Introducción al ciclo “Cine de libro” en Café Kino + Programación (abril 2014)

Por Rau García

Para adaptar una novela a un guión cinematográfico hay que seleccionar las partes realmente importantes y desechar aquellas de las que se puedan prescindir, pues el escritor de una novela puede permitirse, por ejemplo, dar una descripción con detalle, en varias paginas, pero el guionista tiene una presión o una limitación que, en principio, no tiene el novelista: el tiempo. En teoría, una página de guión (escrita en su formato adecuado, a Courier New, tamaño 12), equivale más o menos a un minuto, así que es necesario saber sintetizar. Hay que identificar los personajes (entre ellos el protagonista), los conflictos, la trama principal y las secundarias… lo demás se plasma de otro modo o se sacrifica directamente. Si se adaptara un libro de forma literal, seguramente sería una película larguísima.

Luego hay libros que se resisten a ser llevados a la pantalla, como “Don Quijote de la Mancha” de Miguel de Cervantes (que se lo digan a Orson Welles o a Terry Guilliam), o “Dune”, de Frank Herbert (Alejandro Jodorowsky fue uno de los valientes), aunque hay algunos que lo consiguen a base de sudor y lágrimas, y quién sabe si de sangre. Pero también hay novelas que parecen haber sido escritas para ser convertidas  algún día en películas, tan buenas en ambos formatos que cuesta distinguir cual es mejor, el libro o la película; el eterno debate. Por otro lado, hay libros que trasladados al cine llegan a ser mejores que el texto del que parten originalmente y películas que no consiguen alcanzar la calidad de la novela. Y hay cineastas que escriben un libro y luego dirigen ellos mismos la película; escritores que trabajan mano a mano con los guionistas; y otros que cuando ven la película basada en su libro les espanta, como Stephen King con El Resplandor (1980), de Stanley Kubrick.

El lector es un poco director de cine cuando lee un libro, porque a partir del texto ya escrito se imagina, entre tantas otras cosas, la atmósfera, las voces de los personajes, el color de sus ropas, incluso los olores que tendrían las miles de cosas que se describen en sus páginas, todo ello filtrado por una personal perspectiva de lo que se nos narra mientras lo visualizamos en nuestra mente (lo que podría traducirse como el ángulo de cámara, con sus movimientos, y el estilo fotográfico). El perfume (2006), adaptación de la novela homónima de Patrick Süskind, es una demostración de que una película puede ir más allá de lo meramente visual, pues deja espacio para la imaginación a un nivel sensorial. Pero hay personas que, normalmente, disfrutan más intensamente la experiencia de la lectura, pues en ella pueden dejar volar su propia imaginación sin perder ningún detalle y sin contaminarse de otros enfoques. De hecho, si se ve antes una película y posteriormente se lee la novela en la que está basada es difícil desprenderse de esas imágenes. Una película es una interpretación de esa lectura que quizá no coincida con la nuestra, pero nos puede ofrecer un punto de vista diferente, tan valido como el nuestro, que a lo mejor nunca hubiéramos imaginado.

Otras cuestiones fundamentales para llevar una novela al cine es saber extraer (e inventarse) los diálogos a partir del texto en prosa y leer entre líneas la historia en general y el mundo interior de los personajes en particular. Lo que no se dice explícitamente, pero está y es tan importante o más que la palabra: el subtexto. “En una novela, uno tiene acceso inmediato a las confesiones interiores de los personajes, mientras que en una película, el arte está en dramatizar eso” afirma Justin Hayte, guionista de Revolutionary Road (2008), de Sam Mendes. En definitiva, en una obra literaria puede encontrarse el material para hacer una película, siendo algunas más cinematográficas que otras,   y se puede llevar a cabo de forma fiel o libremente (esto se ve claramente en teatro). Pero en cualquier caso, la adaptación de una novela exige un exhaustivo análisis para captar su esencia, detrás de lo aparentemente superficial, y plasmarlo en un guión, que tiene un código diferente pues su finalidad es llenarlo de vida con las herramientas y posibilidades que ofrece el cine.

El ciclo que ha programado Café Kino para el mes de abril es sobre cine que se alimenta de literatura. Esta es la lista de películas, para todos los gustos, que se proyectan en su versión original con subtítulos en español:

Reseñas por Guillermo Logar, Claudia Lorenzo y Rau García.

