Gabriel Figueroa

Gabriel Figueroa

El amo de la luz

Por Ángeles García

El mítico director de Fotografía mexicano, recordado como el cuarto muralista, protagonizó una de las exposiciones del año en el neoyorkino Museo del Barrio. 

«Al espectador lo que se le quedan grabadas son las imágenes fuertes del cine: el realce de la belleza o dramatismo del paisaje a base de la perspectiva, la distancia de las montañas, la fuerza del oleaje del mar, la quietud del movimiento del río. Pero es la iluminación en la que se mueve la historia la que da al público lo que quiere. La iluminación es el privilegio del fotógrafo, él es el dueño de la luz.” Con estas palabras definía Gabriel Figueroa (México DF, 1908-1983) la esencia de su trabajo como director de Fotografía en más de 200 películas, gran parte de ellas esenciales en la época de oro del cine mexicano. La respuesta forma parte de la entrevista realizada por la historiadora Margarita de Orellana dentro del espléndido catálogo editado para el homenaje que se le dedicó al cineasta durante la 37 Semana de Cine de Valladolid (1992).

Amado y admirado dentro y fuera de su país, el último homenaje se le dedicó hasta el pasado 27 de junio en el Museo del Barrio de Nueva York con una exposición itinerante, organizada por Televisa y comisariada por Rocio Aranda- Alvarado, con la que se intenta dar cuenta de la grandiosidad de su obra. Titulada Bajo el cielo mexicano: Gabriel Figueroa, arte y cine, la muestra mezcla se fragmentos de sus filmes  más conocidos junto a imágenes fijas,  pinturas influidas por el fotógrafo y una deslumbrante colección de fotografías personales que enseñan su intensa relación con los grandes muralistas mexicanos (Rivera, Orozco, Siqueiros), los muchos directores con los que trabajó (Fernando de Fuentes, Indio Fernández, Roberto Gavaldón, Sergei M. Eisenstein, John Ford, Luis Buñuel, John Huston) y las grandes estrellas que le adoraban (María Félix, Dolores del Río, Columba Domínguez, Silvia Pinal).

Toda la exposición es un bosque de imágenes y voces creadas para el mejor cine mexicano del segundo cuarto del siglo XX concebido para ensalzar la mitología de la Revolución; un imaginario que ha mantenido su fuerza intacta mientras que los ímpetus nacionalistas de entonces se fueron eclipsando con el tiempo.

Fotograma de Macario, 1960; Filmic Division, Photographic Collections Fundación Televisa ©

Fotograma de Macario, 1960; Filmic Division, Photographic Collections Fundación Televisa ©

Nacido en la Ciudad de México en 1908 en una familia de clase media, la madre muere durante el alumbramiento y la situación de la familia empieza a declinar hasta el punto de que él y su hermano se quedan sin ninguna posesión familiar  y muy jóvenes tienen que buscarse la vida. Su primera aproximación al Arte fue a través de la pintura y de la música, pero sería la fotografía, aprendida por afición en el cuarto oscuro de una casa fotográfica de encargos , con la que lograría darse a conocer.

Con solo 8 años, escribió el historiador José Felipe Coria en 1993, era un cinefilo convencido que permanecía horas, días enteros, en el interior del cine Mina de la colonia Guerrero. Ahí aprende que la cámara puede funcionar como elemento independiente de la acción: la cámara no debía ser instrumento utilitario, funcional, sino herramienta participativa; era y es la esencia del cine mismo, la que transmite las sensaciones, la que exhibe los personajes, la que obliga a identificarse con ellos o a vivir en determinado espacio; afecta directamente al espectador.

Entre sus primeras influencias sobre como abordar la fotografía se encuentra el fotógrafo y cineasta  Paul Strand (Nueva York, 1890 – Orgeval, Francia, 1976), quien en sus diversos viajes al suroeste de Estados Unidos, Canadá y México desarrolló  proyectos centrados en comunidades específicas, estudios de pueblos a través de sus gentes y de sus elementos culturales identitarios. En la película Redes (1936), de Fred Zinneman, sobre la toma de conciencia de un pueblo de pescadores, Strand impregna la vida de esos hombre de elementos de belleza que les confiere armonía con la naturales y dignidad laboral.

Gabriel Figueroa (Mexico, 1907-1997), Film still from La Perla, 1945; Filmic Division, Photographic Collections Fundación Televisa ©

Fotograma de La Perla, 1945; Filmic Division, Photographic Collections Fundación Televisa ©

Otra gran influencia en el joven Figueroa se la proporciona Gregg Toland, (1904-1948) durante las clases que este imparte en Hollywood. Con él aprende composiciones complejas, experimenta con la luz y la óptica y crea él mismo los mecanismos y maquinaria necesaria para lograr sus objetivos visuales. A la manera de su admirado Leonardo da Vinci aprende a diseccionar la realidad para lograr la imagen perfecta. «Me fascinaban los paisajes, pero al verlos en la pantalla, me daba cuenta de que no correspondía con lo que yo había visto. Leí entonces el libro de Leonardo La luz, la sombra y el color, donde escribía sobre la importancia del color en la atmósfera. Me preocupé por detectar que era lo que se imponía entre la cámara y el paisaje. Con filtros de blanco y negro empecé a contrarrestares capa de la atmósfera que me molestaba. Por fin, en la pantalla empezó a salir lo que mi ojo veía”. 

