Galería de Villanos

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Por Jesús Ceberio 

Charlie Chaplin debutó en el cine en 1914 como un pícaro buscavidas que roba la cámara a un reportero para vender a un periódico local la exclusiva de un accidente. La película Making a living (Ganándose la vida) de 1914 estrenaba así la extensa saga de periodistas entre cínicos y canallas que nos ha ofrecido el cine a lo largo de un siglo. En un universo que tiende a la simplificación maniquea de buenos y malos, los periodistas han ocupado con mayor frecuencia el rincón de los villanos.

El cine de periodistas es todo un subgénero, quizá no tan prolífico como el bélico, el western o el de policías y ladrones, el preferido de Hollywood si entendemos por ladrones a la variopinta gama de sujetos al margen de la ley, como gángsteres, asesinos, estafadores o a menudo otros policías. Con frecuencia en esos géneros se cruzan periodistas en papeles estelares o secundarios como narradores de hazañas ajenas. John Ford se sirvió de un periodista alcoholizado (un estereotipo al uso) para narrar en 1962 la historia de El Hombre que mató a Liberty Valance, en tanto que William Wellman reflejó el horror de la guerra a través de las vivencias y las crónicas de uno de los raros héroes del oficio, el corresponsal Robert Mitchum (Story of G.I. Joe, 1945), empotrado en las tropas norteamericanas durante la campaña de Italia en la II Guerra Mundial.

Ciudadano Kane (1941), de Orson Welles, es la estrella indiscutible de este género y una de las películas que 80 años después de su estreno sigue en el podio de casi todas las listas de obras maestras del cine. Más que una historia de periodistas es el retrato de un magnate que construyó su imperio mediático, superviviente aún hoy, a partir de la adquisición del San Francisco Examiner. A William Randolph Hearst, activo promotor de la guerra de Cuba en 1898, se le atribuye la frase “vosotros poned las fotos, que yo pondré la guerra”. Considerado como uno de los padres del periodismo sensacionalista, junto con su rival Joseph Pullitzer, Welles retrata a un manipulador obsesionado por imponer su criterio, siempre dispuesto a someter la verdad a un titular escandaloso. Martillo de políticos, fracasó en su intento de traducir en votos el éxito comercial de sus periódicos y emisoras de radio.

Junto a Welles y Ford hay una brillante nómina de grandes directores del cine clásico que han realizado una prolífica filmografía sobre periodistas: Howard Hawks (His girl friday, 1940), Frank Capra (It happened one night, Mr. Deeds goes to town y Meet John Doe, entre 1934 y 1941), Fritz Lang (While the city sleeps, 1956), Alfred Hitchcock (Foreign correspondent, 1940), Billy Wilder (Ace in the hole, 1951, y The front page, 1974), George Cukor (The Philadelphia story, 1940), Jean-Luc Godard (À bout de souffle, 1960), Elia Kazan (Gentelman’s agreement, 1947), William Wyler (Roman holiday, 1953), Richard Brooks (Deadline, 1952), Samuel Fuller (Shock corridor, 1963). En esta antología merece una mención singular La dolce vita (1960), de Federico Fellini, que además de la inolvidable secuencia del baño de Anna Ekberg en la Fontana de Trevi, aportó al lenguaje universal el término paparazzi, acuñado para los fotógrafos que se dedican a cazar celebridades con su cámara, como hacía un magistral Marcelo Mastroianni por los bares de Via Veneto.

El cine ha mostrado singular atracción por la obra teatral The front page, escrita por dos ex reporteros de Chicago, Ben Hecht y Charles MacArthur,  y estrenada con gran éxito en 1928 en Times Square. La historia, narrada en tono de comedia vitriólica sobre periodistas y políticos igualmente tramposos, discurre en una cárcel en la que acaba de fugarse un preso condenado a muerte y está inspirada en el periodismo de escándalo desarrollado por Hearst. La primera versión para la gran pantalla la dirigió Lewis Milestone en 1931. Le siguieron la de Howard Hawks en 1940 bajo el título de His girl friday (para algunos la mejor de la serie, con Cary Grant y Rosalind Russell), la también memorable The front page de Billy Wilder, en 1974, con la pareja Lemmon-Matthau, y una prescindible  cinta dirigida en 1988 por Ted Kotcheff bajo el título Switching Channels, con Kathleen Turner y Burt Reynolds.