Match Point (2005), de Woody Allen

El genio de Brooklyn llevaba años haciendo películas de las consideradas “menores”. Aunque hilarantes, Granujas de medio pelo, Un final made in Hollywood o La maldición del escorpión de jade no habían logrado alcanzar la categoría de obras maestras que Balas sobre Broadway, Maridos y mujeres o Poderosa Afrodita le habían otorgado al Woody Allen de los años 90. Así que el director neoyorquino hizo lo que menos se esperaba de él: mudó sus cacharros a la capital británica, cambió el jazz por la ópera y le colocó al mundo una lección de cine que ya había rodado en 1989 bajo el nombre de Delitos y faltas. En Match Point, el personaje interpretado por Jonathan Rhys Meyers, Chris, conoce a Chloé (Emily Mortimer) a través de un amigo que quiere emparejarles. Pero, inesperadamente, la mujer sobre la que Chris posa sus ojos es la prometida de este amigo, Nola (Scarlett Johansson, debutando como musa de Allen del siglo XXI). Comienza así una historia de sexo, pasión y celos cuyo final es imposible de predecir. Lo impresionante de Match Point no es su calidad, ni su puesta al día del affaire rodado 16 años antes. Después de todo, un vistazo a la filmografía de su guionista y director demuestra que es un tipo con brillantez suficiente como para hacer lo que le venga en gana. Lo verdaderamente renombrable fue la reacción que suscitó. Tras pasar años denostado por el público y la crítica, Match Point alzó a Allen al Olimpo de los dioses de la nueva década. Irregularmente tratado desde entonces, lo mejor que hizo su aventura londinense por él fue recordarnos que, cuando menos lo esperamos, Woody Allen regresa. Porque en realidad nunca se había ido.

Matar a un ruiseñor (1962), de Robert Mulligan

Si Salinger se convirtió en un recluso tras escribir El guardián entre el centeno, Harper Lee renunció a las entrevistas y apariciones públicas después del jaleo que se organizó cuando el libro que tanto tiempo le había costado escribir, el libro que ella estaba convencida de que nadie leería, se convirtió en una de las mejores novelas del siglo XX, además de ganadora del Premio Pulitzer en 1960. Dos años después, bajo la batuta de Robert Mulligan, la película llegaba a la gran pantalla, encabezada por un magistral Gregory Peck y arropada por un guión merecedor del Óscar. La frase publicitaria rezaba “Si ha leído la novela, revivirá sus grandes momentos… Si no, una experiencia profundamente emocionante le espera”. Así fue. De la mano de Scout (Mary Badham), una niña de seis años, descubrimos la personalidad de su padre, el ya legendario Atticus Finch (Peck), un tipo lleno de coraje y honestidad que se atreve a defender el derecho de todos, blancos o negros, a un tratamiento humano justo. Con Atticus aprendimos que, si no podemos impedir que un niño dispare o le tire piedras a un pájaro, es pecado mortal que intente asesinar a un ruiseñor. Porque, en el fondo, el ruiseñor lo único que hace es embellecer la vida, sin dañar a nadie. Y con Matar a un ruiseñor aprendimos que hay actores que nacen para interpretar un papel sin el que la historia del cine no sería nada. Atticus es Gregory Peck como Peck es Atticus Finch. Y verle una y otra vez encarnándose a sí mismo es un privilegio.

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Solaris (1972), de Andrei Tarkovski

Basándose en la novela de ciencia ficción de Stanislaw Lem, el cineasta ruso dirige una enigmática y melancólica película con gran contenido filosófico, llena de simbolismos (y otras referencias literarias), como los hay en toda su obra (La infancia de Iván, Andrei Rublev, El espejo, Stalker, Nostalgia o Sacrificio), que fue anunciada en algunos países como “la respuesta del cine soviético a 2001: Odisea del espacio (1968), de Stanley Kubrick”. Hay que tener en cuenta que para el contexto de la URSS fue una película muy moderna (aún hoy lo sigue siendo), pero quizá comprensible, pues igual que existía una rivalidad con EE.UU en cuanto a la investigación espacial, el cine, que toma el pulso de la realidad, también tenía que reflejar la “carrera espacial”, aunque Tarkovsky está al margen de todo esto. Cuenta la historia de Kris Kelvin, un científico viudo que es enviado en una misión espacial hacia Solaris. Kelvin empezará a experimentar una serie de síntomas alucinógenos provocados por la fuerza del misterioso planeta compuesto de agua, creándole una fuerte crisis emocional, igual que le ocurrió a otros antes. La música atmosférica es uno de los elementos a tener muy en cuenta, firmada por Eduard Artemyev, que experimentó con sintetizadores al estilo, por ejemplo, de Wendy Carlos en La naranja mecánica, estrenada un año antes, qué también mezcla música clásica. Una compleja película sobre realidad paralela, memoria subconsciente (los recuerdos) y lo inexplorado a nivel humano y espiritual, considerada de culto, que ganó el premio especial del jurado del Festival de Cannes, que fascina a quienes entran en su universo existencial, creando debate y planteando preguntas allá donde se proyecta. En 2002 Steven Soderbergh rodó un remake protagonizado por George Clooney, que no sólo toma como base para su adaptación la novela original, sino la película de Tarkovsky, que ha influido en muchas películas del mismo género (etiqueta, por cierto, que el cineasta detestaba).