Al regresar a su país, su primer encargo importante es Allá en el rancho grande (1936, Fernando de Fuentes), aunque la primera película en la que él consideró que había impuesto su manera de entender la Fotografía fue en La noche de los mayas (1939, Chano Urueta) y, poco después, Los de Abajo, también con Urueta. Carlos Monsivais mantiene que en este último filme está ya su percepción épica de las masas (el pueblo como estructura en movimiento), la galería de rostros significativos, la revelación de la estética popular (la belleza en la pobreza), el uso de la luz como el relato dentro del relato, donde afloran todas las verdades subterráneas.

La colaboración con Emilio (Indio) Fernández cuaja en 1941, a quien el propio Monsivais definió como un místico del cine por su forma de entender un género en el que lo que le interesa es revelar y exaltar el paisaje, la pareja, la historia nacional y , sobre todas las cosas, la mexicanidad. Emilio Indio Fernández confía en la violencia síquica de México, cuyo subproducto es la violencia física y en la Fotografía como el escaparate de la hermosura y la pasión.

Juntos recrean un México feudal, rural, indígena y primitivo en el que la tragedia de la pareja es un medio masivo de comunicación. Una de las obras más conocidas de esta etapa es María Candelaria (Xochimilco) de 1944, en la que la belleza de la barbarie es la auténtica protagonista de una cinta que provocó para ambos cineastas un aluvión de premios y reconocimientos insólitos hasta entonces. Protagonizada por Dolores del Río y Pedro Armendáriz, logró la Palma de Oro en el festival de Cannes en 1946 como mejor película y mejor fotografía. María Candelaria había sido escrita en una sola noche sobre las servilletas de papel un bar nocturno por El Indio Fernández como regalo de cumpleaños a su amada Dolores del Río.

Fotograba de Río escondido, 1947; Filmic Division, Photographic Collections Fundación Televisa ©

Fotograba de Río escondido, 1947; Filmic Division, Photographic Collections Fundación Televisa ©

En este filme están también los elementos estéticos que han hecho que Figueroa sea considerado por muchos como el cuarto muralista mexicano junto a Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco. Con todos ellos tuvo una intensa relación personal que arrastraba de sus tiempos de estudiante en Bellas Artes y compartió los mismos intereses narrativos. “Diego Rivera venía con frecuencia a mi casa para tomar una copa”, recordaba Figueroa en la entrevista de Margarita de Orellana. “Él me introdujo en el amor por las figuras precolombinas. También venía Siqueiros, que fue del que más partido saqué porque sus escorzos me sirvieron mucho para dar fuerza a las imágenes del cine”.

Para que una película fuera excelente, Figueroa consideraba imprescindibles dos elementos: la historia y la actuación «Cuando hay un buen actor es cuando puede hacerse una muy buena película. Si no lo hay es muy difícil que salga la película o que haya un buen director que haga algo excelente de una mediocre historia”. Los autores a partir de los que logró sus mejores películas fueron  John Steinbeck (La perla), Tennessee Williams (La noche de la iguana), Malcolm Lowry (Bajo el volcán), Benito Pérez Galdós (Nazarín), Ramón del Valle Inclán (Divinas palabras) y Graham Greene (El poder y la gloria, novela en la que se basó El fugitivo). Para todas estas películas Figueroa aportó una atmósfera idéntica a la del libro y en todas propuso una estética que muchas veces no fue comprendida.

Con los actores y en especial con las bellísimas actrices de la época tuvo una relación excelente. En una de sus últimas entrevistas para la televisión, Figueroa habla con autentica adoración de Dolores del Río y María Félix, “dos auténticas estrellas mundiales” de las que revela algún secreto de belleza, como por ejemplo que jamás tomaban un trago aunque aparecieran en público con una copa en la mano y que cuidaban extremadamente su alimentación “Cada quince días se podían permitir el lujo de comer como los demás; el resto, se alimentaban con muy poco para poder lucir como la bellísimas mujeres que eran”.

De sus creencias políticas, no ha trascendido demasiado. Su compatriota Carlos Fuentes escribió de él que era un hombre que había visto, admitido, celebrado, transformado y combatido el mundo a través de unas imágenes espléndidas que enriquecieron la fructífera tensión de la realidad nacional mexicana. Y recuerda el escritor que Figueroa ha sido inseparable del político al ayudar muy activamente a los republicanos españoles emigrados a México y a los escritores y artistas de Hollywood expulsados de su trabajo y de su patria por la cacería de brujas macartista. Todo un personaje y un artista sublime.

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