Un director especialmente familiarizado con el mundo del periodismo fue Billy Wilder, que no en balde había ejercido como reportero en varios periódicos sensacionalistas de Viena y Berlín, antes de exiliarse a Estados Unidos por su condición de judío tras el ascenso de Hitler al poder en 1933. Muchos años antes de abordar The front page desde un humor corrosivo, había dirigido en 1951 Ace in the hole, drama intenso y sin concesiones que transcurre durante el rescate de un minero atrapado en un pozo. La conjunción de un periodista (Kirk Douglas) que quiere prolongar al máximo la historia y un sheriff en busca de notoriedad terminan provocando la tragedia. Wilder traza un retrato demoledor del periodista capaz de poner en peligro la vida de un hombre con tal de mantenerse en la primera página de su diario.

Todo el cine clásico gira en torno a la prensa amarilla, la más leída por el gran público y la que mejor se presta a la sátira de trazo grueso. Casi siempre en tono de comedia nos ilustra sobre la falta de escrúpulos de unos periodistas capaces de cualquier canallada para conseguir un gran titular de portada y cuyos sparrings más habituales suelen ser políticos o policías tan corruptos como ellos. Se trata de un combate nada edificante entre pícaros.

Hay que adentrarse en la cinematografía de los últimos treinta años para tener una visión más equilibrada. All president’s men (1976), de Alan J. Pakula, que versa sobre la investigación llevada a cabo por dos reporteros de The Washington Post en torno al Caso Watergate, que a la postre provocaría la dimisión del presidente Richard Nixon, es la primera película que refleja con precisión de entomólogo los procedimientos de una investigación periodística rigurosa, con sus avances y tropiezos, sus dudas y sus aciertos. Seguramente no entrará en la historia del mejor cine, pero los periodistas nos sentimos reconocidos en el trabajo y los códigos de Dustin Hoffman y Robert Redford. El mismo director ha filmado otras dos películas en las que sendos periodistas destapan crímenes políticos de alto nivel: The parallax view (1974) y The pelican brief (1993).

Good night, and good luck (2005),  de George Clooney, adquiere un sobrio tono épico para narrar en blanco y negro el desigual y a la postre exitoso desafío del presentador de noticias de televisión Edward Murrow  y el senador Joseph Mc Carthy en plena caza de brujas a través de la Comisión de Actividades Antiamericanas. A un género similar, aunque con muy diferente estilo narrativo, pertenece Frost/Nixon (2008), de Ron Howard, que gira en torno a una histórica entrevista de televisión en la que Nixon terminó confesando que había rebasado los límites de la ley, esto es, que la había violado.

En años más recientes ha proliferado una oleada de cintas sobre periodistas que rozan el heroísmo en campos de batalla, revoluciones en curso o escenarios de represión: Indonesia en The year of living dangerously, de Peter Weir (1982); Chile tras el golpe de Pinochet en Missing, de Constantino Costa-Gavras (1982);  Nicaragua durante la guerrilla sandinista en Under fire, de Roger Spottiswoode (1983); Camboya bajo los jemers rojos en The killing fields, de Roland Joffe (1984); El Salvador en la cinta del mismo título de Oliver Stone (1986); Sudáfrica bajo el apartheid en Cry freedom, de Richard Attenborough (1987); las guerras de Yugoslavia en Bienvenidos a Sarajevo, de Michael Winterbottom (1997); Indochina en El americano impasible, de Phillip Noyce (2002).

Clint Eastwood se ha dirigido a sí mismo en True crime (1999), en la que aborda un clásico del periodista borracho pero comprometido con su oficio, que trata de demostrar la inocencia de un condenado a muerte al que consigue salvar in extremis después de que le hubieran suministrado la primera dosis de la inyección letal. No entrará en la lista de sus mejores películas, en la que sí figura Sin perdón, que en sus secuencias finales registra la presencia de un periodista que en la mejor tradición del western acompaña como biógrafo a un embaucador.

Para cerrar esta galería de villanos nada más apropiado que la historia real del meteórico ascenso y caída del periodista Stephen Randall Glass, que a mediados de los años 90 publicó 27 reportajes total o parcialmente inventados en la revista de élite The New Republic. Una investigación de Forbes Digital demostró en 1998 la falsedad de un artículo suyo que trataba sobre el mundo de los hackers y a partir de ahí se desmoronó la carrera de quien parecía una estrella rutilante. Billy Ray escribió el guión y dirigió en 2003 Shattered Glass, un film mediocre que a falta de grandes méritos artísticos es todo un aviso para los periodistas que están dispuestos a sacrificar en aras del éxito el principio más sagrado del oficio: el compromiso con la verdad. Lo que resulta sobrecogedor es que ese mismo año 2003 The New York Times, la biblia del periodismo de calidad, se vio obligado a desvelar que uno de sus redactores ascendentes, Jason Blair, de 27 años, había publicado 36 artículos falseados. Según el texto difundido por el diario, era la traición más grave sufrida en sus 152 años de historia.