La calumnia

Crítica

The Children’s Hour (1961), de William Wyler

Por Molly Izaga

The Children’s Hour fue el primer éxito de Lillian Hellman. Su estreno en el teatro levantó mucho revuelo y Hollywood compró los derechos sin esperar. Pero en los años 30 la trama de la obra de Hellman era sencillamente impensable para el cine: dos profesoras que han montado un internado para la educación de alumnas pre-adolescentes de familia bien son acusadas por una de las niñas de mantener una relación amorosa lésbica, lo que desencadena en escándalo, sufrimiento y tragedia. Reescrita para la gran pantalla, esa relación se convierte en un melodramático triángulo amoroso de dos mujeres y un hombre, que William Wyler filmó con el título de These Three (1934). Pero a Wyler le quedó la espinita, y con treinta años más –acababa de rodar Ben-Hur– se dispuso a ser más fiel a aquella obra de teatro y la filmó con el mismo título del original de Lillian Hellman, The Children’s Hour.

Con el Código Hays (1934-1967) perdiendo fuelle, en 1961 Wyler pudo contar cómo una calumnia desvela y emponzoña la relación de amistad y amor entre dos mujeres. Lillian Hellman colaboró en la adaptación y en la confección de los diálogos. Karen Wright (Audrey Hepburn) y Martha Dobie (Shirley MacLaine) son amigas desde la universidad. Después de graduarse, insatisfechas tras varios trabajos, han terminado por fundar juntas un colegio para niñas de la buena sociedad en una casona reconvertida en internado. Con ellas vive, para martirio de Martha, la señorita Lily Mortar (Miriam Hopkins), su tía y única pariente, siempre rememorando sus tiempos de actriz. En la casa es habitual la presencia del doctor Joe Cardin (James Garner), desde hace dos años novio de Karen, quuien no se decide a casarse a pesar de la insistencia de él.

James Garner y Audrey Hepburn en el set de “The Children’s Hour”. Foto: Bob Willoughby, 1961

Mary Tilford (Karen Balkin, brillante en el papel de la odiosa niña malvada) a menudo es reprendida por su comportamiento difícil. En una de esas ocasiones se escapa de la escuela y, en su intento de que le permitan nunca más volver, le cuenta al oído a su abuela un “secreto” del que se ha enterado, algo que ni ella misma es capaz de abarcar, una palabra que los espectadores no oímos pero adivinamos porque la hemos visto generarse. La respetable señora Tilford (Fay Bainter), atónita por lo que ha escuchado, lo divulgará entre las familias de las alumnas, dando rienda suelta a la maledicencia y al rumor. La calumnia vertida por la inocente y malvada Mary con intención de hacer daño pero sin saber lo que se dice se amplifica a todos los confines de esa sociedad timorata y malpensada.

Las dos maestras no solo pierden el prestigio profesional. En el oleaje de tensión que trae consigo la nueva situación llega el descubrimiento de que tras la calumnia de Mary existía el trasfondo de unos sentimientos nunca antes reconocidos que elevan la complejidad del drama, al aflorar inesperadamente en una escena en la que Shirley MacLaine hace una actuación magistral. Exquisita también la de Audrey Hepburn que en su réplica parece preguntarse sin palabras qué es lo que la ha mantenido atada de ese modo al colegio, siempre posponiendo la boda con el doctor. La calumnia habla de esa clase de amor que no solo no puede ser nombrado, ni siquiera puede ser pensado.

William Wyler hace un alarde de maestría al mover y emplazar la cámara para filmar, en blanco y negro, la obra de teatro; ajusta el ritmo de la película a la trama original y consigue imágenes minuciosas de modo que tanto las protagonistas como los importantes personajes de reparto se nos vayan descubriendo. Wyler usa generosamente los primeros planos, hurgando en los rostros hasta obtener grandes trabajos de todas las actrices, incluida la niña Rosalie (breve pero extraordinaria Veronica Cartwright), compañera de Mary, a la que ésta chantajea sin piedad buscando apoyo para su calumnia. Intachable también el actor James Garner.

Finalmente, pasado el trágico desenlace, los espectadores sabremos mucho más que esa sociedad pacata que acabará buscando una mirada comprensiva que les absuelva la culpa de haber dejado crecer una calumnia que nunca sabrán que no lo fue del todo.