Hamburguesa cinematográfica

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Crítica

Transformers: la era de la extinción (2014), de Michael Bay

Por Pablo Álvarez

Habitualmente, cuando acuñamos el término autor para referirnos a un cineasta concreto, solemos presuponer que  la obra de dicho cineasta refleja una serie de inquietudes artísticas e intelectuales que lo diferencian de otros compañeros de profesión con menos afán por trascender. No obstante, un autor también se caracteriza por mostrar un estilo inconfundible y difícilmente imitable, cuyas señas estilísticas están tan marcadas, que basta con que contemplemos brevemente cualquiera de sus obras al azar para identificarlas como suyas. A estas alturas, nadie duda de que el director californiano Michael Bay se ha ganado este calificativo, al haber construido una larga carrera compuesta por títulos en los que su particular impronta aparece de forma evidente. Teniendo esto en cuenta, la última entrega de la exitosa franquicia Transformers, supone una nueva muestra del cine del director, que agradará a sus seguidores y enervará a sus detractores.

El argumento nos sitúa cinco años después  de los acontecimientos de la anterior cinta, en la que la ciudad de Chicago quedó destruida durante el enfrentamiento entre Autobots y Decepticons. Desde entonces, los robots supervivientes han permanecido ocultos y el gobierno ha desarrollado un plan para crear sus propios Transformers. No obstante, el surgimiento de una nueva amenaza propiciará que los autobots regresen de su exilio para defender el planeta Tierra una vez más.

A pesar de que en un comienzo las aventuras de los Transformers en el cine se idearon como una trilogía, los ejecutivos de la Paramount decidieron prolongarlas en vista de que los excelentes resultados obtenidos en taquilla no reflejaban signos de agotamiento. De este modo, esta nueva entrega se anunció como un reinicio de la franquicia cuyo tono iba a ser más solemne, rebajando considerablemente el humor de las anteriores. Una vez vista la película, queda constancia de que al final los responsables debieron recapacitar, pensando que no era necesario cambiar excesivamente lo que había funcionado de forma tan eficiente con anterioridad. Habiendo dejado claro que el cine del realizador es muy personal, la cinta supone un producto honesto en el sentido de que ofrece exactamente lo que se espera de ella, ni más ni menos. Las secuencias de acción y los efectos visuales siguen siendo espectaculares;  los característicos planos contrapicados de las banderas norteamericanas ondeando también están presentes, al igual que aquellas escenas en las que los protagonistas huyen a cámara lenta de las explosiones y los instantes de humor surrealista, cuya gracia a veces parece escapársele a todo el mundo salvo a Bay.

La principal novedad en esta entrega la encontramos en su reparto. El protagonismo de un Shia LaBeouf pasadísimo de rosca se sustituye por la presencia de un Mark Whalberg mucho más comedido, en la piel de un padre viudo aficionado a los inventos. La chica guapa en este caso es la emergente Nicola Peltz, que interpreta a la hija del protagonista, mientras que el papel de su novio recae en el desconocido Jack Reynor. El punto de veteranía que en las anteriores películas representaba John Turturro queda cubierto en esta ocasión por un Stanley Tucci que se permite resultar igual de histriónico en determinados instantes del film.

Transformers: la era de la extinción no ofrece ninguna novedad sustancial respecto al resto de la saga, por lo que a estas alturas resulta innecesario establecer el tipo de público al que podrá satisfacer esta película. Aquellos que disfrutaron de los anteriores capítulos sabrán apreciar la propuesta, mientras que los detractores del director asistirán a las salas en un alarde de masoquismo, para encontrar nuevos argumentos con los que alimentar su odio. Lo que queda claro es que Bay sabe perfectamente el tipo de producto que ha realizado y se lo sirve al espectador en bandeja para su degustación: el equivalente cinematográfico a la hamburguesa. Probablemente sus ingredientes no sean los más saludables, pero se vende bien y se disfruta mientras no se piense en lo que se come.