Humor existencial

Crítica

Tres en coma, castigado sin cuerpo,

de Canódromo abandonado y Juan Cavestany

Por Rau García

Conocí a Julián Génisson, a Lorena Iglesias y a Aaron Rux, los componentes de Canódromo abandonado, hace unos años. Teníamos las tripas colgando, la piel desgarrada y los ojos completamente blancos. Nuestra ropa estaba rota y llena de sangre. Era el rodaje de un cortometraje cuyo director es un amigo en común, y estábamos caracterizados de zombies. Ya desde los primeros minutos que compartimos, mientras comíamos, noté que eran personas hiper creativas, en permanente estado de alerta por si se les ocurría una idea estimulante que materializarían en un vídeo o un fotomontaje, compartiendo conmigo su brainstorming. A veces parecían estar presentes físicamente, pero ausentes mentalmente. Algo parecido a lo que ocurre en la obra de teatro que han montado junto a Juan Cavestany. Yo aún no había visto nada de ellos, pero en cuanto llegué a casa me puse a investigar, porque me inquietaba su sentido del humor, y descubrí que no sólo eran unos tipos muy interesantes, sino que tenían un lenguaje y un modo de expresarse muy especial.

Tenían sed de hacer cosas, hambre de proyectos, y ahora prácticamente no paran. Y nada les parará, porque con pocos medios son capaces de hacer mucho. Al principio su hábitat eran las salas e Internet, pero han ampliado horizontes al cine y al teatro. A parte de la inagotable producción low-cost de vídeos para su propio blog, de rodar cortometrajes con los que participan en diversos concursos, de hacer shows en directo en salas alternativas; el año pasado financiaron una película gracias al crowdfunding y se fueron a rodarla a Seattle: La tumba de Bruce Lee, que se estrenó en el Festival de Sitges y más tarde pudo verse en el Atlántida Film Fest. Por no hablar de sus carreras independientes al colectivo. Han trabajado en películas de directores como Manuel Bartual, Carlos Vermut o Pablo Hernando. Lorena Iglesias, por ejemplo, es directora y guionista de la webserie Pampini y Aaron Rux, aparte de su faceta como actor, es compositor de música para bandas sonoras, entre ellas la de La tumba de Bruce Lee, de Purgatorio, de Pau Teixidor, de Todos están muertos, de Beatriz Sanchís, que grabó con su grupo Akrobats, trabajo con el que ganó el premio a Mejor banda sonora en el pasado Festival de Málaga, o de algunas piezas para Gente en sitios, de Juan Cavestany, que dirige la obra de teatro Tres en coma, castigado sin cuerpo.

Cartel de David Sánchez.

Cartel de David Sánchez.

Trata sobre un hombre que lleva tres meses en coma que empieza a comunicarse de una manera un tanto disparatada con los que van a visitarle a su habitación con regularidad: una peluquera en prácticas interpretada por Lorena Iglesias, y un extraño capellán al que da vida Julián Génisson. Los pitidos en código morse de la máquina de electrocardiogramas y su repertorio de chistes “corrientes” que cuenta con la ya familiar voz de Loquendo, serán las herramientas que utilizará el paciente para esta función. Aaron Rux se encarga de la atmósfera sonora hospitalaria y toca la música en directo con una guitarra eléctrica, y otros instrumentos virtuales, y hasta le hace los coros a Lorena en dos temazos con un aire muy noventero.

Es difícil de clasificar. Se mueven en un terreno independiente y de la cultura underground. Lo denominan posthumor, pero a ellos no les termina de convencer esa etiqueta. Hay que pillar el tono, como a las ironías, al principio puede resultar desconcertante, y que cueste captarlo (la sensación es parecida a cuando te comes por primera vez una bolsa de Peta Zetas). Pero es un estilo inconfundible, extravagante, transgresor, un humor absurdo e inteligente (aunque a veces parezca lo contrario), que además engancha. Otros ejemplos españoles de este género humorístico, cada uno con sus particularidades, pueden ser Muchachada Nui, Querido Antonio, Venga Monjas, Miguel Noguera, Carlo Padial, Didac Alcaraz o Ignatius Farray, entre otros. Canódromo abandonado mezcla adrede el humor más brillante y meditado con otro más vulgar, que contado por ellos vuelve a ser gracioso, a veces con dosis de humor negro que podría incomodar a los más sensibles. Es un laboratorio en el que experimentan seriamente con el humor, saliéndose de las fórmulas convencionales y al mismo tiempo usándolas para darle una vuelta de tuerca. Y no tienen pelos en la lengua ni miedo al vacío, a arriesgarse. En el caso concreto de Tres en coma, es humor existencial también, lleno de frases y situaciones ingeniosas y trascendentales en las que no faltan risas enlatadas. Desde el conflicto dramático consiguen situaciones cómicas con un punto surrealista, y durante la hora que dura el espectáculo no hay improvisación. El tándem junto al director de cine, guionista y dramaturgo ganador del premio Max 2010 a Mejor autor teatral en castellano por Urtain, Juan Cavestany, funciona. Dirige sobria pero eficazmente, notándose su estilo personal. Los vídeos que se proyectan: collage de platos combinados, de salas de espera, de zappings televisivos, de cuadros religiosos, de médicos despiadados, conjugan perfectamente con lo que ocurre sobre el escenario.

Una reflexión sobre la comunicación entre la vida y el más allá, limbo clínico donde se encuentra el paciente, sobre el abuso morboso y el consumo mediático que se hace de algunas personas “públicas” (la sociedad del freak show), sobre la doble moral, sobre la crisis de fe, sobre la soledad y la dependencia, sobre qué pasa cuando se cruza la barrera que separa lo mortal de lo espiritual, y sobre el propio humor.

Tres en coma, castigado sin cuerpo, se estrenó el pasado mes de julio en el Fringe. Ahora puede verse los jueves y viernes de agosto a las 20:00 en el Teatro del barrio (C/ Zurita, 20. Madrid).