La caída de los dioses de Bucarest

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Crítica

Madre e hijo (2013) de Calin Peter Netzer

Por Manuela Partearroyo

Adecuadamente lluvioso, este fin de semana invita a ir al cine, antes de que nos venza la operación bikini y el delirio veraniego. Propuesta sin duda también lluviosa, por lo intensa y acuosa (en lágrimas, se entiende), es Madre e hijo, ganadora del Oso de Oro en el Festival de Berlín de 2013.

Sí, señores, se trata de un dramón europeo, más concretamente rumano, dirigido por Calin Peter Netzer, un joven realizador que, al alimón con el guionista Razvan Radulescu, está transformando la llamada pos-revolución cinematográfica rumana. La propuesta, desde luego, no dejará a nadie indiferente.

En el filme asistimos a la disección de una familia de la clase alta rumana cuyo éxito social está reñido con su propia infelicidad. Cornelia, la mujer del título (una inmensa Luminita Gheorghiu, que alguno recordará en Código desconocido de Haneke), vive obsesionada por la ausencia de su hijo Barbu, emancipado con una madre soltera en una relación que Cornelia no aprueba en absoluto, lo cual ha provocado el cisma definitivo entre ellos.

La película abre con la engalanadísima fiesta de cumpleaños de la matriarca, a la que, por supuesto, el hijo no asiste. Sin embargo, el clan se ve obligado a encarar sus problemas familiares tras el grave accidente que provoca Barbu en la carretera, cuando atropella y mata a un chico de catorce años. Entonces se desata una marea de gestiones (el teléfono móvil tal vez sea el mayor de los protagonistas de esta historia) en las que todos, desde los implicados hasta los agentes del orden, pasando por los testigos e incluso la familia del chico muerto, sobrepasan la línea de lo ilícito para “arreglarlo”, como se dice continuamente en la narración. Cornelia hará lo que esté en sus manos por resolver el asunto y, de paso, por atraer al polluelo de nuevo al nido, con un cinismo a menudo incómodo para el que está en la butaca. Por su parte, el consentido Barbu, bloqueado entre el shock del accidente y el control de su familia, preferirá huir de todo, incluso de su responsabilidad.

Situada en una Bucarest actual, corrupta y gélida, el paisaje no puede ser más desolador: la evasión de problemas de las clases altas se enfrenta al drama irremediable de las bajas, que asumen su papel trágico y vencido ante quienes son capaces de quitárselo todo y salir indemnes. Netzer mira a sus héroes con afiladísimo bisturí, con primerísimos planos que a veces resultan algo impúdicos, y a través de un montaje nervioso que se acerca a la mirada documental, como si la lente fuera un testigo infiltrado en esta casa de doradas cortinas y oscuros pensamientos.

Llueve en la historia de la manipuladora Cornelia ante el indolente Barbu, en una tragedia digna de un Sófocles postsoviético, con muchas raíces en los dramas femeninos de maestros como Fassbinder o Kieslowski. Si bien no llega a conmover del modo en que lo hicieron sus enormes predecesores, consigue dejarnos sin aliento, reflexionando acerca de cómo las relaciones humanas se despedazan por culpa de todos y de ninguno, por culpa del tenerlo todo, por culpa de no asumir que, al fin y al cabo, todos tenemos un poco de culpa.