Irrompible Philip Seymour Hoffman

JackBoating2

Crítica

Una cita para el verano (2010), de Philip Seymour Hoffman

Por Manuela Partearroyo

Han pasado cuatro años desde que se rodó esta cinta y han pasado algo más de cuatro meses desde la desaparición de su máximo responsable, director y protagonista, el enorme Philip Seymour Hoffman. Somos un poco huérfanos desde que su voz profunda y su tez anaranjada nos dejaron, sin aliento, demasiado pronto. Y duele verle en esta historia, porque parece imposible que ya no esté, y porque inevitablemente acabamos por confundir su destino con el del personaje. Cuando Hoffman mira al infinito es capaz de contarte toda una novela río con sus ojos en cosa de cinco segundos, y el personaje de Jack le va al dedillo para hacernos repasar y revisar nuestras propias vulnerabilidades.

A pesar de su horrible título español, que despistaría hasta a los más fanáticos de Hoffman, en inglés se llama Jack Goes Boating, en referencia al que será el objetivo primordial del personaje: llevar a la chica que le gusta a remar al lago de Central Park.

Nada más. Y nada menos. Con un tono marcadamente teatral, pues aprovechó un éxito de Broadway que él mismo había interpretado, Hoffman marca la melodía dominante como solista de un lucido cuarteto lleno de emociones encontradas donde nada, y digo nada, es lo que parece a primera vista. Se nos presentan los cuatro personajes fundamentales, una pareja consolidada, aparentemente feliz, y otra que está por construirse, cuyos integrantes, un deprimido acomplejado y una victimizada inconsciente (Hoffman y la magnífica Amy Ryan) carecen de tan esenciales habilidades sociales y precisan de los otros dos para conseguir consolidar el más nimio apunte romántico. A una le da por recordar ese templo de la torpeza sentimental que es Happiness de Todd Solondz (1998), en la que Hoffman tuvo tiempo de ensayar su medida y maravillosa fragilidad. El tímido e inhibido Jack practica metódica e ininterrumpidamente cada tarea para estar a la altura de las circunstancias, aprendiendo a cocinar y a nadar por el camino, mientras que a su amigo Clyde, que le enseña todo lo necesario, también empiezan a dolerle las cicatrices.

En cuanto a la dirección, su naturalismo no le juega en contra, aunque se echa de menos algún empujón en el tono para favorecer la comedia. También brilla en alguna ocasión la fotografía, con un probable homenaje a las piscinas del pintor David Hockney. Ante todo, es una ocasión para volver a emocionarse con este gran inventor de emociones hermosas y complejas, donde los vulnerables se hacen héroes por el mero hecho de ser vulnerables.

Nadie dijo, Philip, que siendo frágil no fueras irrompible.