Pozos de ambición (2007) de Paul Thomas Anderson 

Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis) representa el origen del magnate americano del siglo XX. La película situa la acción entre 1898 y 1927. Plainview es por lo tanto el iniciador de una clase en la que podemos encontrar a John D. Rockefeller (1839-1937), fundador de la Standard Oil, la compañía petrolera más grande de la época, Henry Ford (1863-1947), fundador de la compañía Ford Motor Company y padre de las cadenas de producción modernas utilizadas para la producción en masa o William Randolph Hearst (1863-1951), el amo y señor de la prensa sensacionalista estadounidense. Tres personajes fundamentales para entender la historia de los EEUU en el siglo XX y que comparten con Plainview la experiencia de haber construido sus imperios desde la nada a base de una ambición sin límites que en el caso del personaje de Anderson se caracteriza por la renuncia a su propia humanidad. Convirtiéndose poco a poco en una criatura violenta, paranoica y desconectada del mundo. Una película inquietante y perturbadora. La historia de un hombre que se hizo a sí mismo, se enriqueció y cumpliendo todos sus objetivos se retiró a vivir en las sombras para toda la eternidad. Devorándose a sí mismo.

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Revolutionary Road (2008), de Sam Mendes

Magnífico guión de Justin Haythe basado en la novela “Vía Revolucionaria” de Richard Yates. Una vez más, Sam Mendes (American Beauty, Camino a la Perdición) demuestra lo buen director de actores que es, tanto en teatro como en cine, consiguiendo unas interpretaciones memorables, llenas de contrastes. Leonardo DiCaprio y Kate Winslet están siempre brillantes, por complejos que sean los papeles que encarnan, pero en esta película (dirigida por el marido de Winslet en ese momento) construyen un vínculo muy íntimo gracias a la química amistosa que han forjado desde que se conocieron y trabajaron juntos en Titanic (1997), de James Cameron. Completan el reparto unos actores cuyos personajes secundarios son verdaderas perlas dramáticas, como al que da vida Michael Shannon o Kathy Bates, por nombrar sólo un par de ellos. Ambientada en los años 50 en el estado de Connecticut, Revolutionary Road es la historia de Frank y April, una pareja de enamorados corriente y al mismo tiempo especial. Su relación empieza a pasar por diferentes etapas, afectada por elementos como la monotonía en el matrimonio o la frustración de los sueños incumplidos, así que antes de que se deteriore intentarán esquivar los obstáculos que se interpondrán entre ambos, una lucha con la que se harán daño el uno al otro y a sí mismos. Aunque sea una reflejo de las conductas humanas en la sociedad de otra época, muchos se sentirán identificados con los personajes y conflictos atemporales y universales que plantea esta película, que junto a  Entre nosotros (2009), de Maren Ade, y a Blue Valentine (2011), de Derek Ciafrance, es uno de los dramas románticos, si se pueden denominar simplemente así, más crudos que ha dado el cine en la última década.

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Gracias por fumar (2005), de Jason Reitman

