La brillantez de los clásicos

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Crítica

Las dos caras de enero (2014), de Hossein Amini

Por Claudia Lorenzo

Me decía el otro día alguien: “¿Quién es el director de esta película? La anuncian como “del productor de El Topo”, “de las escritora del Talento de Mr. Ripley” y “del guionista de Drive” pero creo que se han olvidado del director.” Pues bien, el director, Hossein Amini, es el susodicho guionista de Drive y debuta en la dirección con Las dos caras de enero, basada en la novela homónima de la escritora americana, maestra de thrillers y madre de Tom Ripley.

En la película que nos ocupa conocemos a Chester MacFarland (Viggo Mortensen) y su esposa, Colette (Kirsten Dunst), un matrimonio americano que está de viaje por Grecia. En Atenas se encuentran a Rydal (Oscar Isaac), un guía turístico y timador de poca monta con el que hacen migas y acaban cenando. Cuando los MacFarland vuelven a su hotel, un detective privado les espera con amenazas de quienes le han contratado, clientes arruinados y timados por Chester. Tras una discusión en el baño de su habitación, el detective se golpea y muere, y Chester trata de llevarlo a su habitación para encubrir el crimen. En el pasillo se topa con Rydal, que por error andaba por allí y se acaba viendo envuelto en el asesinato sin comerlo ni beberlo. Para huir y proteger a Colette, los dos hombres deciden viajar a las islas griegas. El trayecto, sin embargo, estará lleno de mentiras y celos ocasionados por el interés de ambos en la mujer que les acompaña.

Las dos caras de enero es un thriller de los de siempre, potente, tenso, lleno de los claroscuros favoritos de la Highsmith, con personajes americanos en una Europa mucho más romántica que la de ahora, que se inicia en una muerte y que va poco a poco tirando del hilo hasta volver locos a sus protagonistas. Es, para qué negarlo, una gozada al clasicismo cinematográfico, al séptimo arte de otra época aquí recordado. Que Amini haya elegido este filme para estrenarse como director, tras su brillante trabajo en Drive, revela mucho de sus intenciones con el cine, en este caso el mejor medio para contar una buena historia, sin estridencias, que se mueve entre el horror psicológico en el que viven los personajes y el placer absoluto que produce ver a seres de otras décadas pasearse por la vieja Europa en trajes de chaqueta claros sudando elegancia (también influye que sea Mortensen el encargado de esta parte).

La película no es ni más ni menos que lo que promete la Highsmith cada vez que se oye que su nombre anda detrás de algún filme: interés en el ser humano oculto, en los miedos que florecen cuando no podemos controlar nada o cuando alguien lo controla mejor, en el terror de pensar que quien más nos quiere nos empieza a conocer tal y como somos, en la posibilidad de perder una vida que nos gustaba…

Es interesante observar cómo llega Las dos caras de enero en esa tierra de nadie que son los estrenos durante el Mundial, el cajón de sastre de las distribuidoras. Éste es un producto de los que se denominan “adultos”, esos que ya no quedan más que a la hora de los Óscar, o cada vez menos, sin efectos especiales, sin adolescentes, sin adornos. Precisamente su mentalidad seria, su compromiso con el drama bien hecho, que tal vez no revolucione el género como hicieron A pleno sol o El talento de Mr. Ripley pero que lo trata con todo el respeto que se merece, es su faceta menos vendible. Pero es, sin duda, su mayor ventaja. Porque el asunto resulta puro disfrute en pantalla grande. La película va de frente, lo que se ve es lo que hay y lo que hay promete calidad a patadas.

Viggo Mortensen, un tipo al que veríamos actuar en cualquier forma, color o idioma, se encarga aquí de hacer suyo al personaje más interesante y, a la vez, más zorro, esa versión del ser humano en Highsmith que lucha por sobrevivir caiga quien caiga. Colette, más que una mujer florero, es una Kirsten Dunst destinada a papeles de adulta, que no se contenta con asentir ante su marido sino que tiene intereses propios. Oscar Isaac, en ascenso desde el Llewyn Lewis de los Coen, proporciona la visión más dulce del buscavidas americano en Europa. Dulce pero no inocente, porque no hay nada ligero en estos personajes, en ninguno de ellos.

Las dos caras de enero es un respiro de aire fresco que evoca a un tiempo pasado. Hay películas que hacen avanzar el medio gracias a sus innovaciones. Y hay otras como ésta, que nos recuerdan por qué seguimos yendo a ver buenas historias.