Historia de cine y sexo

Bernard Natan, en una fotografía de la época

Bernard Natan, en una fotografía de la época

Crítica

“Natan” (2013), de David Cairns y Paul Duane

Por Claudia Lorenzo Rubiera

Si uno busca en la Wikipedia ‘Bernard Natan’ ya en la primera línea de su biografía se indica que fue uno de los fundadores de la pornografía en el cine. Lo mismo pasa con IMDB o, simplemente, con meter su nombre en Google. Por esa, y otras muchas razones, los documentalistas David Cairns y Paul Duane se embarcaron en un viaje histórico para desentrañar el origen del poderoso magnate cinematográfico oculto tras ese nombre.

“Natan”, la película, es un documental de un poco más de una hora que cuenta la vida de este inmigrante rumano que se estableció en Francia, luchó por el país en la Primera Guerra Mundial, fue nacionalizado, levantó un imperio cinematográfico de la nada, después fue acusado y calumniado, desprovisto de su identidad francesa y, finalmente, enviado a Auschwitz.

Ha tenido que ser Irlanda, la nación que hizo posible la película, el país que le sacase los colores a Francia, lugar en el que Bernard (de nombre original Natan Tannenzaft) desarrolló su carrera profesional, desde los más bajos peldaños de la industria cinematográfica hasta erigirse como el productor más innovador y arriesgado de los años 20 y 30, evitando durante un lustro el impacto de la crisis del 29 en su compañía.

Esa compañía no era otra que el famoso estudio fundado por Charles Pathé, llamado igual que su creador. Tras años con problemas financieros, en 1929 Natan lo compró y lo unió a su empresa Rapid Films. La compañía se estabilizó con esta nueva dirección y, al finalizar su mandato, Natan había conseguido más de 100 millones de francos de beneficio y había producido más de 60 películas, una cantidad nada inferior a los estudios hollywoodienses. Natan introdujo el sonido y el Cinemascope en sus producciones y adaptó el modelo americano de integración vertical en la producción de películas.

Sin embargo, en 1935 Pathé se declaró en bancarrota y la junta decidió vender sus acciones. Sólo se compraron la mitad y las autoridades francesas acusaron a Natan de fraude. Fue juzgado, además de por eso, por ser rumano y ocultar su origen judío cambiándose el nombre, y pasó tres años en la cárcel. Cuando salió, la ocupación había alcanzado Francia y fue entregado a los nazis, que lo enviaron al campo de concentración de Auschwitz, donde murió en 1943.

Amante de las películas y de la industria, no se puede negar la influencia del personaje en el cine galo y mundial. Incluso la escuela de cine La Fémis está localizada en lo que fueron los estudios de Rapid Films. Sin embargo, en cualquier biografía en la que se le busque, destaca su participación en la pornografía y el sadomasoquismo. Cairns y Duane recabaron testimonios de familiares de Natan e historiadores franceses que ponen en duda estas acusaciones, y comparan a los actores de las películas sexuales que supuestamente Natan dirigió y protagonizó con imágenes del personaje en aquella época, demostrando que el parecido es escaso.

Si bien a la luz de los hechos es imposible determinar que él no tuviese nada que ver con el sexo explícito ante una cámara (está documentado que de joven, en 1911, fue multado junto a otros amigos por hacer películas eróticas), su implicación en obras en las que un hombre se lo hace con un pato (“una de las cosas más asquerosas que he visto en mi vida”, dice uno de los entrevistados) se presenta como una duda más que razonable.

Es una pena que por todo esto casi nadie recuerde a Natan como un Louis B. Mayer europeo.

Tal vez uno de los detalles más significativos de este relato sea el que, en los últimos años de vida de Méliès, cuando el director estaba arruinado y regentaba un quiosco en la Gare Montparnasse, alguien le trajo un cheque con dinero a su nombre. Cheques como ése siguieron llegando regularmente, todos firmados a nombre de un tal Natan.

Aunque fuese verdad que se dedicó a la pornografía, es hora de devolver a Bernard Natan al lugar de la Historia del Cine, con mayúsculas, al que pertenece.

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