Aunque el título y el protagonista hacen apología de fumar, está sarcástica película no quiere dar en absoluto este mensaje, de hecho, los fumadores se sentirán especialmente aludidos. Basada en la novela homónima de Christopher Buckley, este es el primer largometraje de Jason Reitman (más tarde vendrían Juno, Up in the air o Young Adult). Aaron Eckhart, que después de esta película curiosamente ha hecho varias veces de político respetable y papeles por el estilo, interpreta a un carismático y embaucador vicepresidente de la Academia de Estudios Tabacaleros. No es abogado, ni médico, su trabajo se acerca más al de un creativo publicitario de la nicotina, pues consiste en manipular los datos y presionar discretamente a los consumidores del producto que defiende “a muerte”, incluido a enfermos de cáncer y a niños, y en luchar contra las campañas de concienciación de lo perjudicial del tabaco para la salud pública que están empezando a surgir. Él mismo reconoce a los espectadores de la película (nunca lo haría en público) que trabaja en una organización que mata a 1.200 seres humanos cada día. Gracias por fumar demuestra que se puede convencer de lo que sea si se razona y se vende eficazmente (y el cine, por ejemplo, es una herramienta para ello), aunque sea moralmente incorrecto. También habla del consumo de alcohol (incluso de la cafeína) y la venta de armas, por lo que hace toda una radiografía a la sociedad actual norteamericana, a cuyo sistema lleno de sucias mentiras (empezando por la industria tabacalera) hace una crítica certera.

El club de la lucha (1999), de David Fincher

“La primera regla del Club de la lucha es: nadie habla sobre el Club de la lucha. La segunda regla del Club de la lucha es: NADIE habla sobre el Club de la lucha. La tercera regla es: La pelea termina cuando uno de los contendientes grita “alto”, pierde la vertical o hace una señal. La cuarta: Solo dos personas por pelea. La quinta: Solo una pelea a la vez. Sexta: sin camisay sin zapatos. Séptima: cada pelea dura lo que tiene que durar. Y la octava y última regla: Si esta es tu primera noche en El Club de la lucha… entonces tienes que pelear”. Nosotros añadimos una regla extra: si no has visto  ya El Club de la lucha, tienes que verla. Película basada en la novela homónima de Chuck Palahniuk, dirigida por David Fincher, con títulos tan interesantes a sus espaldas como Seven, El curioso caso de Benjamin Button o La red social. Protagonizada por unos locos de atar Brad Pitt, Edward Norton y Helena Bonham Carter, El Club de la lucha es una acida película, con una dirección vertiginosa y con escenas y frases que se han convertido ya en míticas y que han marcado tendencia en películas del mismo género. Hay tantos detalles, visibles y escondidos, que en cada visionado siempre se descubre algo nuevo, sin llegar a cansarse. Su póster está en las paredes de las habitaciones de muchos cinéfilos que la vieron cuando eran adolescentes, pero El Club de la lucha no envejece.

Casino (1995), de Martin Scorsese

Se han hecho muchas películas sobre casinos y todo lo que les rodea e implican, incluso series de televisión, pero Scorsese tiene una habilidad y una elegancia especial para sumergirnos en el sucio y peligroso mundo del juego, con personajes ambiciosos de dinero y poder, como el que encarna la mujer del director del casino, que interpreta Robert De Niro, todo un especialista en papeles de este tipo, igual que su compañero Joe Pesci. Ambientada en Las Vegas, en 1973, época en la que la mafia aún campaba a sus anchas en la ciudad del azar y del vicio por el dinero, en la que la amistad y el amor dura mientras es leal y útil y donde tenerlo todo significa poder pederlo todo, incluso la vida, pues la película también refleja lo que sucede en el oscuro desierto que rodea la iluminada ciudad. Empieza muy fuerte, tengo los primeros segundos clavados en la memoria, y continua al mismo nivel durante las casi tres horas que dura, llena de planos secuencias larguísimos, unos diálogos de lengua afilada, una estética cuidada hasta el detalle y una música exquisita. El lobo de Wall Street (2014), también de Martin Scorsese plantea temas parecidos, pero en diferentes contextos. También puede recordar a American Hustle, de David O.Rusell, pero ninguna llega a igualarla. Basada en “Casino”, una novela de Nicholas Pileggi, que se inspiro en hechos reales, pero introdujo dosis de ficción y cambió los nombres reales de los personajes por otros inventados.

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O’Brother! (2000), de Joel y Ethan Coen

