Intentando inventar una nueva comedia romántica

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Crítica

2 otoños, 3 inviernos (2013), de Sébastien Betbeder

Por Claudia Lorenzo

Más que las propias comedias románticas, su deconstrucción es el género del siglo XXI. Todos quieren ser la nueva comedia romántica indie, desde 500 días juntos hasta Ruby Sparks pasando por Amigos de más. Pocos consiguen llegar a la altura de Nora Ephron o Richard Curtis, sin embargo, dos autores empeñados en contar historias románticas con personajes que importasen a la audiencia y, a su vez, provocar las carcajadas del espectador más cínico.

Es un género que parece fácil pero que, a tenor de lo visto en los últimos años, no debe serlo. Pocos filmes, de cualquier nacionalidad, han logrado convertirse en los iconos que hoy en día son Cuando Harry encontró a Sally, Cuatro bodas y un funeral o La boda de mi mejor amigo, por poner algunos ejemplos (y sin irnos a épocas mejores de La fiera de mi niña, Luna Nueva o Con faldas y a lo loco). Por alguna razón, la revolución la están encabezando los creadores televisivos que, con productos como The Mindy Project, de la guionista Mindy Kaling, juegan con las convenciones y les dan la vuelta.

2 otoños, 3 inviernos, película francesa capitaneada por un grupo de jóvenes creadores, intenta jugar con la forma de la historia, con la estructura y su fragmentación, para contarnos la relación de Arman (Vincent Macaigne) y Amélie (Maud Wyler). Igualmente, su vida amorosa se entrelaza con la de Benjamin (Bastien Bouillon), amigo de la universidad de Arman, y Katia (Audrey Bastien). Entre hospitales, cenas, carreras por el parque, paseos en bicicleta y senderismo –es una película muy atlética-, aprenderemos qué ocurre con los personajes, con sus historias y sus sentimientos gracias a sus confesiones a cámara. Todo el rato.

No seré yo quien condene para siempre el uso de la voz en off. Si se utiliza con inteligencia e ironía (Election, Amélie), puede enriquecer la experiencia del espectador. Si se utiliza como pura formalidad, sin darle entidad al contenido, puede conseguir todo lo contrario. Y eso ocurre en 2 otoños, 3 inviernos. Los personajes no son antipáticos, no son mala gente y parecen congeniar entre ellos. Pero, salvando la amistad entre Arman y Benjamin, el resto de las interacciones, sucesos y consecuencias se presentan de una forma distante, esa que da la voz en off y que, en vez de complementar, rellena los vacíos de guión. La relación de Arman y Amélie tiene lugar porque ambos, frente a la cámara, confiesan su atracción mutua, no porque se vea o se sienta esa atracción en la pantalla. Igualmente, el desarrollo de su historia, sus lágrimas, su ruptura, sus reflexiones, todo ocurre porque nos cuentan que es así, no porque lo veamos.

2 otoños, 3 inviernos intenta, como también hizo 500 días juntos con los saltos temporales, deconstruir una relación amorosa dentro de un género cinematográfico y desde una visión personal, tal vez independiente, tal vez con conciencia hereditaria de la Nouvelle Vague. La narración intenta superponer cómo contar a qué contar y eso, en cualquier tipo de película, pero especialmente en una comedia romántica, es complicado de salvar.

Tal vez por eso la mayor parte de los nuevos ensayos que tratan de redescubrir las historias de amor se estrellan. Porque lo que le daba a los clásicos de nuestra vida la profundidad, el romance y, sí, el humor –algo que se suele olvidar- era el contenido de la historia. Desde el principio hasta el final. La forma enriquece, el fondo, y perdón por la broma fácil, cuece. Y sin una buena cocción el asunto puede oler muy rico, pero a la hora de probarlo, está crudo.