alcohol o a convertirse en muñeca, pudieron con ella. Su equilibrada personalidad la protegió del despiadado universo hollywoodiense de aquellos años. Ni consiguieron destrozar a la niña ni tampoco a la adolescente, que escribió en sus memorias cómo se las gastaban los productores con las recién llegadas: en su primera visita a la Metro Goldwyn Mayer el señor productor se bajó los pantalones y le enseñó su miembro viril. ¡A Shirley Temple! Ese desgraciado estará pudriéndose en el infierno. Por fortuna, la pobre era tan inocente que no supo interpretar la escena, soltó una risilla y aquel jefazo rijoso la echó de su despacho.

En el segundo acto de su vida fue madre y diplomática al servicio del estado americano. Afrontó un cáncer de pecho e hizo pública una masectomía cuando esa enfermedad y esa operación eran desgracias de las que las mujeres debían avergonzarse y mantener en secreto.

¿Cómo no querer a Shirley Temple? ¿Cómo no adorarla cuando ya no es posible ese cine infantil para todos los públicos, ni la burbujeante alegría de un arte carente de trascendencia, cómo no ser partícipe de una cursilería a la que hay que entregarse sin reservas?

Hay dos canciones que siempre me alegran el corazón, esa parte del corazón que poco tiene que ver con la cabeza y de la que siempre acabamos un poco avergonzados: “Animal Crackers in my Soup” y “On the Good Ship Lollipop”. La primera es decididamente infantil, en la segunda, se aprecia algo perverso. Cierto que el público de entonces era más inocente, pero no deja de ser una niña en un vagón lleno de hombres que se la pasan de brazos en brazos. Ay. Sabiendo ahora que había un espectáculo como “Baby Burlesks” cabe sospechar que sobre la escena cabían mil sensaciones: las limpias y las sucias.

Pero ella fue ajena a todo eso. La niña salió indemne del éxito, el aplauso y la perversión. Incluso sobrevivió a su madre, que ya es mucho decir, a los productores de Hollywood y a su propia decepción, si es que la tuvo. Esta no es una historia desgraciada, como la de Judy Garland. ¡Siempre podremos pensar que nadie vulneró el candor de Miss Temple!

Por lo que a mí respecta trataré de llevar ese mote que yo misma me busqué, Chirli, con la dignidad que se merece y para honrar a su muerte quiero levantar mi copa, de contenido no alcohólico -una mezcla de granadina, lima, fresa y soda- para homenajear a la niña eterna, a la niña santa, a la criatura de 56 tirabuzones.

¡Y vivan las Chirlis y las Chirlas!