Los Coen no son unos hermanos que se achiquen ante las dificultades. A la hora de adaptar un libro clave en la historia de la literatura a la gran pantalla, no dudaron en enfrentarse a la Odisea de Homero y trasladar su acción al sur de Estados Unidos durante la Gran Depresión. La épica y el drama se transforman en comedia mientras asistimos a la aventura de tres presos escapados de la cárcel, Ulysses Everett McGuill (George Clooney, con bigotito a lo Clark Gable), Pete (John Turturro) y Delmar (Tim Blake Nelson), hombres que huyen con un objetivo claro: alcanzar el hogar de McGuill, donde les esperan $1,200,000 enterrados en el suelo, botín del último robo ejecutado previamente a dar con los huesos en prisión. Tienen cuatro días para llegar antes de que el valle en el que se encuentra la casa sea inundado para crear un lago. A lo largo de su viaje, muy al estilo de Odiseo, los tres protagonistas conocerán a personajes de toda índole y se enfrentarán a todo tipo de retenciones. Sátira tremendamente divertida, O’ Brother no sólo le dio a Clooney su primer Globo de Oro e inició las colaboraciones entre el actor y los Coen, sino que ayudó a cimentar su imagen de galán del cine clásico actualizado en el nuevo siglo. Además, la banda sonora fue un repentino éxito del country y el bluegrass que se llevó el Grammy a mejor álbum del año.

Alta fidelidad (2000), de Stephen Frears

Si Nick Hornby no escribe más en toda su vida (lo cual es bastante dudoso), habrá pasado a la historia por parir la frase que define a más de una generación: “¿Escuchaba música pop porque estaba triste o estaba triste porque escuchaba música pop?”. Como muchas de las películas que componen esta lista, la novela, una gran pieza de la literatura por sus propios medios, complementa a la película, en este caso dirigida por Stephen Frears en 2000. La pregunta es grandiosa, pero igualmente lo es la cara de John Cusack mirando a cámara y presentando la cuestión al público. La historia se centra en Rob, propietario de una tienda de discos, que corta con su novia Laura (Iben Hjejle) y ha de enfrentarse al cambio en su vida con ayuda de sus canciones favoritas. Alta fidelidad (libro) se publicó en 1995 y tenía lugar en Londres, una ciudad con una identidad musical propia. Cusack decidió trasladar la acción a Chicago, decisión que provocó una oleada de indignación de los fans en un primer momento. Sin embargo el actor, con ese encanto juvenil que aún mantenía en el 2000 y que recordaba al chaval que había sujetado el radiocasete sobre su cabeza en los 80 para llevarse a la chica, se ganó inmediatamente al público. La película se convirtió en una comedia romántica de culto que le descubrió al mundo el talento histriónico de Jack Black. Y, además, logró colocar a Springsteen ante las cámaras.

Uno, dos, tres (1961), de Billy Wilder

La vida más o menos ordenada y monótona del señor MacNamara, director de la fabrica de Coca Cola en Berlín Oeste cambia cuando el presidente de la empresa le llama para comunicarle que ha mandado a su hija de diecisiete años desde EE.UU a Berlín y quiere que se hospede en su casa y que la cuiden durante una temporada. Nada más aterrizar, incluso antes de poner un pie en el aeropuerto alemán, ya estará dando problemas a MacNamara y a su mujer, que se lo toma con mucha más tranquilidad que él. Antes de enloquecer, aunque tras solucionar un problema surgen tres más, y así sucesivamente, tendrá que reaccionar ante la llegada inminente del presidente, padre de la chica problemática. En realidad no hace más que pasárselo bien, pero su irresponsabilidad le pondrá en apuros (bueno, más que a ella, a MacNamara). La historia transcurre en 1961, con “la cortina de hierro” y la Guerra Fría de fondo, en un Berlín dividido entre el sector occidental y oriental, entre capitalismo y comunismo. Billy Wilder utiliza esta rivalidad para ambientar una historia de humor hilarante y con contenido político. Un guión, basado en Egy, Kettó, Három de Ferenc Molnár, cuyos diálogos tienen un ritmo picado, casi se solapan unos a otros, pero no llegan a hacerlo porque los actores se escuchan y tienen una dicción entrenadísima. A veces recuerda al estilo de los hermanos Marx, también por su puesta en escena, muy teatral y la caricatura que hace de los personajes. En concreto, James Cagney habla con una rapidez que casi agota escucharle. Todo ello al frenético ritmo de la “Danza del sable”, de Aram Jachaturián. El autor del cartel es el gran Saul Bass.

