García Márquez: Sueños de Cine

Ilustración de Simón Zabell

Ilustración de Simón Zabell

Por Winston Manrique

“En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte”.

Estas palabras de Gabriel García Márquez, con motivo de la concesión del premio Nobel de Literatura en la cena de gala el 10 de diciembre de 1982 en Estocolmo, guardan el secreto de su magistral forma de escribir. Del embrujo que ejerce ante los lectores. Y de la imposibilidad de llevar con verdadero o mediano éxito sus obras al cine y  otros medios audiovisuales. Tal vez a pesar de sí mismo, porque García Márquez antes que ser amante de la literatura fue amante del cine. Y, porque tal vez su primer sueño juvenil en el horizonte como creador era hacer películas. Antes de empezar a trabajar como periodista, a finales de los años cuarenta, estaba convencido de que el cine era el medio ideal para contar una historia.

¡O no!

La verdad es que no es verdad lo que el propio García Márquez pensaba. Él mismo conjuró todos esos sueños sin darse cuenta. Sí, él soñaba con la película perfecta, la narración ideal en imágenes. Así es que mientras intentaba hacer películas y guiones, e incluso hacía críticas de cine, el autor colombiano no dejaba de escribir y de plasmar en sus narraciones ese sueño de innato demiurgo. Y el resultado fue que cada cuento y novela fuera literatura pura, y una película distinta en cada lector. Universos desbordantes, autónomos e irreproducibles que no necesitan una segunda forma de vida en la tierra.

Es el arte de contar. Es el arte de embrujar. Sus historias están hechas de palabras que crean belleza y la belleza es hija de la imaginación, de la emociones, de los sentimientos. De la felicidad.

García Márquez es de la estirpe de los griots, “de los cuenteros, esos venerables ancianos que recitan apólogos y dudosas aventuras de Las mil y una noches en los zocos marroquíes, esa estirpe es la única que no está condenada a cien años de soledad ni a sufrir la maldición de Babel”, dijo el autor colombiano a sus alumnos del taller de guión cinematográfico en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, en Cuba. Una escuela que él mismo ayudó a fundar en 1986. Una rebobinación rápida de su devoción por el cine revela que esta es el resultado de una pasión en la que había trabajado como guionista de textos originales y adaptaciones propias y ajenas en México en los años 60; de que había pasado, en 1955, por el Centro Experimental de Cinematografía de Roma; había ejercido como periodista y crítico de cine en el diario El Espectador, de Bogotá, en 1954; y, antes, había dado rienda suelta a su cinefilia en Cartagena de Indias y Barranquilla entre las décadas cuarenta y cincuenta.

Aunque todo se remonta a su infancia. Uno de sus primeros recuerdos es de 1932, cuando tenía cinco años. Fue un domingo en que tuvo que acompañar a su abuelo Nicolás a ver de urgencia a un amigo: “Sólo entonces me enteré de que el Belga había aspirado una pócima de cianuro de oro -que compartió con su perro- después de ver Sin novedad en el frente, la película de Lewis Milestone sobre la novela de Erich Maria Remarque”, recuerda el escritor en sus memorias, Vivir para contarla, sobre el suicidio del Belga, a quien “la única pasión que se le conocía fuera de su casa era la del cine, y no faltaba a ninguna película de cualquier clase los fines de semana”.

Años después, a comienzos de los cincuenta, cuando García Márquez trabajaba en el periódico El Heraldo de Barranquilla -donde tenía la columna La Jirafa, que firmaba como Séptimus, en homenaje a uno de los personajes de La señora Dalloway, de Virginia Woolf- empezó a recuperar gustos y aficiones de la infancia como los cómics y el cine. Así lo evoca en sus memorias: “Y, además, cómo no, recuperé el culto del cine que me inculcó el abuelo y me alimentó don Antonio Daconte en Aracataca, y que Álvaro Cepeda convirtió en una pasión evangélica para un país donde las mejores películas se conocían por relatos de peregrinos. Fue una suerte que su regreso coincidiera con el estreno de dos obras maestras: Intruder in the Dust, dirigida por Clarence Brown sobre la novela de William Faulkner, y El retrato de Jenny, dirigida por William Dieterle sobre la novela de Robert Nathan. Ambas las comenté en La Jirafa”.

Ilustración de Simón Zabell

Ilustración de Simón Zabell

Pero es en 1950 cuando recibe un gran impacto: ve El ladrón de bicicletas, de Vittorio de Sica. Una película que, según su biógrafo Dasso Saldívar, en el libro El viaje a la semilla, “iba a marcarlo para siempre con la influencia del neorrealismo italiano, sobre todo en lo referente al detalle de ‘lo humano trascendente’, que será uno de los elementos fundamentales de su mundo narrativo. Así que cuando comenzó sus comentarios semanales sobre cine el 27 de febrero de 1954, García Márquez tenía no sólo el ojo avezado del buen espectador, sino una cierta influencia y una buena información estética y filosófica del séptimo arte”. Esto lo convirtió en uno de los pioneros de la crítica cinematográfica en su país. Ese mismo año ayudó al montaje de una película de sus amigos: La langosta azul.

Tras su paso por El Espectador y luego por Europa, como corresponsal, fue a México donde conectó con un grupo de colombianos, mexicanos y españoles amantes de la literatura y el cine. Allí estaban Álvaro Mutis, Augusto Monterroso, Jomí García Ascot, María Luisa Elío, Vicente Rojo, José Luis González León, Alberto Isaac, Luis Alcoriza, Arturo Ripstein, Carlos Fuentes, Juan García Ponce, Tomás Segovia, Salvador Elizondo, John Stanton, Luis Vicens y Luis Buñuel. Su primera experiencia con el cine mexicano fue el rodaje de El balcón vacío; luego Vicens adaptaría un cuento del autor colombiano titulado En este pueblo no hay ladrones; después él mismo trabajaría en la adaptación de El gallo de oro, un argumento de Juan Rulfo; hasta que escribiría su primer guión original: Tiempo de morir.

Y siguió en ese mundo con más decepciones que alegrías; hasta que llegó 1965 y se encerró a escribir Cien años de soledad. Dieciocho meses después salió de su encierro para quedarse para siempre con nosotros. Casi desde entonces no han parado las adaptaciones al cine de una veintena de sus obras, menos de Cien años de soledad, donde la mejor es El coronel no tiene quien le escriba, de su amigo Ripstein. Las otras han tenido menos fortuna: Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera, Del amor y otros demonios, La viuda de Montiel, Eréndira, Un señor muy viejo con unas alas enormes, Memoria de mis putas tristes

No sorprende la tentación por llevarlo al cine, tampoco extraña el deficiente resultado de las adaptaciones de una narrativa creada para la imaginación y donde cada lector se convierte en director  de cada cuento o novela.

El Gallo de Oro (1964) de Roberto Gavaldón con guión de  Gavaldón, Carlos Fuentes y García Márquez sobre la historia de Juan Rulfo