Inviernos infernales, infiernos invernales

James Franco
Crítica

Todo saldrá bien (2015), de  Wim Wenders

Por Manuela Partearroyo

Si yo les digo “Wim Wenders”, ese nombre inmediatamente arrastra una serie de connotaciones inevitables: para algunos significará lentitud, un cine insoportablemente intelectual, una fábrica de clichés sobre caminos infinitos y encuentros fortuitos. Para otros, sin embargo, esas connotaciones serán las del color emocional, las de la inocencia ante el paso del tiempo, y, de nuevo, reflexiones basadas en caminos infinitos y encuentros fortuitos que, no por mínimas dejan de ser inmensas. A pesar de esta taxativa diferenciación, creo haberme encontrado en ambas orillas: he sentido una fascinación completa por algunas de sus obras y una desértica indiferencia por otras.

Y de repente, llega Todo saldrá bien. Confieso mi perplejidad ante la cinta que se estrena esta semana, no sólo por presentarse con estos calores una historia con la nieve como gran protagonista, también por ser las dos cosas: un Wenders en estado puro, con todos su ingredientes fascinantes, que sin embargo resulta demasiado pensado, demasiado hacia fuera en su propia autolectura, y no acaba de despegar.

Parte de un guión escrito por Bjørn Olaf Johannessen, alguien que había cautivado al alemán años atrás con Nowhere Man, la historia de un tipo que finge su muerte para aislarse en una isla, valga la redundancia. Una trama, claro está, que le iba como anillo al dedo: el creador que huye de sí mismo, encerrado en un cierto existencialismo, en el que se desatan los fantasmas de modo más o menos escandinavo. En Todo saldrá bien ocurre algo similar: el creador aislado (el siempre agradable a la vista James Franco), en noche cerrada de invierno, vive una traumática experiencia vital que le marca para siempre, pero, paradójicamente, para bien, pues tras los consecuentes meses de aceptación, el efecto del trauma le permite obtener el aplauso.

En el transcurso de los doce años que narra la cinta, se reflexiona acerca de la trayectoria vital de los implicados en el suceso: mientras la vida de los demás se deshace, la del protagonista (y en cierto modo culpable) se construye, se revaloriza, se reinaugura. He aquí la paradoja. Y he aquí también el problema central que a nosotros los mediterráneos nos puede suscitar: a pesar del incuestionable peso trágico del detonante de la trama, lo que sobresale es más una cierta tendencia al ombliguismo intelectual por parte del creador (que se preocupa por no escribir, pero también por escribir a causa de una culpa soterrada; es decir, el creador que se preocupa porque si no se preocupa no hay peli). Tengo la sensación de que siempre esperamos que aparezca la madre del protagonista para darle una torta y decirle: “¡Espabila!”.

La historia mantiene un descomunal frío como atmósfera constante en el que la comprensión entre personajes se hace algo inaccesible, lo cual en sus películas a menudo resulta fascinante, pero en esta ocasión parece algo excesiva. Aunque, claro está, tiene virtudes evidentes que nos hemos acostumbrado a esperar siempre del alemán: una fotografía impecable, con guiños al mundo cromático de William Eggleston, juega con el 3D (gracias al cual nos devolvió en su momento a la maravillosa Pina Bausch). Además, resulta un producto perfectamente narrado y presentado a los ojos del espectador, y tiene vocación de película pequeña, con acontecimientos minúsculos, que nace y brota como el tiempo, como el paso de las estaciones, sin peso y sin excesos, como las buenas (o grandes) películas.

Aunque algunos echemos de menos un poco de sangre, de empuje, de inercia, que no acaba de resolverse, todo saldrá bien… o por lo menos, todo lo bien que nos deje este frío del que la película no acaba de desprenderse. Un invierno infernal que se convierte en infierno invernal con demasiadas contenciones para este calor.