El libro de la Selva (1967), de Wolfgang Reitherman

Su director pertenece a esa etapa mágica de Disney en la que todo era mucho más artesanal, pues aún no habían llegado las nuevas tecnologías del cine de animación que han evolucionado tanto sobre todo en los últimos 20 años. Reithherman dirigió también 101 dalmatas, Merlín el encantador, Los aristogatos o Robin Hood, entre otros títulos inolvidables, pero antes de llegar a ser director y simultáneamente cuando ya lo fue, trabajó en el departamento de animación en cortometrajes tan importantes como El concierto, La brigada de bomberos de Mickey (1935), o como los largometrajes Blancanieves y los siete enanitos, Pinocho, Fantasía, Dumbo, La cenicienta, Alicia en el país de las maravillas, Peter Pan o La dama y el vagabundo, entre muchos otros. El libro de la selva fue el último clásico que produjo Walt Disney personalmente, pues falleció durante su realización. Basada en “The Jungle Book”, una recopilación de cuentos llena de buenos valores que escribió el premio Nobel de literatura, Rudyard Kipling, en las que se narran las aventuras de un niño perdido en la selva india al que su madre adoptiva, una loba, rebautiza como Mowgli. Todos tenemos grabadas en la memoria canciones de las películas de Disney, entre ellas seguro se encuentran “Busca lo más vital” o “Quiero ser como tú”, firmadas por un genio de la composición musical: Robert Sherman, e interpretadas por unos personajes, nunca mejor dicho, de fábula, como el  orangután “el rey Louie” que pone voz y está inspirado en la figura y gestos de Louis Prima.

Gente corriente (1980), de Robert Redford

Cuando Robert Redford presentó su ópera prima como director en 1980, no se imaginaba que pasaría por encima del Toro salvaje de Scorsese, El hombre elefante de David Lynch o la Tess de Polanski. Pero así fue, Gente corriente, adaptación de la novela de Judith Guest, se fue de la ceremonia con los Óscar a mejor película, mejor director (para el propio Redford), mejor guión adaptado para Alvin Sargent y mejor actor de reparto para el realmente protagonista Timothy Hutton. Redford no sólo convenció a la Academia con un filme íntimo sobre la historia de una familia en duelo, sino que logró transformar la imagen de Mary Tyler Moore, hasta entonces actriz de comedia, dándole un papel complejo y lleno de detalles en un drama volcado en el trabajo de los actores. Conrad (Hutton), hijo menor del matrimonio Jarrett (Tyler Moore y Donald Sutherland), comienza a ir al psicólogo (interpretado por Judd Hirsh) tras intentar suicidarse ante la imposibilidad de enfrentarse a la muerte de su hermano mayor. Convencido de que la voluntad de su madre hubiese sido que el fallecido fuese él, Conrad aprende a aceptar sus propios miedos y sus limitaciones a la hora de desarrollar relaciones personales con su entorno. El trabajo de Redford tras las cámaras, que iniciaba una carrera paralela a la de la interpretación, se centra en los conflictos que surgen donde todo parece ideal. La madurez del otrora exclusivamente actor como director no hacía más que comenzar.

El desprecio (1963), de Jean-Luc Godard

Basada en la novela Il disprezzo (1954), de Alberto Moravia e inspirada en la película Te querré siempre (Viaggio in Italia, 1954), de Roberto Rossellini. Cuenta la historia de Paul Javal (Michael Piccoli), un dramaturgo recién casado con Camille (Brigitte Bardot), una joven y bella exmecanógrafa, ahora mantenida por él, es citado por Jeremy Prokosch (Jack Palance), un productor americano, en los estudios Cinecittà de Roma, donde se ha organizado un visionado privado de algunas escenas que ya han sido filmadas y que no gustan en absoluto al productor, con un enfoque más comercial frente al cine de autor de Fritz Lang, el director de la película, que se interpreta a sí mismo. Cuando Javal es contratado para que reescriba el guión, una adaptación de La Odisea, de Homero, la relación con su esposa empieza a tambalearse, a raíz de un malentendido entre ellos dos en el que Prokosch está involucrado. Película, como siempre cuando se habla de Godard, de vanguardia, con una realidad estrechamente unida a la ficción, pues si se conoce un poco la vida personal del director se detectan varios elementos autobiográficos. Moderna y clásica al mismo tiempo, además de poética, íntima, experimental y de una belleza estética y verbal extraordinarias. Detrás de los temas principales: las interferencias en la comunicación dentro de la relación de pareja y su deterioro, concretamente, entre un hombre y una mujer, y los obstáculos con los que se encuentra un artista ante su obra y el modo de expresarse, se esconden otros de carácter trascendental. Le Mépris (también conocida en inglés como Contempt), rodada en la Isla de Capri (Nápoles), es un ensayo digno de estudiar sobre el arte cinematográfico, sólo hay que ver cómo empieza para darse cuenta de la obra maestra que se va a presenciar, con la maravillosa música de George Delerue casi en bucle.

CALENDARIO CAFÉ KINO