Fúsi (Corazón gigante)

Gunnar Jónsson

Gunnar Jónsson

Crítica

El gran baile de un entrañable gigantón

Por Elios Mendieta

La Batalla de El Alamein (1942) fue vital en el devenir de la Segunda Guerra Mundial. Era la primera vez que las tropas aliadas conseguían derrotar al nazismo en el Norte de África. Siete décadas después, Fúsi, un bonachón islandés que supera la cuarentena, recrea la contienda con multitud de figuras en miniatura, y juega con ellas con mimo, ante la atenta mirada de su egoísta madre y del novio de esta, que no entiende como puede divertirse, a su edad, con semejante niñería. Es este el único momento de alivio para Fúsi, para el que el día a día es una tortura con multitud de pequeñas batallas de las que, al contrario de lo que pasó en Egipto, nunca sale victorioso.

El director franco-islandés Dagur Kári bosqueja así un retrato perfecto de la soledad, y lo hace con dos figuras que sufren una tristeza bárbara, pero a los que dota de dignidad.

Fúsi (Gunnar Jónsson) es maltratado por sus desalmados compañeros de trabajo, es incomprendido por gran parte de la población e, incluso, su vecino lo toma por un pervertido. Jónsson interpreta, de manera magistral, el papel de un niño grande de cerca de dos metros de altura, más de 150 kilos de peso, que vive aún con su familia, virgen, y que se encierra en los juguetes, el heavy metal y los inmensos platos de pad thai como únicos elementos que le hacen feliz. Todo va a cambiar cuando acude, un tanto a la fuerza, a clase de baile. Allí conoce a Sjöfn, una mujer que, como nuestro simpático protagonista, padece cierto aislamiento social, agravado por ciertos trastornos psicológicos que le provocan cambios de humor y largos episodios depresivos. Los momentos de unión de ambos son un cóctel explosivo, instantes en los que ambos son completamente felices, y el espectador, pese a no acabar de comprender esa especie de reclusión social de Fúsi y Sjöfn, acaba empatizando con ellos.     

El director franco-islandés Dagur Kári bosqueja así un retrato perfecto de la soledad, y lo hace con dos figuras que sufren una tristeza bárbara, pero a los que dota de dignidad. Como ocurre con buena parte de las producciones islandesas que logran saltar las fronteras de la isla, Kari perfila una isla hostil, repleta de personajes insatisfechos, hundidos en la tristeza, y con deficiencias de diversa naturaleza. Así, pese a aparecer la soledad y frialdad como característica estereotípica nórdica el protagonista esconde una gran calidez y el director consigue generar una bella relación de amistad y amor entre dos personajes que se necesitan, que se miran, en un sutilísimo juego de cristales, desde la distancia, pero que se respetan y que se necesitan el uno al otro para tocar la felicidad.

Fúsi es un relato sobre la bondad, sobre como un ser humano puede volver a entregarse pese a que haya sido, y siga siendo, decepcionado por una sociedad que parece querer darle la espalda. Fúsi es una película que consigue generar una sonrisa en el espectador siempre que este ve contento a su protagonista. Una cinta que no busca complacer, pero que genera un enorme sentimiento empático. En definitiva, un excepcional trabajo de Dagur Kári, y un fiel óleo sobre las relaciones humanas, pintado desde el respeto, la dignidad y la esperanza. Es por ello que es merecido el premio a Mejor Película en el pasado Festival de Tribeca, así como el reconocimiento a Gunnar Jónsson como mejor actor en la pasada edición del Seminci.

 fusi poster

Título original:Fúsi (2015)

Duración 94 min.

País: Islandia

Director: Dagur Kári

Guión: Dagur Kári

Fotografía: Rasmus Videbæk

Reparto: Gunnar Jónsson, Sigurjón Kjartansson, Arnar Jónsson, Ilmur Kristjánsdóttir, Margrét Helga Jóhannsdóttir, Franziska Una Dagsdóttir, Sigurður Karlsson

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