Hay “biopics” recomendables

Hannah Arendt (2012) de Margarethe von Trotta

Por Luis Perdices de Blas

El periodo de entreguerras mundiales y la postguerra fueron años de fructuosas reflexiones sobre el totalitarismo que arrasó a Europa de norte a sur, de este a oeste. Es decir, desde la España franquista hasta la Alemania hitleriana, pasando por la Italia fascista y la Unión Soviética estalinista. Numerosos intelectuales judíos reflexionaron sobre este fenómeno, como el filósofo austriaco Karl Popper, el sociólogo francés Raymond Aron, el economista austriaco Ludwig von Mises o la filósofa alemana Hannah Arendt. Los cuatro lo hicieron sin vanagloriarse de su origen judío y refugiándose en países anglosajones tras la llegada de Hitler al poder. Arendt en su obra los Orígenes del totalitarismo (1951) reconstruye el nacimiento de las teorías racistas y el antisemitismo en Europa desde el siglo XVIII. No sólo crítica el totalitarismo hitleriano, sino también – al igual que Popper, Mises y Aron- el soviético, no distinguiendo entre los campos de concentración que generaron ambas ideologías. En aquella época fue común criticar a Hitler, pero justificar a Stalin, quien tenía fascinados a los progresistas del momento y a quien los aliados no tuvieron más remedios que admitir en sus filas para ganar la guerra.

Arendt en su exilio estadounidense impartió docencia en las universidades más prestigiosas como la de California, Columbia, Princeton y Chicago, y finalmente en la  New School for Social Research de Nueva York, donde quedó su legado y un centro que lleva su nombre (fundado en el 2000). Cuando finalmente vivía en un país libre y contaba con una amplia obra de reconocido prestigio se embarcó en una tarea intelectual que cambió su vida y dio lugar a los ataques de los biempensantes y, sobre todo, de la comunidad judía. Se ofreció al “New Yorker” para escribir un conjunto de artículos sobre el juicio contra el nazi Adolf Eichmann, que se celebró en  Jerusalén a principios de los años sesenta. Los responsables de la revista estuvieron encantados de que una mujer de su categoría escribiese sobre este juicio y se desplazase como reportera a Israel. Lo que nadie se esperaba, ni ella misma, ni sus editores, fue la repercusión de estos artículos que se publicaron también como libro (“Eichmann en Jerusalén”, 1963). Arendt, como un auténtico intelectual, no se conformó con una aproximación superficial, y al igual que en el caso de su crítica al estalinismo, que no fue bien vista por muchos intelectuales de izquierdas en los años cincuenta, se arriesgó a decir lo que pensaba sobre el asunto. Se tuvo que enfrentar a ataques de mentes planas y machistas que la llamaron “putita nazi” a la primera de cambio, cuando ella fue víctima y tuvo que huir de Alemania y Francia por ser judía. Además, en todo momento estuvo de acuerdo en que Eichmann fuera castigado, siempre que se eligieran los argumentos adecuados para ello. Fue ahorcado en 1962.

Hannah Arendt

Hannah Arendt

No le gustó la forma en el que se desarrolló este “juicio-exhibición” y su libro reflexiona sobre si el tribunal de Jerusalén consiguió “satisfacer las exigencias de la Justicia”. Presenta a Eichmann como un burócrata que quiere ascender en su trabajo y que no tenía un pasado marcadamente antisemita. Acuñó una expresión que ha sido repetidamente en numerosas ocasiones: “la banalidad del mal”. No excusa a Eichmann, ni le exonera de su responsabilidad, pero mantiene que algunos individuos actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre las mismas. Es decir, cumplen las órdenes y renuncian a la crítica: “No, Eichmann no era estúpido. Únicamente la pura y siempre irreflexión- que en modo algún podemos equiparar a la estupidez- fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo. Y si bien esto merece ser clasificado como “banalidad” […] también  es cierto que tampoco podemos decir que sea algo normal o común. […] una lección que nos dio el proceso de Jerusalén fue que tal alejamiento de la realidad y tal irreflexión pueden causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizá, a la naturaleza humana”.

Sin duda lo más polémico de este libro es cuando Arendt a partir del capítulo séptimo expone que la colaboración de los consejos judíos, que ayudaron a los nazis en tareas administrativas y policiales, contribuyeron -aunque fuese involuntariamente- a su exterminio: “El hecho, harto conocido, de que el trabajo material de matar, en los centros de exterminio estuviera a cargo de comandos judíos quedó limpia y claramente establecido por los testigos de la acusación, quienes explicaron que estos comandos trabajaban en las cámaras de gas y en los crematorios, que arrancaban los dientes de oro y cortaban el cabello a los cadáveres, que cavaron las tumbas, y , luego, las volvieron a abrir para no dejar rastro de los asesinatos masivos, que fueron técnicos judíos quienes construyeron las cámaras de gas…..”. Es decir, si los judíos hubieran estado menos organizados, sin comités colaboradores, no hubiera habido tantas víctimas. También se lamenta de que muchos se preocuparon por los judíos “prominentes” como Einstein, que fue expulsado de Alemania, y se olvidasen de la “insignificante” muerte del vecino de la casa de enfrente.

La película de Von Trotta (“Hannah Arendt”) es capaz de transmitir este debate sutil y profundo, sin caer en el maniqueísmo. Disfruto del cine estadounidense, del que hay que apartar mucha basura como del europeo, pero una película como la que reseñamos suele estar mejor dirigida por un realizador europeo. Se exponen correctamente las ideas de Arendt y Barbara Sukowa muestra toda su capacidad interpretativa, como ya hizo en su anterior película sobre Rosa Luxemburgo, para adentrarse en el personaje. Gracias a Axel Milberg, quien interpreta al marido de Arendt, se refleja muy bien el lado humano de la pensadora. Los diálogos de los editores del “New Yorker” cargados de ironía reflejan perfectamente la filosofía de esta revista.

El tema es duro, es verano y hace calor, pero la película se deja ver sin ningún problema. Neurona y entreteniendo conviven perfectamente en este largometraje. Hay “biopics” recomendables.