High-Rise

high rise
Crítica

De la utopía a la distopía

Por Elios Mendieta

You seem so far away though you are standing near. Cuando suena el S. O. S. de Abba, cantado por Portishead, no habrá un espectador en la sala que mantenga la esperanza en que vuelva a restablecerse el orden. High-Rise, de Ben Wheatley (Inglaterra, 1972), es uno de los estrenos del año en España. Acudir a las salas y sumergirse en el rascacielos en el que, como único espacio, se desarrolla la película, se traduce en dos horas de gran cine.

La última obra del director británico es un camino de ascenso constante. Cuanto mayor es el número del piso, mayor es la posición en el escalafón social de su inquilino. Desde el primero hasta el cuadragésimo piso. En este último vive Anthony Royal, el arquitecto del mismo, interpretado por un soberbio Jeremy Irons. En este gigante edificio, como si de una ciudad se tratase, hay supermercados, gimnasio y piscina. No falta de nada. High-Rise es también un camino desde la utopía a la distopía. Royal pretendió crear en este rascacielos una sociedad perfecta, con él como rey, sin tener en cuenta que en pleno posmodernismo, o postposmodernismo, si se prefiere, el caos siempre vence al orden. Por tanto, el mundo idílico proyectado desemboca en un escenario indeseable para todos, que es lo que se entiende por distopía, un concepto ya muy insertado en la literatura universal, sobre todo, en el campo de la ciencia ficción.

El respeto inicial que parecen tenerse los dos escalafones sociales, claramente delimitados, se va perdiendo poco a poco. Las fiestas de los pisos superiores provocan cortes de luz reiterados en los inferiores por el ingente consumo de los acomodados, o esos residuos lanzados desde los pisos altos a los inferiores, que generan, cada vez, más malestar. Hasta que se desata la guerra: secuestros, suicidios, palizas brutales y asesinatos. Y en medio de toda esta vorágine, un excepcional Tom Hiddleston, situado en medio de todos, en el piso 25. Interpreta al doctor Laing, que se muda a este rascacielos con el objetivo de cambiar de vida. El personaje de Hiddleston se mueve entre los dos mundos y, aunque le cueste, parece que es el único que acaba encontrando su lugar. ¿Es, acaso, el doctor Laing el nexo de salvación de ambas clases enfrentadas? Para nada. No esperen un happy-ending, pues no se trata de eso. No esperen lecciones morales, pues tampoco va de esto el filme. Es, simplemente, un retrato de lo que puede llegar a ser el mundo y su habitante medio: el  bosquejo de una sociedad descrita como una utopía que se convierte en pesadilla. Y, por supuesto, un escenario en el que se resaltan los grandes defectos del ciudadano contemporáneo, desde la avaricia y la codicia hasta las ansias por prosperar a costa de machacar al vecino. 

En definitiva, una maravilla de película que no hay que perderse, no exenta de reflexión sociológica y psicológica, con una banda sonora ideal y una puesta en escena sublime. Una gran dirección la de Wheatley que lo introduce, si aún no lo estaba, como uno de los directores europeos a tener más en cuenta.

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Título original: High-Rise   (2015)

Duración 118 min.

País: Reino Unido

Director: Ben Wheatley

Guión: Amy Jump sobre la novela de J.G. Ballard

Fotografía: Laurie Rose

Música: Clint Mansell

Reparto: Tom Hiddleston, Sienna Miller, Jeremy Irons, Luke Evans, Elisabeth Moss, James Purefoy, Keeley Hawes, Reece Shearsmith, Peter Ferdinando, Sienna Guillory,Stacy Martin, Enzo Cilenti, Augustus Prew, Tony Way, Dan Renton Skinner

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